jueves, 20 de junio de 2013

Llanura



Sorprende la alta mortandad en tus palabras. La cadavérica expresión de tu silencio. Sorprende acaso la alta voluptuosidad de tus desplantes. El pesado peregrinaje del tiempo y su transcurso acaudalado. Además tus besos han caído en desgracia. Han sido poblados por eremitas que prefieren las ciudades. En sus llanuras la polvareda que levanta el bisonte  nunca ha sido silenciosa. Te quise abrazar en el mismo sitio en el que Napoleón blandió un cuchillo. Napoleón nunca blandió un cuchillo y tú nunca me abrazaste. Ayer soñé que te abrazaba pero todo era un recuerdo. Tu cuerpo tuvo la idea de cerrar por vacaciones. Los recuerdos hay que guardarlos en el bolsillo que tiene agujeros. Si quisiera morirme no me hubiera arrojado por el rojo abismo de tu boca. Soy un hombre que se viste por los pies pero que no tiene cabeza. Recogí la cosecha de tu cuerpo mucho antes de llegar la primavera. La mortandad en tus palabras es una broma que no tiene gracia pero no pudimos parar de reírnos. No era adecuado ir desnudo en esa fiesta de carnavales. Yo perdí el último tren en la entretela de tu falda. Si nunca me quisiste por qué me amaste tanto. La cadavérica expresión de tu silencio era una metáfora tan poco afortunada que acabó siendo  cierta. Por fin las minifaldas han ganado la guerra a las bufandas.  Los calendarios también tiemblan cuando llega la hora. Dar saltos de tristeza se va a poner de moda. Hay muchas playas sin arena que realmente no son playas. Un día me acariciaste el brazo derecho. He trazado un mapa eterno fabricado de epidermis. Donde dije mortandad quise decir vida pero eso qué importa ahora. He dejado mi corazón tirado justo al pie de la letra y tú te lo has tomado como si fuera una cerveza. Cuando te fuiste de golpe sembraste todo de hecatombes pero esto hay que regarlo cuando más llueve. Un día me dijiste que te aburría mi nombre. Creo que me has dejado porque no quedan moteles.

lunes, 17 de junio de 2013

Ahora

Me senté en la hamaca y encendí un cigarrillo.  Me gustaba observar los cipreses que rodeaban la cerca mientras fumaba. Ese día había una ligera brisa que agitaba los árboles y estos formaban una rara coreografía.  Una sinfonía verde trufada de curiosas imperfecciones.  Siempre uno o dos cipreses parecían agitarse en sentido contrario al resto, aunque finalmente acababan por sucumbir a la fuerza del viento. Sin embargo en ese instante, otros árboles  parecían romper la disciplina del conjunto de forma que nunca se alcanzaba un movimiento armonioso. Yo permanecía mirando atento, como si tarde o temprano fuera a llegar el momento en el que todos los árboles se movieran a la vez, pero éste nunca llegaba.


Vera apareció en el jardín con una revista en la mano. Creo que en un principio se dirigía a la otra hamaca  pero al verme cambió de idea, giró y se encaminó hacía el parterre de flores . Se agachó a observarlas.  Yo jamás prestaba atención a esas flores. Para mí carecían de cualquier tipo de interés y ella se había pasado cientos de horas a lo largo de su vida mirándolas, regándolas y haciendo toda clase de trabajos para que permanecieran bonitas y lozanas. Pese a ello,  año tras año las flores acababan marchitándose. Yo lo consideraba una pérdida de tiempo, aunque realmente casi todo lo que se puede hacer en la vida lo es.



Muchas veces cuando llegaba a casa solo y había oscurecido, meaba sobre las flores intentando que mi orina impactara directamente  en los pétalos de las rosas. No sé por qué pero encontraba un curioso placer en ello y siempre me sorprendía con la rara impermeabilidad de los pétalos. Me encantaba cómo repelían la meada dejando tres o cuatro gotas perfectas adheridas a su superficie aterciopelada. También el reflejo de la luna sobre la parábola que formaba el chorro brillante cayendo sobre las rosas y su sonido sordo y amortiguado por la tierra. En una ocasión me pareció que Vera se asomaba a  la ventana justo cuando estaba en ello pero jamás me comentó nada al respecto. Tal vez pensó que en lugar de orinar lo que estaba haciendo era interesarme por sus estúpidas flores y hasta se sintió orgullosa por ello.


Dí otra calada al cigarro. Pensé en hacerle a Vera algún comentario sobre las flores o sobre la brisa o sobre cualquier otra cosa pero sabía que ella no me iba a contestar. La última vez estuvo dos semanas sin dirigirme la palabra y en esta ocasión sería parecido o peor. Vera permanecía inclinada sobre las azaleas y me fijé en sus piernas. En cuanto el clima era agradable se ponía  pantalonetas o faldas o cualquier prenda que las dejara al descubierto. Lo hacía a posta porque a pesar de su edad, sus piernas permanecían tersas y bonitas. Era como si éstas fueran mucho más jóvenes que el resto de su cuerpo. Si algún hombre viera sólo sus piernas, pensé, puede que se excitará creyendo que Vera es una mujer mucho  más joven de lo que és. Yo mismo tuve un amago de erección contemplando a Vera en esa pose, con su pelo tapandole el rostro y sus piernas desnudas. Imaginé que era otra mujer para prolongar la fantasía  durante más tiempo.


Tras unos minutos  se levantó y vino hacia mí. Dejó la revista sobre la mesa de hierro forjado y, sin mirarme me dijo tenemos que hablar. Primero sentí un gran  alivio porque parecía que en esta ocasión no sería como las otras,  pero luego lo comprendí mejor y pensé que era un gran fastidio ya que eso significaba que probablemente ella querría tratar el asunto. ¿Y ahora qué piensas hacer?.  Su pregunta quedó flotando con una peculiar persistencia sonora,  ajena a la brisa que parecía arreciar y  a mi indiferencia.


Me llevé de nuevo el cigarro la boca. Para mitigar el silencio intenté formar volutas con el humo expulsándolo lentamente pero el viento lo deshizo antes de que tomara cuerpo. Luego pensé en si había alguna respuesta posible. Di una nueva calada intentando concebir una frase que significara algo. Levanté la mirada. Lo cierto es que las flores estaban muy  bonitas en aquella época del año. Vera estaba llorando. ¿Y ahora qué piensas hacer?, repitió.


Cuando entró en la casa yo seguía observando la caprichosa danza de los cipreses. El cigarro se había apagado.

miércoles, 1 de mayo de 2013

LA GRAMÁTICA DEL HUMO EN LOS BARRIOS DE EXTRARRADIO


Aunque yo no fumo, todos los jueves a las 18:35 horas me siento en la butaca orejera del salón, frente al ventanal y enciendo un cigarrillo  que apoyo en el cenicero de cristal que heredé de mi abuelo, y que sólo uso los jueves a partir de las 18:35 horas, cuando Catalina se va a Pilates y da un portazo sonoro  y seco que retumba por las paredes de la casa; una casa que justo después queda en un silencio raro en el que los gritos de Catalina sobreviven lánguidos, como ecos que se maceran y que después, cuando Catalina regresa parecen resurgir con un sonido viejo pero robusto que enfanga esa tranquilidad que habita la casa todos los jueves, desde las 18:35 horas, que es el momento en el que yo, que no fumo, enciendo con una ceremonia un tanto pomposa un cigarro y lo deposito con cuidado en el cenicero de cristal y dejo que el humo ascienda y forme sus volutas que de algún modo, quiero creer, purifican el ambiente (dudoso, porque los gritos de Catalina perduran agazapados en el sosiego) y forman caprichosas torsiones de humo a cuyo través  yo observo la calle, y más en concreto la fachada amarillenta, tal vez un poco deslucida ya, del inmueble de la acera de enfrente, en el que por poner un ejemplo, vive Eleuterio, un hombre que a esas horas siempre sale al balcón descamisado y en zapatillas de casa (del Barça)  a regar los geranios, y que después se apoya en la barandilla a observar el trajín de la calle con ese gesto tan varonil y tan suyo, que  conozco mucho porque Eleuterio y yo vamos a cazar los sábados al monte; aunque en realidad no cazamos nunca nada y lo que hacemos es hablar y hablar y recordar que un día fuimos jóvenes y la vida estaba llena de promesas puras, y entonces  las perdices y los conejos pasan a nuestro lado (seguro que se ríen en su idioma) mientras nosotros contemplamos los árboles y las plantas que Eleuterio conoce a la perfección; Lute ¿está cuál es?, y el tío se las sabe todas porque aunque parezca un bruto le encantan las flores y por eso tiene esos geranios que riega los jueves sobre las 18:35  de la tarde, la misma hora en la que, justo debajo, en el segundo, Natasha Yarikov  abre la ventana de su dormitorio y sentada en una sofá azul, (un azul frío como el país de Natasha) comienza a extenderse por sus piernas interminables una crema hidratante cuyo aroma casi puedo sentir desde mi casa, un aroma a tierra húmeda pero que no es a tierra húmeda, es a carne tersa y limpia, que es la carne de Natasha;  carne  que va quedando a la vista, ( a mi vista) porque Natasha va retirándose la bata para aplicarse la crema hidratante por todas las regiones de su cuerpo que poco a poco va entregando como haría un ejercito en retirada,  y cuando finalmente su bata queda abierta del todo, yo siempre tengo una erección y tengo tentación de dejar el cenicero en el suelo y empezar a tocarme, pero no lo hago porque sé que yo tendré a Natasha, porque sé que el viernes cuando le diga a Catalina que voy a casa de Lute a echar la partida, en realidad iré a la de Natasha y la desnudaré sobré el sofá azul (un azul frío como su país) y le haré el amor de una forma tierna y enajenada, y sé que no pararé hasta que los gritos de Natasha  atruenen a todo el barrio (a Catalina especialmente) y el vecino del primero golpee la pared  y grite ¡basta! como un loco; porque el vecino de Natasha, al que todos los jueves a las 18:35 horas veo tender ropa en su terraza, es escritor, un escritor argentino que ignora (y que no creería) que soy yo quien hacer gozar a “La Rusa” -en realidad es polaca- hasta que pierde el conocimiento, justo después de que él pierda la paciencia y golpee la pared y nos grite ¡basta!, ¡basta!, ¡basta!, porque no le dejamos escribir esos relatos sobre los que más tarde, los domingos, me pedirá consejo  en el Bar Cosme, mientras tomamos un café y comentamos nuestras últimas lecturas y charlamos de esto y aquello, y él me cuenta anécdotas de Buenos Aires y sus habitantes que cada verano se sorprenden por el calor del verano y  cada invierno se sorprenden por el frío del invierno, o sobre Alemania y sus cines en los que mi amigo el escritor, se reía de una forma solitaria y rebelde (tal vez un poco latina) de unas escenas que no sacaban a los alemanes de su seriedad geométrica, una seriedad geométrica que a veces yo creo también vive en su rostro, enmarcado por un flequillo tupido, un flequillo ascendente como el humo de mi cigarrillo que ya  está casi consumido, y que me indica que ya es la hora por lo que apago la luz y levanto la persiana para ver que frente a mi ventana no hay un fachada amarilla, sino una avenida gris, ruidosa y ajena, y luego un inmenso edificio ministerial sin ventanas, y miro el cigarro, ya extinguido y siento asco, y me lamento de que no haya un  Lute, ni una Natasha ni un escritor argentino, acaso ni siquiera exista Catalina, pienso,  pero entonces percibo sus gritos,  los estoy oyendo, supervivientes del humo y el silencio, vagando por la casa, libres y enloquecidos  y luego oigo un portazo -suspiro profundamente- y unos pasos,  porque  ya ha llegado, ya está aquí: Catalina.


lunes, 17 de septiembre de 2012

ISLA DESIERTA


Ahora mirábamos los aviones pasar, en su lento atravesar de  nubes. Ya no braceábamos, ni formábamos enormes palabras de auxilio con troncos.  No  gritabamos como locos que conversan con los acantilados. Sólo los veíamos rasgar esa bóveda celeste que el tiempo había convertido en la techumbre de una panteón inmenso, y nos parecía que quedaban en suspenso, detenidos como el tiempo -extenso cielo sobre nosotros-  mientras nos aferrábamos a un coco agujereado, o nos rascábamos los cojones con una desidia impudorosa.


Garrido había decidió en seguida que yo no era un buen compañero para recorrer el desierto, o para cruzar un pasillo que te lleva a la muerte. Mi dejadez, mi sometimiento al azar o a los otros, acababó con su paciencia el primer día. Yo me encontraba perdido, encerrado en otra isla a miles de kilometros de esta, luchando por una supervivencia muy diferente a la de Garrido. Y eso fue una rotura que derivó en esto. Garrido ya no era un lider que luchaba por nosotros. Garrido ya no era Garrido.

Yo tenía miedo porque sus ruegos eran ya indescifrables. Desde que Moyo falleció - un mono que sólo me pareció divertido muy al principio- su decadencia se había acelerado alarmantemente. Descuidó su higiene personal, hablaba a las gaviotas,  y recitaba sin descanso los peores versos de Nuño que a mi ya me parecían insoportables mucho antes de llegar allí.

Nuño. Su muerte fue sin duda la más terrible de las muertes, y por olvidarla yo inisistía en rememorar a Rebeca, pero sólo me acordaba de su miedo. Nada de sus caderas cálidas cuando acogían mi desconsuelo. Su pelo ocultando ojos verdes, pechos inmensos también. Sólo su miedo a que todo fuera igual cada día. A la repetición de un día sobre otro, al contraste de lo mismo sobre la mismo una y otra vez. El aburrimiento que todo lo aniquila, y acaba incluso con las cenizas de lo que un día ya deshizo.

Pero era curioso que en medio de aquel horror sólo la muerte de Nuño me provocaba espanto, lástima. Morir por aquella chica había sido un error desmesurado. No sólo porque aquella chica era irrebatiblemente la mujer más fea e insoportable del barco, la mujer a la que nadie hubiera mirado, y a la que sus propias amigas negaban la palabra continuamente. No sólo por eso. Lo más hiriente era que ella lo ignoraba a él en cada momento. Y dolía ver a Nuño claudicando ante ese adefesio, rondándola en la discoteca del barco o restañando con poemas insufribles los desplantes que ella le dedicaba frente a todos. Y mucho más dolor cuando en medio del naufragio, Nuño abandonó el flotador salvavidas para intentar socorrerla a ella, cuya salvación era  imposible en medio del mar oscuro y frío. Un redención por lo demás  inútil porque aquella mujer a la que Nuño amaba erróneamente,  parecía arrojada a un infortunio poderoso antes o después de aquello.

Y así quedamos Garrido y yo en el flotador junto aquella otra chica que se aferró exhausta,  ocupando el espacio que Nuño liberó. Una chica a la que Garrido y yo examinamos en la oscuridad y en silencio; Sus jadeos, sus formas desdibujadas en la noche, poco convincentes. Dijo algo, y su voz era un sonido quebradizo y hermoso sobre el inmisericorde rugido de las olas. Calibramos una supervivencia junto a ella, tal vez aceptable, una cuartada perfecta para que nos amara,  pero percatándonos   en seguida de que no sería fácil deshacerse el uno del otro, y percatándonos también de que esa chica pesaba demasiado, que el flotador sería inmanejable con ella, una lastre de pronto indeseable.


Por eso no hizo falta que dijéramos nada. En silencio la comenzamos a golpear, asestando patadas bajo el agua,  al principio leves, ayudados por las olas, el frío oceánico y luego ya con todas nuestras fuerzas, sin que ella pidiera clemencia ni gritara, absorta por el horror. Golpeándola con saña hasta que ella comprendió que sería derrotada, que los líquenes cubrirían su cuerpo, como un tesoro inmerso y preservado. Hasta que entendió  que era la más débil y se abandonó al movimiento de la marea, alejándose, hundiéndose más tarde,  mientras, no sé Garrido, pero yo al menos sí, lloraba refugiado por la oscuridad y el cruel rumor del mar.

 Después de ese naufragio, cientos de muertos, todos solitarios en busca de otros solitarios, almas errantes que buscaban en ese crucero la redención de la carne  y sin embargo encontraron la más definitiva redención del mar. Garrido y yo,  en esa isla más desierta que muchos corazones, abandonados al principio  por el mundo y más tarde por la esperanza. Y luego la erosión.

Porque yo recordaba a Rebeca y a su inarticulada petición de auxilio. Sácame de esta rutina desértica, yerma, inacabable. Me lo decía con los ojos. Y  mi indolencia no obtuvo otro resultado que el previsible, y tras su marcha emprendí esa huida hacia adelante, alcohol, prostíbulos y por último un crucero para solteros cuyo final había sido tan terrible como pensaba, puede que más dramático pero sin duda igual de terrible que hubiera sido buscar a Rebeca en otras que no eran Rebeca.





viernes, 7 de septiembre de 2012

Los cuerpos de las nadadoras (Fragmento)




Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.
(Jaime Gil de Biedma)


Aborrezco su belleza. Mira cómo bailan y se contornean. El cubata en perfecto equilibrio. Sus cuerpos. Sus rostros angulosos y  su trato perfecto con la luz. Y con las sombras. Pero también odio a esas mujeres enormes y gordas, que se meten en el Jacuzzi.  Viejas y embutidas en sus trajes de baño  negros e inacabables. Coronadas por esos gorros de baño floreados que jamás fueron modernos. Cómo hacen esa inmersión lenta, permitiendo que el agua describa su perímetro interminable. Haciendo que el agua se abra hasta el dolor para engullirlas con un gesto de inapetencia inmenso. Pero no es por ellas. No. Es por el tiempo. El tiempo que nos destruye. La erosión silente que nos hará polvo, cenizas, que nos lleva a la nada, pero que antes, justo antes, con su peculiar sarcasmo, parece querer hincharnos  como globos para mayor gloria de su devastación.






lunes, 2 de julio de 2012

Venecia



No sabía qué hacer con aquel montón de papeles. Todo era confuso. Un carrusel raro. Los sonidos que acechaban el lugar eran confusos. El futuro y el pasado eran confusos. La luz que llegaba del cielo era confusa. Puede que estuviera anocheciendo, o puede que estuviera amaneciendo. Imposible saberlo. Daba igual, aunque yo deseaba que lo siguiente fuera la luz del día y el ruido de las gaviotas. Siempre me ha gustado el ruido de las gaviotas, el ruido de las especies carroñeras  incluyendo el sugerente ruido de  los humanos. Es bueno aprovechar la suciedad de la tierra, hacer de eso un alimento. No hay nada de malo, sólo supervivencia.  Una virtud cantando saetas en medio de lo precario.

En cualquier caso allí  había un precipicio y algo que era el mar, o que parecía el mar. Una oscuridad perpetua, inestable y acuosa como la verdad del mundo. Había su rumor de oleaje, la descomunal voz del universo con su garganta profunda. Yo miré a lo lejos sin ver nada y  me acordé de tus pechos. La decadencia italiana de tus pechos, tu paciencia escuchando la rotación del mundo, el silencio de los alacranes, la fría piel de las serpientes.

 
 Luego me volví a acordar de tus pechos, su arquitectura antigua pero apropiada.  Y poco a poco del resto de tu cuerpo.  En italiano, me explicaste,  cuerpo se dice “corpo”. Corpo suena a muerto. La mansa llegada de la putedumbre. Suena a cadáver fresco y su aderezo rojo. Corpo. Allí brillaba aún el recuerdo nuevo de lo que fue exuberante. La hermosura renacentista de tus labios.  Llévame a Florencia o bésame en silencio. O háblame con tu castellano destartalado que me pone caliente como un desierto.

Luego me puse a leer, a examinar los papeles,  acercándolos mucho a mi rostro. Tanto que era ridículo verme. Tanto que casi las letras tocaban mi retina y tanto que casi no había lugar entre mis ojos y aquellos folios para dejar entrar la luz rara de esa hora oscura.  Poemas, besos, promesas, felaciones y amor. Todo estaba conectado en medio de la confusión. Celulosa, lágrimas y humores del cuerpo. Todo giraba contra todo, pensé. Estamos hechos para vivir y morimos. Estamos hechos para ser amados y nadie nos ama. La paradoja es la emperadora del mundo. Quería que cada frase fuera un templo. Quería que mis palabras fueran del duro granito.

Ven con tu cuerpo indefenso. Bésame bajo el sol. Bésame como si recorriéramos canales. Bésame frente a una gasolinera, en un cruce y detrás de unos grandes almacenes. Un hombre te abandona y otro te recoge. Tu desconsuelo azul. Disfruta mientras dure. Si puedes.  Tu cálida decadencia. Susúrrame "bello" al oído. Bésame y te quiero. La mentira es el dulce bálsamo al dolor del mundo.  Abandona tu país, huye del lacerante recuerdo. Abandona tu país y su hermosura antigua. Un sueño a la deriva, víctima indefensa  para mis ojos verdes.  Déjame tu cuerpo abandonado como un fuego difunto. Déjame sacarte el dolor de las entrañas por un tiempo. Déjame el calor de tus entrañas. El cariño es un apartamento que se alquila por meses. Dame tus cartas de amor, su música que parece una misa en latín. Hazme preguntas extrañas sobre este país roto de arriba a abajo.

Y ahora estaba allí, frente al mar, conversando con el silencio inocuo de los peces, con el viento que se lleva la culpa o la zarandea al menos. Sosteniendo absurdamente esos papeles, tus cartas de amor inflamadas.  La débil persistencia de lo cierto. Estarás a la deriva y rota. Otra vez. Tus cartas. Poesía italiana y nefasta. No te pongas así, no eres la primera. Otro querrá tu carne y su dolor de catedral vieja. No me hables de Romeo, no te pareces a Julieta. Sólo tenías tu cuerpo y no por mucho tiempo. Cambia de bragas, ponte tetas. Conserva tu acento de puta cara. También el brillo raro de tus ojos tristes. Haz dieta y córtate el pelo. Otro hombre te recogerá. Ascuas de un fuego vivo y antiguo. Tu calor vicario, tu dolor nutrido por la precisa farsa de mis palabras.

 Arrojé las cartas, hicieron un vuelo múltiple y caótico y blanco sobre el mar negro.
No hace falta que me devuelvas los libros.







martes, 21 de febrero de 2012

Subtítulos



Una vez tuve una novia muda. No recuerdo cómo llegó a mi vida -alguien me la presentó creo- pero sí cómo me conquistó. Simplemente supo escucharme. El problema de las otras mujeres era que no sabían lo bueno que yo era y lo bueno que era todo lo que tenía que decir. Así que ella me miraba intensamente y asentía. Creo que, el día que la conocí tardé como unas tres horas en averiguar que era muda, porque yo no callaba. Pero ¿por qué tendría que hacerlo? Le descubrí los pasajes más cruciales de la historia de la literatura, y los elementos necesarios que un buen poema debería tener siempre. Ilustré mi teoría con tres o cuatro poemas geniales que había escrito hacía no mucho. Algunos hablaban del amor y por cómo movía las cejas creo que pensó que se referían a ella. Ahora me acuerdo que más tarde le escribí un poema estupendo que se tituló El Amor es Mudo pero yo No. Estuvo muy bien esa primera cita.

Lo que me molestaba eran sus orgasmos silentes. Yo siempre he sido muy bueno en la cama y las chicas simplemente aullaban de placer conmigo. Con ella no había forma de saber si le había gustado mucho o muchísimo. Desde luego que su cuerpo se estremecía y se contorsionaba componiendo una gramática cálida y lujuriosa. Todas lo hacían sobrepasadas por la descarga de placer. Pero con ella no era lo mismo. De alguna forma sentía que se sofocaba un fuego que yo consideraba inextinguible. Era como ver una película porno con subtitulos. Aún así después de hacerlo me observaba con su sosegado silencio y escuchaba las acertadas ideas sobre el mundo que siempre venían a mi genial cabeza después del sexo.

Un día repentinamente, comenzó a usar una libretita para comunicarse conmigo. Era una libretita azul con una pequeña espiral de alambre blanca en la parte superior. En la espiral guardaba el lápiz, uno pequeño de madera que había cogido del Ikea de Bilbao. Lo primero que puso en la libreta fue Te Quiero. Tenía una letra pulcra, y el punto de la i lo dibujó como un pequeño corazón. El papel era cuadriculado y puso Te Quiero. No voy a decir que no me hizo ilusión pero por alguna razón un repelús recorrió mi cuerpo al leerlo.

Con esa libreta ella demostró que tenía muchas ideas. Resulta que era arquitecto. Gracias a la libreta me enteré que no le gustaba el zumo de naranja, ni jugar a los bolos, ni Enrique Bunbury. Puede que uno de sus gestos más habituales, que yo había interpretado como franca admiración hacía mi comportamiento fuera en realidad una muestra de intensa desaprobación.

Una noche, sobre las cuatro de la madrugada me despertó con un manotazo en el hombro. Yo aturdido, abrí los ojos y me encontré con la famosa libreta frente a mi rostro, a escasos centímetros de mis ojos adormecidos. Tira de la puta cadena cabrón .Huele a pis que mata. La caligrafía era más caótica que de costumbre. Por la mañana tuvimos una discusión tan fuerte que se le acabaron las hojas de la libreta. Todo lo escribía con unas letras enormes que por lo que se ve es un modo metafórico y sigiloso de gritar desgañitadamente.

Nuestra relación se fue enfriando a medida que la libreta iba ganando protagonismo en nuestras conversaciones. Creo que en el fondo el problema real era que yo echaba de menos los estruendosos gemidos de una mujer en la cama. De todas las novias que había tenido las únicas palabras que recordaba con cariño eran esas que pronunciaban desgarradas y casi ininteligibles en medio del arrasador clímax.

Un día la muda simplemente se fue. Se fue sin decir nada.