lunes, 17 de junio de 2013
Ahora
miércoles, 1 de mayo de 2013
LA GRAMÁTICA DEL HUMO EN LOS BARRIOS DE EXTRARRADIO
Aunque yo no fumo, todos los
jueves a las 18:35 horas me siento en la butaca orejera del salón, frente al
ventanal y enciendo un cigarrillo que
apoyo en el cenicero de cristal que heredé de mi abuelo, y que sólo uso los
jueves a partir de las 18:35 horas, cuando Catalina se va a Pilates y da un
portazo sonoro y seco que retumba por
las paredes de la casa; una casa que justo después queda en un silencio raro en
el que los gritos de Catalina sobreviven lánguidos, como ecos que se maceran y
que después, cuando Catalina regresa parecen resurgir con un sonido viejo pero
robusto que enfanga esa tranquilidad que habita la casa todos los jueves, desde
las 18:35 horas, que es el momento en el que yo, que no fumo, enciendo con una
ceremonia un tanto pomposa un cigarro y lo deposito con cuidado en el cenicero
de cristal y dejo que el humo ascienda y forme sus volutas que de algún modo,
quiero creer, purifican el ambiente (dudoso, porque los gritos de Catalina perduran
agazapados en el sosiego) y forman caprichosas torsiones de humo a cuyo
través yo observo la calle, y más en
concreto la fachada amarillenta, tal vez un poco deslucida ya, del inmueble de
la acera de enfrente, en el que por poner un ejemplo, vive Eleuterio, un hombre
que a esas horas siempre sale al balcón descamisado y en zapatillas de casa
(del Barça) a regar los geranios, y que
después se apoya en la barandilla a observar el trajín de la calle con ese gesto
tan varonil y tan suyo, que conozco
mucho porque Eleuterio y yo vamos a cazar los sábados al monte; aunque en
realidad no cazamos nunca nada y lo que hacemos es hablar y hablar y recordar
que un día fuimos jóvenes y la vida estaba llena de promesas puras, y entonces las perdices y los conejos pasan a nuestro
lado (seguro que se ríen en su idioma) mientras nosotros contemplamos los
árboles y las plantas que Eleuterio conoce a la perfección; Lute ¿está cuál
es?, y el tío se las sabe todas porque aunque parezca un bruto le encantan las
flores y por eso tiene esos geranios que riega los jueves sobre las 18:35 de la tarde, la misma hora en la que, justo
debajo, en el segundo, Natasha Yarikov
abre la ventana de su dormitorio y sentada en una sofá azul, (un azul
frío como el país de Natasha) comienza a extenderse por sus piernas
interminables una crema hidratante cuyo aroma casi puedo sentir desde mi casa,
un aroma a tierra húmeda pero que no es a tierra húmeda, es a carne tersa y
limpia, que es la carne de Natasha;
carne que va quedando a la vista,
( a mi vista) porque Natasha va retirándose la bata para aplicarse la crema
hidratante por todas las regiones de su cuerpo que poco a poco va entregando
como haría un ejercito en retirada, y
cuando finalmente su bata queda abierta del todo, yo siempre tengo una erección
y tengo tentación de dejar el cenicero en el suelo y empezar a tocarme, pero no
lo hago porque sé que yo tendré a Natasha, porque sé que el viernes cuando le
diga a Catalina que voy a casa de Lute a echar la partida, en realidad iré a la
de Natasha y la desnudaré sobré el sofá azul (un azul frío como su país) y le
haré el amor de una forma tierna y enajenada, y sé que no pararé hasta que los
gritos de Natasha atruenen a todo el
barrio (a Catalina especialmente) y el vecino del primero golpee la pared y grite ¡basta! como un loco; porque el
vecino de Natasha, al que todos los jueves a las 18:35 horas veo tender ropa en
su terraza, es escritor, un escritor argentino que ignora (y que no creería) que
soy yo quien hacer gozar a “La Rusa” -en realidad es polaca- hasta que pierde
el conocimiento, justo después de que él pierda la paciencia y golpee la pared
y nos grite ¡basta!, ¡basta!, ¡basta!, porque no le dejamos escribir esos
relatos sobre los que más tarde, los domingos, me pedirá consejo en el Bar Cosme, mientras tomamos un café y
comentamos nuestras últimas lecturas y charlamos de esto y aquello, y él me
cuenta anécdotas de Buenos Aires y sus habitantes que cada verano se sorprenden
por el calor del verano y cada invierno
se sorprenden por el frío del invierno, o sobre Alemania y sus cines en los que
mi amigo el escritor, se reía de una forma solitaria y rebelde (tal vez un poco
latina) de unas escenas que no sacaban a los alemanes de su seriedad
geométrica, una seriedad geométrica que a veces yo creo también vive en su
rostro, enmarcado por un flequillo tupido, un flequillo ascendente como el humo
de mi cigarrillo que ya está casi
consumido, y que me indica que ya es la hora por lo que apago la luz y levanto
la persiana para ver que frente a mi ventana no hay un fachada amarilla, sino
una avenida gris, ruidosa y ajena, y luego un inmenso edificio ministerial sin
ventanas, y miro el cigarro, ya extinguido y siento asco, y me lamento de que
no haya un Lute, ni una Natasha ni un
escritor argentino, acaso ni siquiera exista Catalina, pienso, pero entonces percibo sus gritos, los estoy oyendo, supervivientes del humo y
el silencio, vagando por la casa, libres y enloquecidos y luego oigo un portazo -suspiro
profundamente- y unos pasos, porque ya ha llegado, ya está aquí: Catalina.lunes, 17 de septiembre de 2012
ISLA DESIERTA
viernes, 7 de septiembre de 2012
Los cuerpos de las nadadoras (Fragmento)
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.
lunes, 2 de julio de 2012
Venecia
En cualquier caso allí había un precipicio y algo que era el mar, o que parecía el mar. Una oscuridad perpetua, inestable y acuosa como la verdad del mundo. Había su rumor de oleaje, la descomunal voz del universo con su garganta profunda. Yo miré a lo lejos sin ver nada y me acordé de tus pechos. La decadencia italiana de tus pechos, tu paciencia escuchando la rotación del mundo, el silencio de los alacranes, la fría piel de las serpientes.
Luego me puse a leer, a examinar los papeles, acercándolos mucho a mi rostro. Tanto que era ridículo verme. Tanto que casi las letras tocaban mi retina y tanto que casi no había lugar entre mis ojos y aquellos folios para dejar entrar la luz rara de esa hora oscura. Poemas, besos, promesas, felaciones y amor. Todo estaba conectado en medio de la confusión. Celulosa, lágrimas y humores del cuerpo. Todo giraba contra todo, pensé. Estamos hechos para vivir y morimos. Estamos hechos para ser amados y nadie nos ama. La paradoja es la emperadora del mundo. Quería que cada frase fuera un templo. Quería que mis palabras fueran del duro granito.
Ven con tu cuerpo indefenso. Bésame bajo el sol. Bésame como si recorriéramos canales. Bésame frente a una gasolinera, en un cruce y detrás de unos grandes almacenes. Un hombre te abandona y otro te recoge. Tu desconsuelo azul. Disfruta mientras dure. Si puedes. Tu cálida decadencia. Susúrrame "bello" al oído. Bésame y te quiero. La mentira es el dulce bálsamo al dolor del mundo. Abandona tu país, huye del lacerante recuerdo. Abandona tu país y su hermosura antigua. Un sueño a la deriva, víctima indefensa para mis ojos verdes. Déjame tu cuerpo abandonado como un fuego difunto. Déjame sacarte el dolor de las entrañas por un tiempo. Déjame el calor de tus entrañas. El cariño es un apartamento que se alquila por meses. Dame tus cartas de amor, su música que parece una misa en latín. Hazme preguntas extrañas sobre este país roto de arriba a abajo.
Y ahora estaba allí, frente al mar, conversando con el silencio inocuo de los peces, con el viento que se lleva la culpa o la zarandea al menos. Sosteniendo absurdamente esos papeles, tus cartas de amor inflamadas. La débil persistencia de lo cierto. Estarás a la deriva y rota. Otra vez. Tus cartas. Poesía italiana y nefasta. No te pongas así, no eres la primera. Otro querrá tu carne y su dolor de catedral vieja. No me hables de Romeo, no te pareces a Julieta. Sólo tenías tu cuerpo y no por mucho tiempo. Cambia de bragas, ponte tetas. Conserva tu acento de puta cara. También el brillo raro de tus ojos tristes. Haz dieta y córtate el pelo. Otro hombre te recogerá. Ascuas de un fuego vivo y antiguo. Tu calor vicario, tu dolor nutrido por la precisa farsa de mis palabras.
No hace falta que me devuelvas los libros.
martes, 21 de febrero de 2012
Subtítulos
referían a ella. Ahora me acuerdo que más tarde le escribí un poema estupendo que se tituló El Amor es Mudo pero yo No. Estuvo muy bien esa primera cita.Lo que me molestaba eran sus orgasmos silentes. Yo siempre he sido muy bueno en la cama y las chicas simplemente aullaban de placer conmigo. Con ella no había forma de saber si le había gustado mucho o muchísimo. Desde luego que su cuerpo se estremecía y se contorsionaba componiendo una gramática cálida y lujuriosa. Todas lo hacían sobrepasadas por la descarga de placer. Pero con ella no era lo mismo. De alguna forma sentía que se sofocaba un fuego que yo consideraba inextinguible. Era como ver una película porno con subtitulos. Aún así después de hacerlo me observaba con su sosegado silencio y escuchaba las acertadas ideas sobre el mundo que siempre venían a mi genial cabeza después del sexo.
Un día repentinamente, comenzó a usar una libretita para comunicarse conmigo. Era una libretita azul con una pequeña espiral de alambre blanca en la parte superior. En la espiral guardaba el lápiz, uno pequeño de madera que había cogido del Ikea de Bilbao. Lo primero que puso en la libreta fue Te Quiero. Tenía una letra pulcra, y el punto de la i lo dibujó como un pequeño corazón. El papel era cuadriculado y puso Te Quiero. No voy a decir que no me hizo ilusión pero por alguna razón un repelús recorrió mi cuerpo al leerlo.
Con esa libreta ella demostró que tenía muchas ideas. Resulta que era arquitecto. Gracias a la libreta me enteré que no le gustaba el zumo de naranja, ni jugar a los bolos, ni Enrique Bunbury. Puede que uno de sus gestos más habituales, que yo había interpretado como franca admiración hacía mi comportamiento fuera en realidad una muestra de intensa desaprobación.
Una noche, sobre las cuatro de la madrugada me despertó con un manotazo en el hombro. Yo aturdido, abrí los ojos y me encontré con la famosa libreta frente a mi rostro, a escasos centímetros de mis ojos adormecidos. Tira de la puta cadena cabrón .Huele a pis que mata. La caligrafía era más caótica que de costumbre. Por la mañana tuvimos una discusión tan fuerte que se le acabaron las hojas de la libreta. Todo lo escribía con unas letras enormes que por lo que se ve es un modo metafórico y sigiloso de gritar desgañitadamente.
Nuestra relación se fue enfriando a medida que la libreta iba ganando protagonismo en nuestras conversaciones. Creo que en el fondo el problema real era que yo echaba de menos los estruendosos gemidos de una mujer en la cama. De todas las novias que había tenido las únicas palabras que recordaba con cariño eran esas que pronunciaban desgarradas y casi ininteligibles en medio del arrasador clímax.
Un día la muda simplemente se fue. Se fue sin decir nada.
domingo, 12 de junio de 2011
De la Belleza

La torre cayó con una violencia enérgica pero amable a su distancia y al desplomarse arrastró consigo la triste sombra que cualquier mañana soleada cubría Greenwich Street. Pero la luz llegó tamizada, extemporánea y rota, seguida de una enorme nube de polvo denso, y la gente corría, todos hacían su estudiada coreografía del terror y alegría, movimientos sincronizados en un caos hermoso e inédito. Se sentía el silencioso estupor de los hombres, se escuchaban gritos de mujeres, idiomas extraños, alaridos quebrados, sonidos guturales, supongo que inventados, pura creación del desconcierto, y un rugido vivo, alegre y creciente y un rumor terráqueo, muy profundo.
Yo permanecí con los ojos cerrados, quieto, muy quieto, esperando en la breve inminencia, y luego bendecido por esa masa de material fino, como besar la tierra, figurándome que las partículas penetraban en los objetos, en las ranuras, que creaban sus sedimentos de destrucción nueva, diminutos corpúsculos ingresando en mi organismo. Así continúe durante segundos, minutos, tal vez horas, levitando sobre las aristas del bramido, soportando esa clase de inhumación aérea. No sé porque recordé Pittsburg, y una mujer rubia que paseaba a un perro que cojeaba, y a otra muy delgada que montaba en bici por la Liberty Avenue, y la boina de mi abuelo sobre una mesa junto a una BigMac en Pittsburgh, tocando el ventanal del restaurante con su cristal frío, sus manos también frías, casi muertas, el viento agitando copas de árboles solitarios.
Cuando abrí los ojos todo era gris, pesaban los párpados y el cuerpo. Todo era gris. A mi derecha había otra persona inmóvil, cenicienta, casi sepultada, cubierta por las frías pavesas, embadurnada por la pátina del cataclismo, oculta tras su inmensa y tenue negritud. Repentinamente abrió también sus ojos, se cruzaron con los míos. Cuando parpadeaba se producía un contraste, con la claridad de sus ojos verdes, un contraste con el absoluto abandono de la calle, cada pestañeo era una fiesta de color, el polvo posándose perezosamente, con cuidado, en el asfalto de la calle, en los coches, en las farolas, en los taxis, en las cajas de la prensa gratuita, en los semáforos, en maletines y mochilas abandonados apresuradamente en las aceras, en las paradas de autobús, una calle desierta, poblada por la infinita paciencia del polvo. Y en la frente de esa persona una minúscula cantidad de sangre brotaba sosegada, una esquirla extranjera y lejana, como un insulto rojo sobre el polvo, un rojo vivo, obsceno.
Luego nos acercamos el uno al otro. No podría decir si era un hombre o una mujer, aunque tal vez fuera una mujer porque no era muy grande. No podría decir si era de una raza u otra, ni si hablaba mi idioma, ni si estaba llorando o riendo, aunque parpadeaba, y también yo lo hacia. Cada parpadeo era una ofensa para el mundo gris, y sin duda teníamos ojos, ojos vivos, ojos muy vivos, y estábamos uno frente al otro. Yo recordé una chica a la que amé sobre la hierba de un parque de Pittsburg un agosto y me acordé del horrible sombrero gris que llevaba, y un recuerdo similar debió surgir en el fondo de la otra mirada y quizá ambos consideramos que estábamos ante el Apocalipsis, o ante el nacimiento de algo grande, y simplemente aproximamos nuestros labios casi negros, y nos besamos, con un beso seco, viscoso, sintiendo la dureza de la tierra entre nuestras bocas adyacentes, luchando contra la aspereza de nuestras lenguas, contra la aspereza de todo.
Consideré mojar delicadamente mi lengua con la exigua sangre roja de su frente, embadurnar nuestro beso del color encarnado de la vida, pero simplemente persistimos en ese beso raro y pastoso, raro e interminable, y por último separamos nuestros rostros anónimos, cubiertos por la ruina de los tiempos, orgullosos por preservar el amor en medio de este Apocalipsis, dispuestos a preservarlo en este y luego en otro y luego en todos, y atravesamos la calle aún cubierta por la leve nube de polvo que tarde o temprano acabaría desapareciendo.

