miércoles, 18 de junio de 2014

FANTASMA







Pensaba que las calles eran como un inmenso proscenio donde declamar mis versos. No había avenidas suficientemente bulliciosas para acallarme. Mis metáforas alambicadas silenciaban el ruido de los autobuses comarcales, de las furgonetas de reparto de pan, de las grúas que por otro lado ya estaban de capa caída. Los transeúntes se apiadaban de mis odas beodas y se arrodillaban ante el resplandor de sus bondades.



Aunque en realidad todo eso era falso. Lo cierto es que vivía inmerso en el dulce almíbar de la fantasía. Nadie me escuchaba. Mi mirada asustaba a las ancianas que volvían de la farmacia a casa para hacerse la cena. La gente decente se cambiaba de acera al verme y nadie me daba tabaco, y eso que yo no fumaba. No estaba loco pero cualquiera lo hubiera dicho.

En mi cerebro se celebraba la fiesta de la palabra. No había forma de reprimirla. Una hemorragia imparable. Quería escribir relatos, repasarlos, conjuntarlos como una constelación de cuentos luminosos y reveladores, pero todos acababan con una mujer sobre una cama. Todo eran gemidos, abrazos arrebatados, sabanas adheridas a una concatenación de cuerpos sudorosos. Imprecaciones por la ventana. Susurros a los geranios y finales tremebundos. El exceso desbordaba cada párrafo. El desacierto abundaba en mi prosa. Los ligueros atascaban el transcurrir de las tramas.



El fracaso estaba por tanto inscrito en mi escritura, atravesada por el amor más inflamado y explosivo. Intempestivas deflagraciones. Minúsculos detalles obstetricios. Mujeres, pubis y sobacos se daban citan en el prostíbulo de las metáforas de saldo. Si seguía así jamás triunfaría. La mercería de mis padres a punto de jubilarse se abría como una puerta infernal que impregnaba mi futuro del insoportable tufo de la mediocridad. Mi condición de escritor se disolvía como una aspirina efervescente en un vaso de fanta naranja.



Lainez podría orientarme, deduje. Un hombre que se mesa las barbas, pensé. Un hombre que hace poemas sobre poemas que hacen a un hombre. Un poeta hecho y derecho que alega que a lo hecho pecho. Un hombre que bracea entre las lápidas de un automóvil, que escribe novelas noveladas, que sueña con bisturís y con Amaya Montero. Yo qué sé. Qué hago, le pregunté. Qué puedo hacer, cuando ya se sentaba. Cuando ya me daba la mano y yo se la besaba como el que besa a un búho en el pico. Como el que besa los bíceps de una salamandra atractiva. Dudas formuladas. Peticiones de auxilio. Cantos de sirena. -Afuera llueve, y mucho más arriba nieva- pronuncié, consideré, introduje, planteé. Lainez no soltaba la cerveza ni pensaba soltarla y eso me tranquilizó porque yo tampoco pensaba soltar la mía. - Y si te metes en el mar te mojas- me respondió, con su semblante de polizón que habita en la barriga de un yate lujoso. Luego dio un sorbo y otro más, y hablamos de las olas marinas, de su inconsistente analogía con la petite mort y el periodo refractario, y de los lomos del centauro. Y de los cuartos traseros también. Pero así no íbamos a ningún lado y yo siempre había odiado los botones.



Entonces observé a mí alrededor. El bar en el que me había citado Lainez daba miedo. Seguramente sería un agujero donde los poetas fuman a escondidas y piensan en la oscuridad de los perineos, en la cóncava reflexión de las bocas y en la indistinta alineación de los dientes. En las paredes había cuadros de mujeres desnudas, quizás un poco obesas o tan solo exuberantes. Pero por más que miraras no lograbas verles nada. Era como si se taparan avergonzadas, como si sorprendidas ocultaran sus vergüenzas con retales de nada- Son tímidas y retráctiles a la pupila, aclaró Lainez oportunamente mientras tras la barra un camarero viejo esperaba la muerte sirviendo zarzaparrillas. Escritores de gafas de pasta que tenían en la cabeza el párrafo definitivo pero que no sabían cómo escribirlo se acodaban en la barra como el que se apoya en su féretro



- Entonces qué cojones, pregunté desafiante. Qué cojones de qué- Soltó Lainez. Mi obra, hostías. La celebridad. Mi fama. Las mujeres tirando piedrecitas y no guijarros a mi ventana. Y Lainez se puso de pie y tomó la palabra como quien toma un tranvía mientras en el mundo se hacía progresivamente el silencio. Tu problema amigo es de una naturaleza granítica. Tiene una cualidad de eternidad insoslayable y es tan irresoluble como la belleza de Penélope, el teorema de Pitágoras o la cuadratura del circulo.¡¡ Pregúntale a Nuñowski!!! Y luego engoló la voz y quiso recitar a Baudelaire, aunque por error repitió célebres frases de Torrebruno, para después seguir deleitando al respetable con su propia obra: Un poema onomatopéyico y lujurioso que lindaba por el sur con la literatura afgana y por el norte con las tonadillas amorosas de Las Hurdes. Aquellas palabras llenaban con su dicción plena la viciada atmósfera del local. Las mujeres se excitaban, una se puso de parto, los hombres grababan con su móvil y los niños daban saltos con sus monopatines. Cuando terminó de su barba colgaban bragas, sostenes y dos tangas Y mientras un hombre le pedía un autógrafo y otro matrimonio yo hice mutis por el foro.
 


Citarme con Nuñowski no fue fácil ya que siempre estaba ocupado. Los lunes y martes tenía en el Hospital General pruebas diagnósticas para descartar patologías ficticias, mientras que los miércoles y jueves se realizaba otras en el Clínico para desechar enfermedades más o menos reales. Los viernes se solía encontrar mal por los efectos de los exámenes médicos y los sábados y domingos discutía con su homeópata o con su notario.



Por fin una tarde accedió a tomarse un café conmigo siempre que fuera descafeinado y que yo no llevara cuello de pico. Me citó en una cafetería azulejada en la que un montón de jubilados que olían a viejo demasiado jugaban al dominó en unas mesas de mármol. Unos altavoces destartalados y asediados por el moho emitían sin parar la música de deprimentes cantautores cuya carrera había acabado inevitablemente en suicidio o asesinato.



El camarero, una inexplicable mezcla del Fary con John Wayne me sirvió un Calisay caducado alegando que no tenían coca cola. Nuñowski apareció compungido, con un tubo de goma colgando de las narices y un catéter en al ano. Ha muerto Romualda, confesó con una mano en el pecho y la tristeza acampando en su mirada. Entonces comenzó una mítica y exacerbada hagiografía oral de Romualda, su tortuga, que gracias a Dios logré interrumpir tras hora y media de apasionante relato y sólo tras confesarle al borde del suicidio mi absoluto desinterés por la vida de su difunto quelonio. Nuñowski recogió las fotografías de la finada que solemne había ido depositando sobre la mesa y clausuró el asunto invitándome a los responsos de Romualda en la Catedral de la Almudena.



¿Está usted casado, señor Nuñowski? le pregunté intentando calibrar la dudosa sensatez de aquel personaje estrafalario. Sí -contestó- Felizmente, pero por desgracia nunca recuerdo con quién. -Pero no hablemos de mí. -Dijo quitándose importancia como si la tuviera- De esos detalles se encargan póstumamente mis múltiples biógrafos. Sus delicadas manos gesticulaban de un modo inesperado dibujando en el aire figuras octogonales y deformes.- ¿En qué puedo ayudarte? - preguntó mientras se soplaba los mocos. Por un momento pensé decirle que en nada. Me quedé observándolo y me preguntaba quién estaba más loco; ese hombre alopécico y atribulado o los cuatro putos dementes que lo habían entronado como escritor de culto por sus relatos destartalados, ignorados por la crítica, el publico y las editoriales. Pero aquel hombre desquiciado era mi última carta. La última oportunidad de hacerme un nombre, un apellido y un ISBN en el célebre soporte de la celulosa. En aquel personaje, incapaz de distinguir un pellejillo de las uñas de los síntomas de la lepra aguda veía yo el único trampolín posible para escapar de una vida de muestrarios de telas, peleles y camisetillas abanderado.



-Quiero -comencé, tirándome a la piscina- que mi literatura reluzca. Quiero que mi prosa se avive por la llama de las musas más promiscuas. Que acudan a mí y froten mi pluma con sus enaguas. Quiero dar saltos en los profundos lagos del parnaso. Obtener con mis relatos los favores de los editores, las mujeres y del jurado del Nobel. Quiero danzar...



-Vale ostias, ya lo entiendo- gritó Nuñowski mientras agitaba su infusión de caléndula recogida al alba y con rocío. Entonces en un gesto patético y pretencioso intentó mesarse su cerradísima barba de tres días y medio mientras miraba al infinito. En sus ojos podías ver transcurrir la lenta procesión de la locura, con sus cofrades epilépticos vistiendo capirotes de colorines. Costaleros con nariz de payaso que portaban en sus hombros la imagen de un pavo albino y decapitado. Nazarenos desnudos que imprecaban a los dioses bailando una suerte de reggaeton antiguo y a la vez finisecular. Nuñowski ingresó en un estado de trance, y con sus ojos vueltos, inclinados y perdidos estableció comunicación (seguramente a cobro revertido) con los seres etéreos que rigen los destinos de los versos, las descripciones y las rimas en capicúa.



Su voz se tornó sublime, adornada con tonos de barítono y pinceladas de pitufo maquinero, y sus palabras lucían galones de mandato o designio inapelable: -Vive tú vida como si de un libro se tratase. Como si fuera un poemario colmado de aguijones. Como si tú fueras poema en cuya piel se encarna el fuego. Letra tatuada, enferma, muerta y viva. Como si fueras la literatura misma, Sé la luz que atraviesa la niebla. Sé intérprete de la serpiente que agoniza en silencio y que obtiene su savia de la nieve. Abraza el destino del armadillo y la salamandra. Desayuna mucha avena y aléjate de los higos…



De repente Nuñowski detuvo su perorata. En el dorso de su mano derecha había advertido repentinamente la existencia de un lunar seminuevo que me mostraba en silencio y apesadumbrado. Un lunar que podría haberse desplazado, que letal y silencioso podría haber crecido o encogido o cambiado levemente de color. O tal vez todo a la vez. Alarmado y acaso al borde de la muerte tuvo que avisar a las emergencias sanitarias y a su confesor de guardia. Me despedí de él discretamente aunque dudo que me escuchara ya que llevaba un rato administrándose a sí mismo la extrema unción en un latín macarrónico con acento de la ribera. Yo me marché pensado en el confuso sentido de sus consejos, medio depresivo aunque a la vez razonablemente contento.



En mis cuentos como en la vida, todo era amor. Amor como un torrente que arrastra. Voy a vivir en mi libro, me recomendé, mi vida un libro me propuse, minutos como párrafos y ya estaba obcecado con ello. Enamorarse, perder el norte, perderle el miedo a los cuchillos y cogerle el truco a los sostenes. Enamorarse era acudir a los bares, a los clubes de lectura, pasear al perro y hablar en la cola del panadero. Tocar las manos de las cajeras tristes, y reírles las gracias a las vecinas.



Margot llegó como la factura del seguro del coche; Inesperada y excesiva. Dolorosa e inevitable. De hecho fue la comercial que cariñosa me vendió la nueva póliza. Aquí tienes un seguro para tu coche que cubre todas las contingencias y aquí una cuerda floja y precaria para tu loco corazón Jamás hubiera dicho Margot tal cosa pero así fue como yo quise entenderla, si es que alguna vez entendí a Margot, pero ni falta que me hacía.
 



Ay mi Margot hermosa. Se llamaba Margot pero en la Baja California la hubieran llamado El Pecado, en Brasil Garota Do Inferno, en Alemania lo desconozco pero hubiera sido un sobrenombre potente, sonoro y pleno de consonantes. Y lo más probable es que en el resto del mundo se hubieran referido a ella con un silencio tenso y absorto, por no hablar de la zona de los Cárpatos y alrededores. Tal vez estemos exagerando pero lo que viene a decirse es que la chica era agraciada, mona, ángulos favorecidos por la luz y las sombras. Eso o que el amor me cegaba, que también es probable.



Pero lo cierto es que en sus brazos el calor eterno. Noches de amor desenfrenado. Vecinos que se quejaban, muelles de cama que pedían la absolución, medias rotas. Margot era una mujer difícil, Inexpugnable como una cordillera hermosa y escarpada. Tendía la ropa de lado, hacía muecas, tomaba la sopa con pajita, se asomaba desnuda a la ventana. Yo qué sé. Una fiesta. Entre los pliegues de su piel y la colorida sonoridad de sus gritos encontraba trazas de buena literatura. En sus besos, en su pelo, en su extraña forma de pelar cebollas y mandarme a la mierda.



En su infancia había visitado colmenas, en el campo silvestre donde ella vivía, flores salvajes, desbrozando con su mirada la vegetación desordenada de las dehesas. Y miraba a las abejas a los ojos, intercambiaba con ellas palabras secretas, competía con ellas libando las flores más jugosas, y jugaba con la miel entre sus manos, la depositaba delicadamente en su cuerpo de una forma ignominiosa y caritativa. Y por eso su piel era dulce, su cuerpo pecaminoso. Y su lengua un aguijón.



Con ella, con Margot, la vida consistía en un relato enloquecido, amor, sorpresas, gritos guturales, demandas judiciales, amenazas de muerte o suicidio. Muchas noches -las buenas- culminaban con la aparatosa actuación de la policía local y las otras -las peores- requerían de la intervención de los bomberos, pero unas y otras contaban con una postdata, con un apéndice, con un epílogo de alto contenido sexual. Carne, labios, redención y bisectrices doloridas.



Y en ese caldo de cultivo cundía la literatura. Las historias con pegada, los giros inesperados. Aunque Margot achacaba a la brevedad de mis cuentos la brevedad de mi fama yo era feliz. Un editor local me hacía ojitos. Me prometió una colaboración en una antología de cuentos sobre la Alubia Pinta si al final se publicaba, un poemario subvencionado por la diputación provincial si salía elegido su cuñado. La inminencia de la gloría, las puertas de la celebridad. La cosa marchaba, pero como suele pasar en estos casos se mascaba la tragedia.



Una noche Margot se pasó con el moscatel. Juegos con el sujetador, bailes exóticos en los que su cuerpo formaba figuras chinescas, canciones milenarias y ceremonias ancestrales. Ella sabía de mis anhelos editoriales, de mi madera de prosista, de mi prometedor futuro como bardo contemporáneo y también sabía de su condición de musa y motor de mi imparable genio. El moscatel corría por las venas de Margot, venas azules en su piel tan blanca, sobre todo azules en la sobria calidez de sus muslos, y en otras partes blancas y secretas. El moscatel haciendo estragos en su cerebro, buscándole la ruina, originando alucinaciones dulces en la noche amarga.



Y yo que me asomaba a la ventana, sumido en la noche, coches que pasaban como sonámbulos mecánicos, el zumbido cansado que transporta a gente de un lado a otro. Gente que regresa a donde no quiere regresar, o que acuden a donde no quieren acudir. Conductores que deambulan sin sentido por la ciudad, con la esperanza de encontrar algo, lo que sea, en algún lugar. La perfecta metáfora de su vida.



Y yo asomado en la ventana fumando, dejando que el aire contaminado de la calle llenara mis pulmones del aroma a nada, la fragancia de la soledad populosa, esperando que aquel aire aliviara la atmósfera de la casa, viciada por los efluvios perturbados de Margot, Margot gritando, Margot desafiando la física de su cuerpo con posturas raras. Locura de Margot, distorsión mental que sin embargo respetaba la perfecta definición de sus curvas, la perfección de sus pechos y de sus glúteos que ignoraban la imperfección de su mente, sus vaivenes azarosos. Siempre amamos lo equivocado mientras fumamos por la ventana, mientras miramos a los transeúntes llorar o reír lentamente sobre las aceras.



El escritor, me dijo. Y ese era un aguijonazo de Margot. El escritor, me llamó, haciendo mofa, haciendo risas de mis ínfulas de poetastro, chanza de mi excesiva propensión al adjetivo, de mi profusa prosa presa de mi prisa, escritor que vives como un libro, tu vida como un libro, y se acercaba a mi ventana, y estaba loca y a mi me encantaba amar lo equivocado, persistir en el error de amarla, su locura y mi imprudencia, y el olor del sudor de su cuerpo que hubiera lamido sin pensarlo, en la zona de las axilas y de las ingles y detrás de sus rodillas, demencia que calientas los cuerpos de las mujeres, que vives como un libro musitaba suave y se reía y la locura anidaba en sus pupilas, y temblaba o vibraba pero su cuerpo terso, he aquí, dijo, así lo dijo, he aquí, expresión amorfa consideré, impropia de un apoteosis serio, seamos hermosos en la tragedia , he aquí retomó, tu puta contraportada, y sus manos quemaban , vives como un libro y yo soy tu puta contraportada, y entonces me agarró por las asilas, y accionó su cuerpo, el spinnig, el Pilates, músculos exactos y precisos en el amor y en el odio, y me tiró por la ventana, arrojándome, como un pétalo cayendo al vacío.



No lloré, no dio lugar al llanto, no hubo tiempo, seducido por la gravedad, fugaz atracción, no pude llorar, sólo apagarme, dejar un cadáver horrible, esqueleto y carne que así visto no valía mucho, tampoco menos que antes, y también la sangre haciendo figuras originales y rojas negruzcas, charcos que se extendían calmadamente por el cemento con una densidad incomprensible, composiciones abstractas con mis plaquetas y mis leucocitos.



Fui original vertiendo la sangre sobre el suelo, artista hasta las últimas consecuencias, la cáscara de lo que yo era estropeada, hecha una asco, pero una estructura de vísceras y sangre equilibrada, los humores del cuerpo acompasados en su disolución definitiva y Margot mirando por la ventana, desnuda también en la hora de mi hora última, con sus pechos más profusos si cabe, bamboleando de forma inapropiada a las circunstancias creo yo, pendulando desde lo alto sobre mi, no sobre mi, sobre eso que acabó, el envoltorio que liberó a este fantasma


Soy un fantasma pensé, mientras ascendía (no sabía aún manejar mi naturaleza etérea), mientras ascendía y ascendía y atravesaba a Margot empezando por sus pechos y siguiendo por su esternón y mientras sacaba mi lengua para chupar su pleura (no pude) y luego veía alejarse su nuca aún besable si bien no por un fantasma como yo, un fantasma que amará a Margot sobre todas las cosas y la poesía negra de la muerte, fantasma cuya escritura yace en un disco duro en un carpeta llamada Escritos Que Me Harán Inmortal.


martes, 20 de mayo de 2014

Tresminutosdieciochosegundos




Fue un problema la forma en que me enamoré de ti y la forma en que tú te enamoraste de mi, algo exaltado, en un bar repleto de gente sudorosa, gente bailando sin parar y sobre todo fue un problema porque nos besamos de repente, sin cruzar palabra, sumidos en el ambiente lírico de aquella canción que luego escucharíamos hasta la extenuación, canción que entraban por nuestros oídos a nuestro cerebro, y que entraba por nuestros poros a nuestras vísceras, que atravesaba el esternón invadiendo nuestros pericardios y otros órganos cuyos nombres ignoramos (tantas cosas ignoramos), notas musicales cuyo efecto se hacía patente a lo largo de nuestra epidermis y en nuestras piernas y en nuestros muslos , cuando era de noche en aquel bar, y todo se desvanecía en torno a ti y a mí, una canción que tal vez era una canción cualquiera ,pero que no debía serlo porque fue entonces cuando quiso sonar, fue entonces y no antes o más tarde, justo cuando yo te estaba mirando, las luces creando claroscuros, haciéndote aparecer y desaparecer, los rasgos de tu rostro adivinados, pero eras guapa pensé, y sonó aquella canción y no sé, me acerqué a ti que también mirabas, habíamos bebido un poco, tal vez mucho, lo justo para que el alcohol encendiera de un modo exacto nuestros cuerpos de veinte años, para que el alcohol hubiera encendido tus ojos, tus labios pintados o no, espera pintados no, ya eran así de rojos tus labios cuando sonó esa canción, eran de ese rojo un poco increíble y al llegar a ti abrías los brazos para invitarme a ti, para acogerme violenta y suave y nos besamos concentrándonos en nuestras lenguas y en la canción, canción que sonaba con un volumen preciso para silenciar el universo, acallando lo que no fuera nuestras lenguas dulces en nuestras bocas dulces, y tu boca calmaba el dolor del mundo, la música disolvía a tus amigas y a mis amigos, y al camarero, y las luces del local se hicieron sombra borrosa y no veíamos las paredes ni el suelo ni a un tío que bailaba fatal con una chupa de cuero en una esquina y las montañas y las penínsulas, todo se desvanecía con el calor de tu lengua y el alcohol en nuestra sangre templaba el frío de los que tenían frío en otras partes de la Tierra, tus labios en los míos refrescaban los lugares arrasados por un sol inclemente en los parajes desérticos y acababan con el hambre, vertían agua sobre la tierras secas , pero qué digo, no, no, todo estaba diluido en torno a tu paladar, nada existía mientras tocaba tu pelo, porque toqué tu pelo antes de saber tu nombre, no sabía si tenias nombre cuando sonaba esa canción pero sabía la suavidad de tu pelo, tu cuerpo era terso de eso no cabía duda pero poco más comprendía, y parecías morena o como mucho castaña, rubia no, pero qué importaba, lo crucial era la canción, tu boca, tu pelo, tus brazos, la disolución del mundo en esos versos , esa canción que decía las cosas exactas que había que decir, con un compás tan estudiado para que encajáramos allí suavemente sin que sobrara nada ni faltara nada en el universo arremolinando en torno a ti y a mí, un beso que duró tres minutos y dieciocho segundos, lo mismo que la canción, tres minutos y dieciocho segundos hasta que separamos nuestros rostros y vimos nuestras caras y nuestros ojos y el mundo se rehízo poco a poco alrededor, recomponiéndose como pudo, siendo lo que es el mundo , tal vez menos imperfecto o tal vez más bello , no lo sé, pero tú delante, tan cerca, y al menos yo pensé que sí, que te habías posado en mi corazón, que había luz en mis venas, que había enloquecido dulcemente y nos vimos al día siguiente, y al otro y al otro y me llegaste a gustar mucho pensé y nos besábamos escuchando esa canción que resultó ser fascinante en sus recovecos, infinita en cierto modo, inacabable pero algo pasaba, algo no iba bien y un día me dijiste algo pasa, algo no va bien, y me dejaste y yo estuve de acuerdo con ello aunque tal vez te hubiera besado una última vez y hoy han pasado 15 años y te he vuelto a ver y he pensado que no me gustas, aunque tus labios son de un rojo casi inadmisiblemente hermoso, no me gustas he pensado y nunca me has gustado pero jamás he dejado de temblar al escuchar esa canción que ahora estoy escuchando.

jueves, 24 de abril de 2014

Coito Póstumo


Tenía que creer a mi novia porque se estaba muriendo y no tenía razón alguna para mentirme ahora que ya todo importaba poco y cruzaba el puro umbral a la nada. Sus palabras eran solemnes y definitivas y en sus ojos la sinceridad brillaba nítida. Mi novia confesó que era cierto que me quería mucho, muchísimo, aunque quizá no tanto como siempre me había dicho y eso me llenó de tristeza. Luego reconoció con voz temblorosa lo que siempre sospeché, que me había engañado varias veces a lo largo de su vida aunque con un número de hombres sensiblemente inferior al que yo temía y que además yo había sido probablemente el mejor en la cama, el que más la había hecho disfrutar y quien mejor conocía los resortes secretos de su cuerpo. Eso me pareció fantástico y sentí un enorme gozo en mi interior.

Estaba hermosa mi novia hablando en la hora última, mirándome a los ojos tan fijamente, hermosa ahora que se iba a morir porque su enfermedad era una rara patología que respetaba su organismo, que la liquidaba sin erosión, intacta, con su cuerpo inmaculado hasta el final. Así que la besé, y comencé a acariciar su piel ignorando si le quedaban 10 minutos o media hora o un año, y ella me respondió con un beso lento y terráqueo que sabía a despedida cósmica. Qué caliente estaba su cuerpo dios mío. Sería la fiebre o sería la inminencia de la desaparición pero todo quemaba de una manera deliciosa y la desnudé retirando aquel sudario formado por lencería fina y blanca, descubriendo aquella ofrenda a punto de ser entregada. Qué espléndido incendio, aquel pelo rubio casi natural, aquel acento venido de los Cárpatos o por ahí, ahora que yo la miraba y la guadaña se cernía firme y fría sobre ese cuello apetitoso.

Como siempre sucedió yo la lleve al éxtasis, la conduje bordeando el precipicio por el que inevitablemente tendría que despeñarse en breve, haciéndola gemir, con algunas partes de su cuerpo calientes y otras (las adecuadas) frescas y sabrosas. Y ella pidió morir gritando, admitiendo que mis chistes eran los mejores que había escuchado en su puta vida, reprochándome sin embargo lo rematadamente mal que cantaba, que jamás había soportado cuando le susurraba canciones de amor en su oído tierno, revelando que odiaba a mi madre aunque mi padre le parecía hasta atractivo para su edad. Pero qué importaba todo eso ya, porque estaba feliz sometida a mi implacable ceremonia carnal, consciente de que aquel placer que yo le suministraba lo había sido todo, el culmen, la luminosa puerta a su desaparición. Y así fue como falleció, desnuda, en mis brazos, dolor y placer insoportables, con sus pechos tan turgentes que parecían estar en plena floración y no extintos. Y entonces lloré amargamente observando la desgarrada belleza de su cadáver. 

Lloré de una forma lenta y consciente, pensando que había sido glorioso, un homenaje póstumo en vida insuperable, con el parpadeo tras la persiana de unas luces de neón resplandeciendo en mitad de la fría noche, frente a los restos ya inertes de una criatura plena de lujuria y amor. La estaba imaginando ingresando en los cielos con una sonrisa insultante, bailando al son de los clarines divinos cuando la chica se levantó y me dijo cuanto era y a mi pareció algo caro y le volví a pedir que la semana siguiente me atendiera Katia, la polaca, que se sabía morir pero que muchísimo mejor.




Créditos imagen:

photo credit: <a href="http://www.flickr.com/photos/zubrow/7956514712/">zubrow</a> via <a href="http://photopin.com">photopin</a> <a href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc/2.0/">cc</a>


viernes, 11 de abril de 2014

Sangre que hace música con el tiempo II

Ilustración de Naran





Recuerdo al pájaro improbable. La extensión en la que nupcial extraía las vísceras sin su plumaje. La acechanza del pico. La acechanza ingrávida del acabamiento ahora que se consumía la demolición. La demolición de los recuerdos. Recuerdo la demolición de los recuerdos. Su exactitud geométrica. Palabras líquidas y negras. Pájaros que perdían el pico en el plumaje de sus vísceras. Te besé durante horas que no acababan. El dolor cuajaba en los labios en la improbable prolongación de los minutos. Hice trizas las amenazas de acabamiento contra toda la piel de tu cuerpo. El pájaro víscera y su plumaje. Tu cuerpo caliente contiene en sí la sangre. Hay música en la forma cóncava de tu manos. En la coloración púrpura de tu lengua. La adolescencia de la muerte.


No sé cómo llegar de las palabras a tu cuerpo.


miércoles, 9 de abril de 2014

Sangre que hace música con el tiempo






La carroña del tiempo. Todo lo ha convertido en carroña. Pájaros improbables extraen vísceras de su cuerpo y el mío. Está llegando el agotamiento del mundo. Los relojes están exhaustos. El vagido del mundo. Pájaros cuya anatomía recuerda a la muerte recogen con sus picos segundos, minutos y horas. Extraen vísceras improbables de los cuerpos. Se está agotando el tiempo en el interior de tu organismo. Hay un mecanismo carnal en tus adentros. Engranajes fabricados con cartílagos íntimos. Mecanismos blandos adictos a la belleza de lo imperfecto. Juegas con el final, lo retas con palabras cuya corrupción es negra. Creo recordar que un día te besaba. Lo dulce se vuelve amargo. El vino, el café y el sexo constituían tu cuerpo. Recuerdo que eras un pájaro improbable que extraías de mi cuerpo la carroña del tiempo. Vísceras cuya supervivencia consistía en mantener su aspecto sanguinolento. Creo que un pájaro recordaba con su pico que eras improbable. Te escribía poemas cuya persistencia era aún menor que la celulosa. Palabras evanescentes aun antes de ser engendradas. Constato con la ceguera de mis manos la caducidad de la tierra, su naturaleza inconsistente. Se disuelve el improbable pico de pájaro-víscera. Mi sangré caerá haciendo música, se romperá o rodará recordando la salvaje textura de mis venas. Puedes ver mi sangre, estudiarla en la forma cóncava de tus manos y comprobar su pigmentación púrpura, chuparla con tu lengua, dejar que se consuma a medida que ocupa tus entrañas. O podrás pintar tu vientre con mi sangre cuando ruede haciendo música desde la cansada vasija de mis venas, fabricando un silencio que embadurne tu epidermis. Vísceras con plumas extraen pájaros del interior de mi pico. Se consume el metrónomo cimentado con las excrecencias de mi corazón y de mis pulmones. Hay un pájaro de fuego extrayendo adentros de tus vísceras. El plumaje del tiempo ha perdido su brillo, su consistencia ingrávida. Llegó a su fin la adolescencia de la muerte. 


                    Pendula 

sobre mí 

            la decadencia de las horas. 



Inspirado por Minúsculos Cuentos


jueves, 27 de marzo de 2014

Roma, el dolor.




 














Me dolía Roma. Palpitaba

un dolor concéntrico cuando

poco a poco

germinaba

nuestra ausencia

en las calles de Roma

cuando persistía nuestra fuga

nuestro negro empeño

en no estar

donde se debe y

te hubiera abrazado

de un modo romano

incomprensible

y carnal

encima de Roma

bajo

la pesada historia de sus monumentos

junto a su río y sus puentes

aunque no conozco Roma

( ni te conozco a ti)

sentía el dolor

de Roma

su pesada carga, sus obispos

y sus monjas livianas

o hurañas y lentas

que nos hubieran mirado

recorriendo sus calles en busca de la santidad

de nuestros besos

que beatificaban los años

y las piedras

y la antigüedad del cielo

y me dolía Roma

cuando me figuraba en tu cuerpo

el de todas las mujeres

de Roma

no sólo las bellas

las bellas mujeres de Roma

y su idioma con cavidades

más inaccesibles que tu

boca

cuando me dolía Roma

y sentía crujir sus

articulaciones

sus tejidos

su sangre

sus iglesias

sus catedrales

(si es que tiene varias)

que no nos contemplaban

porque no estábamos

no nos esperaban

en Roma

que por eso me dolía.

viernes, 21 de febrero de 2014

UN SUEÑO



Yo estaba en la cama con Idoia Nieves cuyo aspecto en realidad  ignoro totalmente pero que en mi sueño era una mujer de 35 años con cuerpo de funcionaria que hace spining por las tardes y que a pesar de conservar casi la totalidad del esplendor de su cuerpo es ignorada por su marido. Así que yo estaba en la cama con Idoia Nieves y empezaba a besar su cuello y luego la zona de detrás de las orejas  mientras pensaba cómo amaba a aquella mujer y lo hermoso que era su nombre y sobre todo su apellido y comienzo a susurrar en sus oídos evocadores  símiles con su apellido y la belleza de las cosas, las Nieves que con su blancura sanan el mundo de su negrura, las Nieves que extirpan con su fría y silenciosa caída toda la culpa del mundo, arrojarme a las Nieves y entregar mi cuerpo a su frío olvido, blanco y gozoso. Pero justo en ese momento recuerdo lo que sucede de verdad y es que aunque amo a Idoia Nieves es Yolanda Barcina quien me paga la casa, quien me mantiene y costea mi dudosa carrera literaria a cambio de que le haga el amor con desgana una o dos veces al mes. Yo y Yolanda, quien ahoga en mi cuerpo las tensiones políticas y las intrigas de los despachos. Verbo y Verga, así es como me llama Yolanda Barcina y cada vez que entra a mi apartamento lleno de libros, cada vez que irrumpe  sin avisar  dejando a sus guardaespaldas en el portal o en el bar de abajo (nunca lo sé) me ordena que me desnude inmediatamente y que le haga el amor de forma inmisericorde, y me dice "Jódeme cómo si fuera Maiorga" y me pide que pronuncie palabras en euskera (palabras que en su mayor parte yo invento porque no hablo euskera), que las grite sin piedad,  hasta que ella termina, y siento que en mi interior se opera una especie de efecto benéfico y bondadoso en el mundo cuando acaba.  Así que lo que sucede también después es que Yolanda se fuma un cigarrillo mientras  echa un ojo a mis cuartillas con un interés relativo y en silencio y luego mientras se viste me dice "Eres cojonudo" aunque sin concretar si se refiere a mi escritura o a lo otro, y antes de irse me arroja un cheque con bastantes ceros y mientras se peina yo la miro y pienso que en algún lugar aquella mujer es tremendamente atractiva aunque puede que jamás lo sepa nadie. Y eso es todo lo que pienso con mi rostro junto a la suave nuca de Idoia Nieves, en la oscuridad mitigada por un brillo invernal que su piel emite y le digo que la amo y le digo que si hunde a Yolanda, que si la hunde, mi carrera de escritor está acabada, que si termina con su gobierno tendré que buscar un trabajo y que yo tengo manos de pianista y necesito leer y escribir para no ser hombre muerto, y que es ella quien paga nuestro nido de amor, y que lo haga por mí pues la amo de una forma incomprensible que no puedo describir, entonces ella se da la vuelta bruscamente y se queda un rato observándonos a mí y al infinito y me besa profundamente con un beso que dice tantas cosas que no soy capaz de escuchar todas. Entonces mi sueño se torna borroso y luego aparece Idoia Nieves en una comisión parlamentaria y miles de preguntas son formuladas mientra que Idoia llora tímidamente,  y con entereza y a todas las preguntas da la misma respuesta musitada, casi inaudible: El amor, El amor El amor, El amor mientras que hombres trajeados se llevan las manos a las cabezas y  justo en ese momento es cuando yo he despertado y la verdad, no he sabido si reír o llorar.

viernes, 14 de febrero de 2014

Culpa





No podías con la culpa, era superior a ti, no podías, ni siquiera te quitabas el anillo, te pedí que te lo quitaras pero no lo hiciste, no lo hiciste jamás, preferías que fuera así, y no sólo eso, lo mirabas con frecuencia, lo mirabas cuando más te gustaba lo que te hacía,observabas fijamente el anillo brillar y lo acercabas a tus ojos cuando te hacía eso que él no sabía, cuando te hacía eso, y sentías la culpa, y yo pensaba que encontrabas placer en ese dolor profundo, cuando lamía tu piel, y lo pensaba en cada ocasión, cada vez y te veía llorar o gemir o todo a la vez, y no podías con la culpa repetías y no querías que aquello fuera hermoso, aunque lo necesitaras, aunque te hubieras matado si yo hubiera dicho que hasta aquí, necesitabas sentir la culpa, necesitabas enfrentar la imperfección de la culpa a la perfección del amor, un error inmejorable, pero lo último que querías es que aquello fuera algo bonito, eso no por favor, y buscabas que todo fuera torpe, inexacto, que nos moviéramos de una forma, sincopada y discorde, con caricias inapropiadas, con palabras incorrectas e interrupciones extemporáneas y elegías lugares desagradables, donde el mar estaba sucio, donde todo olía mal, playas escondidas donde los peces sólo iban a morir, donde recalaba la basura de los océanos, hay lugares en la tierra que tienen remordimientos, me dijiste, lugares donde el mar es negro, pero no ese negro que es profundo y al que quieres entregarte no, un negro que da miedo, un negro entrañas adentro, un negro negro, calles nauseabundas, o bares sórdidos, en baños tan sucios que todo daba asco, y hasta la música era horrible y una noche me llevaste a un rincón repugnante, un callejón que olía a meado y muerte y entonces repentinamente se puso a nevar, no sé cuándo fue, sería invierno o tal vez ya primavera y se puso a nevar, ni siquiera hacía frío y aquella nieve era lo más hermoso de la tierra, y los copos caían sobre tí, silenciosos, contraviniendo las leyes de la física o el tiempo , se derretían al tocar tu piel caliente, se evaporaban si entraban en contacto con las partes de tu cuerpo que rozaban con las mías, y fue algo inexplicable, todo en ti parecía mejor, tu pelo, tu cara, tus piernas, el brillo de tus ojos iluminando aquella calle de mierda y aquel barrio de mierda y aquel mundo de mierda, y tú quisiste parar pero no te dejé y besé tus labios como nunca lo había hecho con nadie y como nunca jamás haré, y seguí despacio, despacio, y te gustaba tanto que llorabas, casi te hacía daño cuando intentabas irte y yo te abrazaba fuerte y aquello te gustaba más y más y entonces eras tú la que no podías dejarlo, y no existía nada y acabamos los dos y no existía nada más que nosotros y la nieve, no había otra cosa que tú y yo entrelazados de un modo animal, bajo la nieve cada vez más intensa, cubriéndolo todo y entonces tú te subiste las medias y la falda y me diste un empujón y me gritaste así no puto imbécil, mientras te marchabas corriendo por esa calle ahora blanca y reluciente, dejando las huellas de tu botas como estigmas en la nieve y ya jamás te volví a ver. Jamás.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Insomnio






Una vez amé a una mujer insomne
y las noches eran una casa
donde el vértigo poseía una gran butaca

Una vez amé a una mujer insomne
en las largas horas de la noche
su cuerpo caía sobre la cama
como una catedral antigua

Y se oía el eco de su aliento
la rara estructura del sigilo
en la  eterna celebración
de la negra eucaristía.

Una vez amé a un mujer insomne
y viajábamos a los lomos
de recuerdos invertebrados
cuya antigüedad y signo
no pudimos descifrar


Anchos bulevares, boutiques
y burdeles
en los sueños perdidos de la mujer
insomne

Cada noche llorábamos juntos
por los sueños que no eran
y nuestras manos  nuestras
pieles
cada noche.

Una vez amé  a una mujer insomne


Cada noche que no duermo
acompaño a esa mujer insomne
en el inmenso recinto de la vigilia



miércoles, 20 de noviembre de 2013

Amar a Ami Tokito



Yo no creo que esté muerto. No lo estoy. Mira mis manos y sus surcos. Ni rastro de mortandad. No estoy muerto, y si lo estoy no lo parece lo cual es bueno, suficiente. Excesivo incluso. Celebraré la muerte ahora mismo, antes de que venga llevándoselo todo. Tocaré el trombón, las castañuelas. Un chotis, una danza moderna. Y todo porque amo a Ami Tokito. La amo. La amo porque ella lleva gafas y no las necesita, del mismo modo que yo uso muletas, y monóculo, y hago cánticos que son el fin del mundo. Prótesis de partes del cuerpo que ya tengo. Extensiones, correctores en mis dientes perfectos. Mira esta luz de ahora.; no se corresponde ni con la mañana ni con la tarde, ni con ningún momento del día que tú conozcas. Haz cuentas, ata cabos. Porque esto es el final y es una gran broma. Un alborozo. Qué gran amor por lo innecesario. Todo es una broma buenísima. La muerte. En el fondo es una broma. La vida es el puto chiste final. Y hago planes exhaustivos de invadir Japón besando a cada mujer que use gafas. Planes de dejar embarazadas a las mujeres de gafas y voz grave y rota. Inseminando alegría por la extensa tierra. Con llagas en la lengua de tanto besar y gritar te quiero. Lesiones en el pubis, caderas rotas de un modo cálido y dulce. Viajar en bicicleta, reproducirse perpetuando la risa, arrojando flores olorosas, acariciando negras cabelleras de pelo liso y rizado. No estoy muerto me digo, mientras mi vejez es un animal de 180 años que se mueve pesado en mis adentros. Mi vejez que conoce la historia como si fuera un pubis rasurado tanta veces transitado. Metáforas locas en mitad del éxtasis. Celebremos ahora el fin del planeta, en cueros, tapándonos los dientes, y el eco cavernoso de sus adentros. Recuerdos, ahora que frisamos el Apocalipsis raro. Yo que de joven sabía versos y poemas enteros. Poemas de labios que estallaban en otros labios, y de cuerpos que estallaban en otros cuerpos. Poemas que leía agitado, con la piel sonrosada y el pene posiblemente erecto. Esto se va de las manos, pero de qué trata la juventud sino sobre eso. Ignorar a la muerte susurrándole guarradas en el mismo orificio de su oreja. Mujeres de falda larga o corta, de orejas al aire y pelo recogido. Mujeres, mujeres y más mujeres. Beber hasta que todo sea un verso. Nucas que avisan del tortuoso camino que va por la espalda que abrasa antes de llegar al final de esas piernas, de esos tobillos y de esos dedos. Sembrar de besos los senderos. El dolor y el placer hacen su juego, se matan a ostias o se abrazan debajo de la lluvia. Cuánto dolor en la risa. Conversaciones con peces. Cuidadosas. Eligiendo las palabras tan certeramente, acuáticas, con paciencia infinita, como si supiéramos que todo se termina. Palabras que son burbujas debajo del agua, burbujas delicadas en un río de agua sucia donde las piedras acogen con ternura un cadáver. Como si Ami Tokito frunciera los labios en ceremonia de clausura, y ofreciera su sexo obsceno y recatado. El gran chiste final que nunca tuvo gracia. El puto chiste que no hubiera hecho falta contar. Bésame Ami Tokito. Bésame como si tu cuerpo no fuera una pura brasa. Como si toda la piel de oriente no viviera en tu cuerpo. Bésame, y quítate todo, pero por lo que más quieras no te quites esas gafas.


sábado, 28 de septiembre de 2013

UNA MUJER Y UNA PISTOLA


Yo estaba en un terraza bebiendo una ginebra y luego otra. La gente caminaba por el paseo marítimo, y había jubilados, parejas, familias y sobre todo chicas guapas, chicas con faldas pequeñas y vaporosas que van exhibiendo su puta juventud, y sus piernas como si todo fuera a ser eterno. O puede que no, puede que fueran conscientes de la prematura marchitez del mundo y por eso enseñaban su piel tersa y acogedora antes de que fuera demasiado tarde. Pero en cualquier caso caminaban solas o con sus novios  y los hombres las odiábamos por ser jóvenes y a la vez nos las queríamos follar bajo la luz de la luna que allí al fondo comenzaba a salir.


La cuestión es que todo estaba bien, más o menos bien; hacía buena temperatura, las gaviotas volaban a lo lejos, y yo leía un libro de poemas de Auden o un libro de cuentos de Nuñowski. Entonces en la mesa contigua se sentó una pareja a la que no podía ver pero a la que oía. Yo miraba mi libro pero en realidad estaba oyendo las palabras casi susurradas de ese hombre y esa mujer, y a la vez disfrutaba de la brisa acariciando mi rostro. -¿Qué vas a hacer con el chico?- preguntó la voz varonil. Y luego ella sembró un silencio oportuno, largo, lleno de conjeturas. Uno de los dos balanceaba el vaso haciendo golpear los hielos entre sí. Las olas hacían su rumor leve de fondo y en algún lugar sonaba algo de Miles Davis. -Lo voy a matar. Y a ella también- contestó la mujer con aplomo.  Me aferré al vaso de ginebra y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me pareció que las gaviotas comenzaban a graznar repentinamente sobre un mar más oscuro.


Afiné el oído y de nuevo el ruido de los hielos sustituía a las palabras de la pareja. Miles Davis seguía a los suyo y yo miraba el libro como el que mira a un muerto. Los efectos del crepúsculo se hicieron más evidentes en la tenue luz del litoral.  Alguien encendió un cigarrillo y luego expulsó placenteramente el humo. -¿Qué te parece? - interrogó ella. Pensé que esa voz tan bonita era muy apropiada para una asesina. Si alguna vez me mataban quería que fuera ella -¿Dos más? ¿Con la misma pistola?- En las palabras del hombre había gravedad pero también una hiriente monotonía. Tuve la conciencia  de que aquella conversación era habitual, rutinaria-¿Por qué no?  - Imagine a la mujer gritando palabras sucias sobre un cadáver, y me pareció bien. Muy bien. Puede que en ese momento tuviera una erección y me figuré una pareja sin rostro besándose, con sangre en la comisura de sus labios,  junto a dos cadáveres  jóvenes y hermosos.


Sopesé llamar a la policía, contarles todo, pero luego sentí una pereza milenaria; Me tomarían por loco, me harían cientos de preguntas que tal vez no sabría contestar  y no me dejarían beber ginebra. Pagué la cuenta y esperé sentando observando el mar. Luego vi que a lo lejos, por el paseo marítimo se acercaba  una chica rubia con una minúscula falda blanca y unas piernas fabulosas. Me pareció que tenía poco pecho pero seguirla un rato era  una idea tan buena como cualquier otra.


Sentí ganas de darme la vuelta disimuladamente  antes de irme  y comprobar si la asesina era tan atractiva como yo pensaba. Supuse, no sé por qué, que tendría unos ojos miopes, y el pelo rizado y negro,  y pensé que al menos debía dedicarle una mirada de desprecio. Pero luego consideré que si mataba a esas personas alguna razón habría. ¿Acaso no arrastramos todos alguna culpa?


-Seguro que al resto de guionistas les va a parecer fatal- oí que opinaba el hombre mientras yo me incorporaba de la silla concentrado en el armonioso balanceo de un culo y las notas de Miles Davis.



jueves, 15 de agosto de 2013

De la Tierra y el polvo


Tío Jonesy era de los que pensaban que la muerte era algo puro  y siempre dijo que no había que esperar demasiado de la vida. Por eso, cuando la tía Sofie murió de aquella forma y él se quedó solo en la vieja casa y casi en el mundo no se lo tomó demasiado mal. Aquellos días yo iba a verlo por las tardes y nos sentábamos en las mecedoras del cobertizo a ver pasar el polvo. La casa de Tío Jonesy estaba al final del pueblo -aunque él prefería decir que su casa era la primera- y en aquella parte alejada  lo único que había era polvo. Un polvo rojo y desleído que el viento insistía en levantar casi todo el año, y que agitaba las cansadas maderas de esa casa destartalada.

Por aquel entonces a mí no me iba demasiado bien con el trabajo. Había tenido ciertos problemas con Little Samson por un accidente en el aserradero y una petaca de whiskey que yo juré que no era mía. Iris se enfadó bastante conmigo cuando supo que me habían despedido y comenzó con el santo sermón de las facturas y los gastos. Creo que a mi mujer le dio por desquiciarse el día siguiente de casarnos y no paró hasta el día en que murió, si es que es verdad que está muerta.

Una tarde especialmente ventosa estábamos Tío Jonesy y yo meciéndonos en el porche de su casa.  Hacíamos crujir la decrépita estructura del suelo con las mecedoras y mirábamos los torbellinos que el polvo formaba, como si todo aquello fuera una película de esas que ponen en el cine.
-Tío Jonesy, creo que ésta casa es demasiado grande para ti y va acabar sepultada por el polvo.
-Todos vamos acabar sepultados por el polvo Justin.

Tres días más tarde nos instalamos en la casa de Tío Jonesy y de la Tía Sofie.  De esa forma nos evitamos una buena parte de los gastos que tanto angustiaban a Iris. Pero entonces Iris empezó con la cantinela de lo raro que era Tío Jonesy, del montón del polvo que entraba en la cocina y del miedo que le daba ver las fotos de la difunta Tía Sofie por toda la casa, con esos ojos claros que parecía que te estaban mirando. ¡¡Ay la pobre Tía Sofie!!  Dios tenga en la gloria a esa buena mujer, aunque Tío Jonesy solía decir que su esposa no estaba en la gloria sino en la salita de atrás, sentada en la vieja butaca gris.

Meses después Iris se quedó embarazada, y si les digo la verdad aun no me explico cómo pudo suceder. Luego dio a luz a un niño al  que llamamos Ben. Ese mocoso resultó ser un auténtico tormento. Iris se pegaba toda la santa mañana y toda la santa tarde gritando por la casa por los disgustos que le daba. A veces se ponía tan roja que parecía una granada de mano a punto de estallar.

Tío Jonesy era el único que soportaba a Ben, y Ben por su parte podía pasarse varias horas en el cobertizo jugueteando con las botellas vacías mientras escuchaba las historias de Tío Jonesy. Y eso que nunca fue capaz de comprenderlas. Lo cierto es que el chico era un poco corto  de entendederas. Su madre siempre dijo que aquel niño lo que tenía era  el alma inacabada pero el Doctor Scudder nunca fue capaz de decirme qué diablos le pasaba a la criatura. 

Una tarde me levanté y Tío Jonesy me dijo que Iris se había marchado y se había llevado una maleta, mi pitillera de plata y el gramófono. Dios sabe lo mucho que eché de menos aquel gramófono. Sobre todo aquellos días después de la marcha de Iris cuando  la casa se reencontró de nuevo con la paz y el silencio. Creo que Tío Jonesy también  disfrutaba de aquel sosiego pero dijo que era una obligación, que Ben tenía en sus venas la sangre de Iris y no sé qué más cosas, así que estuvo buscándola un tiempo y preguntando aquí y allá,  pero por suerte nunca la encontró.

Los negocios iban de mal en peor en el pueblo  y  tuve que buscar trabajo en Big Town. A Tío Jonesy no le importó quedarse con Ben y cuidar de él,  así que pude aprovechar el auge de la ciudad  y me dediqué a ganar bastante dinero. Acabé montando un pequeño surtidor de gasolina que funcionaba de maravilla. Fueron años estupendos;  las mujeres iban y venían, las camas eran grandes y confortables y el Whiskey era del bueno. El día que llegó el telegrama  en el que Tío Jonesy me anunciaba que Ben había fallecido,  mi socio estaba con gripe y yo estaba a cargo del surtidor, así que no hubo manera de que  llegara a tiempo al pueblo para el funeral. De todas formas aquel chico era retrasado o algo y si en vida no se enteraba mucho menos creo que me echara en falta cuando el pobre ya había estirado la pata.

Me olvidé del pueblo durante meses. El negocio iba viento en popa. Abrimos varios surtidores y había que trabajar duro para abrir más. Llegaba tan cansado a casa que no tenía ganas ni de beber whiskey. La vida en la ciudad es cruel, una vorágine enfermiza,  pero si eres de los que no paras la ciudad te sonríe.

Regresé años después, cuando  Tío Jonesy me escribió diciendo que  ya estaba muy anciano y cansado y que se quería despedir de mí. La  casa parecía sostenerse de milagro en medio de la explanada. Las maderas estaban tan viejas que daba lástima pisarlas, pero  cuando llegué, allí estaba el Tío Jonesy balanceándose calmadamente en su mecedora de siempre, sosteniendo un palillo en su boca desdentada y amable. Estaba vigilando desde el cobertizo cómo se levantaba el polvo frente a la casa. Me dedicó una sonrisa agotada, se levantó como pudo y me dio un largo abrazo.

 

Estuvimos un largo rato en silencio,  no sé cuánto,  escuchando el sonido limpio del viento y después comenzó a hablar con una voz extraña y profunda. Tío Jonesy  me dijo muchas cosas aquella tarde. Me dijo que éramos los únicos McGill que quedaban a ese lado del río. Me dijo que estaba feliz de poder abrazar por última vez la sangre roja y cálida de los McGill. Se acordó de Libby que era mi madre y su hermana. Me dijo muchas más cosas. Como que iba a morir orgulloso, cerca de Sofie y cerca de Ben a los que nunca abandonó. Me dijo que el funeral de Ben fue algo hermoso, que tendría que haber estado allí y que Ben fue un ser tan puro que después de su muerte el polvo era más blanco y ligero. No sé a qué se refería pero se me puso la carne de gallina.

Luego estuvimos mirando la llanura frente a la casa de esa forma tranquila y calmada, como si el tiempo fuera un vergel interminable. Tío Jonesy me explicó que el polvo y la tierra estaban bendecidos y que cubrían la tierra con su manto de eternidad. Me contó que hablaba con Sofie y con Ben constantemente, y que también había hablado con Iris que después de muerta estuvo allí en espíritu, para preguntar a Tío Jonesy por su hijo Ben.

El sol se comenzó a ocultar y Tío Jonesy dijo que estaba cansado y que sentía frío. Se levantó torpemente y se metió en la cama de la que ya nunca se levantó. La mecedora estuvo aún un buen rato oscilando apaciblemente hasta que se detuvo  y yo me quedé mirando la planicie seca, pensado en las palabras de Tío Jonesy. El viento se agitaba y levantaba el polvo que ascendía y descendía de una forma elegante y grácil. Sentí un gozo antiguo, una paz que debía anidar en mí desde hacía muchos años y que tal vez sólo pudiera tener lugar en aquel pueblo ya casi abandonado.

Cada vez que  esta ciudad me engulle con su ajetreo gris me acuerdo de esa bendita mecedora, de mi soledad, del polvo de aquella explanada que tal vez sea lo único que me quede de verdad en el mundo, y  de Ben  y del Tío Jonesy que siempre  me dijo que ningún árbol echaba raíces en el cemento.