Sorprende la alta
mortandad en tus palabras. La cadavérica expresión de tu silencio. Sorprende
acaso la alta voluptuosidad de tus desplantes. El pesado peregrinaje del tiempo
y su transcurso acaudalado. Además tus besos han caído en desgracia. Han sido
poblados por eremitas que prefieren las ciudades. En sus llanuras la polvareda
que levanta el bisonte nunca ha sido silenciosa. Te quise abrazar en el
mismo sitio en el que Napoleón blandió un cuchillo. Napoleón nunca blandió un
cuchillo y tú nunca me abrazaste. Ayer soñé que te abrazaba pero todo era un
recuerdo. Tu cuerpo tuvo la idea de cerrar por vacaciones. Los recuerdos hay
que guardarlos en el bolsillo que tiene agujeros. Si quisiera morirme no me
hubiera arrojado por el rojo abismo de tu boca. Soy un hombre que se viste por
los pies pero que no tiene cabeza. Recogí la cosecha de tu cuerpo mucho antes
de llegar la primavera. La mortandad en tus palabras es una broma que no tiene
gracia pero no pudimos parar de reírnos. No era adecuado ir desnudo en esa fiesta
de carnavales. Yo perdí el último tren en la entretela de tu falda. Si nunca me
quisiste por qué me amaste tanto. La cadavérica expresión de tu silencio era
una metáfora tan poco afortunada que acabó siendo cierta. Por fin las
minifaldas han ganado la guerra a las bufandas. Los calendarios también
tiemblan cuando llega la hora. Dar saltos de tristeza se va a poner de moda.
Hay muchas playas sin arena que realmente no son playas. Un día me acariciaste
el brazo derecho. He trazado un mapa eterno fabricado de epidermis. Donde dije
mortandad quise decir vida pero eso qué importa ahora. He dejado mi corazón
tirado justo al pie de la letra y tú te lo has tomado como si fuera una
cerveza. Cuando te fuiste de golpe sembraste todo de hecatombes pero esto hay que
regarlo cuando más llueve. Un día me dijiste que te aburría mi nombre. Creo que
me has dejado porque no quedan moteles.jueves, 20 de junio de 2013
Llanura
Sorprende la alta
mortandad en tus palabras. La cadavérica expresión de tu silencio. Sorprende
acaso la alta voluptuosidad de tus desplantes. El pesado peregrinaje del tiempo
y su transcurso acaudalado. Además tus besos han caído en desgracia. Han sido
poblados por eremitas que prefieren las ciudades. En sus llanuras la polvareda
que levanta el bisonte nunca ha sido silenciosa. Te quise abrazar en el
mismo sitio en el que Napoleón blandió un cuchillo. Napoleón nunca blandió un
cuchillo y tú nunca me abrazaste. Ayer soñé que te abrazaba pero todo era un
recuerdo. Tu cuerpo tuvo la idea de cerrar por vacaciones. Los recuerdos hay
que guardarlos en el bolsillo que tiene agujeros. Si quisiera morirme no me
hubiera arrojado por el rojo abismo de tu boca. Soy un hombre que se viste por
los pies pero que no tiene cabeza. Recogí la cosecha de tu cuerpo mucho antes
de llegar la primavera. La mortandad en tus palabras es una broma que no tiene
gracia pero no pudimos parar de reírnos. No era adecuado ir desnudo en esa fiesta
de carnavales. Yo perdí el último tren en la entretela de tu falda. Si nunca me
quisiste por qué me amaste tanto. La cadavérica expresión de tu silencio era
una metáfora tan poco afortunada que acabó siendo cierta. Por fin las
minifaldas han ganado la guerra a las bufandas. Los calendarios también
tiemblan cuando llega la hora. Dar saltos de tristeza se va a poner de moda.
Hay muchas playas sin arena que realmente no son playas. Un día me acariciaste
el brazo derecho. He trazado un mapa eterno fabricado de epidermis. Donde dije
mortandad quise decir vida pero eso qué importa ahora. He dejado mi corazón
tirado justo al pie de la letra y tú te lo has tomado como si fuera una
cerveza. Cuando te fuiste de golpe sembraste todo de hecatombes pero esto hay que
regarlo cuando más llueve. Un día me dijiste que te aburría mi nombre. Creo que
me has dejado porque no quedan moteles.lunes, 17 de junio de 2013
Ahora
Me
senté en la hamaca y encendí un cigarrillo. Me gustaba observar los
cipreses que rodeaban la cerca mientras fumaba. Ese día había una ligera
brisa que agitaba los árboles y estos formaban una rara coreografía.
Una sinfonía verde trufada de curiosas imperfecciones. Siempre uno o
dos cipreses parecían agitarse en sentido contrario al resto, aunque
finalmente acababan por sucumbir a la fuerza del viento. Sin embargo en
ese instante, otros árboles parecían romper la disciplina del conjunto
de forma que nunca se alcanzaba un movimiento armonioso. Yo permanecía
mirando atento, como si tarde o temprano fuera a llegar el momento en el
que todos los árboles se movieran a la vez, pero éste nunca llegaba.
Vera
apareció en el jardín con una revista en la mano. Creo que en un
principio se dirigía a la otra hamaca pero al verme cambió de idea,
giró y se encaminó hacía el parterre de flores . Se agachó a
observarlas. Yo jamás prestaba atención a esas flores. Para mí carecían
de cualquier tipo de interés y ella se había pasado cientos de horas a
lo largo de su vida mirándolas, regándolas y haciendo toda clase de
trabajos para que permanecieran bonitas y lozanas. Pese a ello, año
tras año las flores acababan marchitándose. Yo lo consideraba una
pérdida de tiempo, aunque realmente casi todo lo que se puede hacer en
la vida lo es.
Dí
otra calada al cigarro. Pensé en hacerle a Vera algún comentario sobre
las flores o sobre la brisa o sobre cualquier otra cosa pero sabía que
ella no me iba a contestar. La última vez estuvo dos semanas sin
dirigirme la palabra y en esta ocasión sería parecido o peor. Vera
permanecía inclinada sobre las azaleas y me fijé en sus piernas. En
cuanto el clima era agradable se ponía pantalonetas o faldas o
cualquier prenda que las dejara al descubierto. Lo hacía a posta porque a
pesar de su edad, sus piernas permanecían tersas y bonitas. Era como si
éstas fueran mucho más jóvenes que el resto de su cuerpo. Si algún
hombre viera sólo sus piernas, pensé, puede que se excitará creyendo que
Vera es una mujer mucho más joven de lo que és. Yo mismo tuve un amago
de erección contemplando a Vera en esa pose, con su pelo tapandole el
rostro y sus piernas desnudas. Imaginé que era otra mujer para prolongar
la fantasía durante más tiempo.
Tras unos minutos se levantó y vino hacia mí. Dejó la revista sobre la mesa de hierro forjado y, sin mirarme me dijo tenemos que hablar.
Primero sentí un gran alivio porque parecía que en esta ocasión no
sería como las otras, pero luego lo comprendí mejor y pensé que era un
gran fastidio ya que eso significaba que probablemente ella querría
tratar el asunto. ¿Y ahora qué piensas hacer?.
Su pregunta quedó flotando con una peculiar persistencia sonora,
ajena a la brisa que parecía arreciar y a mi indiferencia.
Me
llevé de nuevo el cigarro la boca. Para mitigar el silencio intenté
formar volutas con el humo expulsándolo lentamente pero el viento lo
deshizo antes de que tomara cuerpo. Luego pensé en si había alguna
respuesta posible. Di una nueva calada intentando concebir una frase que
significara algo. Levanté la mirada. Lo cierto es que las flores
estaban muy bonitas en aquella época del año. Vera estaba llorando. ¿Y ahora qué piensas hacer?, repitió.
Cuando entró en la casa yo seguía observando la caprichosa danza de los cipreses. El cigarro se había apagado.
miércoles, 1 de mayo de 2013
LA GRAMÁTICA DEL HUMO EN LOS BARRIOS DE EXTRARRADIO
Aunque yo no fumo, todos los
jueves a las 18:35 horas me siento en la butaca orejera del salón, frente al
ventanal y enciendo un cigarrillo que
apoyo en el cenicero de cristal que heredé de mi abuelo, y que sólo uso los
jueves a partir de las 18:35 horas, cuando Catalina se va a Pilates y da un
portazo sonoro y seco que retumba por
las paredes de la casa; una casa que justo después queda en un silencio raro en
el que los gritos de Catalina sobreviven lánguidos, como ecos que se maceran y
que después, cuando Catalina regresa parecen resurgir con un sonido viejo pero
robusto que enfanga esa tranquilidad que habita la casa todos los jueves, desde
las 18:35 horas, que es el momento en el que yo, que no fumo, enciendo con una
ceremonia un tanto pomposa un cigarro y lo deposito con cuidado en el cenicero
de cristal y dejo que el humo ascienda y forme sus volutas que de algún modo,
quiero creer, purifican el ambiente (dudoso, porque los gritos de Catalina perduran
agazapados en el sosiego) y forman caprichosas torsiones de humo a cuyo
través yo observo la calle, y más en
concreto la fachada amarillenta, tal vez un poco deslucida ya, del inmueble de
la acera de enfrente, en el que por poner un ejemplo, vive Eleuterio, un hombre
que a esas horas siempre sale al balcón descamisado y en zapatillas de casa
(del Barça) a regar los geranios, y que
después se apoya en la barandilla a observar el trajín de la calle con ese gesto
tan varonil y tan suyo, que conozco
mucho porque Eleuterio y yo vamos a cazar los sábados al monte; aunque en
realidad no cazamos nunca nada y lo que hacemos es hablar y hablar y recordar
que un día fuimos jóvenes y la vida estaba llena de promesas puras, y entonces las perdices y los conejos pasan a nuestro
lado (seguro que se ríen en su idioma) mientras nosotros contemplamos los
árboles y las plantas que Eleuterio conoce a la perfección; Lute ¿está cuál
es?, y el tío se las sabe todas porque aunque parezca un bruto le encantan las
flores y por eso tiene esos geranios que riega los jueves sobre las 18:35 de la tarde, la misma hora en la que, justo
debajo, en el segundo, Natasha Yarikov
abre la ventana de su dormitorio y sentada en una sofá azul, (un azul
frío como el país de Natasha) comienza a extenderse por sus piernas
interminables una crema hidratante cuyo aroma casi puedo sentir desde mi casa,
un aroma a tierra húmeda pero que no es a tierra húmeda, es a carne tersa y
limpia, que es la carne de Natasha;
carne que va quedando a la vista,
( a mi vista) porque Natasha va retirándose la bata para aplicarse la crema
hidratante por todas las regiones de su cuerpo que poco a poco va entregando
como haría un ejercito en retirada, y
cuando finalmente su bata queda abierta del todo, yo siempre tengo una erección
y tengo tentación de dejar el cenicero en el suelo y empezar a tocarme, pero no
lo hago porque sé que yo tendré a Natasha, porque sé que el viernes cuando le
diga a Catalina que voy a casa de Lute a echar la partida, en realidad iré a la
de Natasha y la desnudaré sobré el sofá azul (un azul frío como su país) y le
haré el amor de una forma tierna y enajenada, y sé que no pararé hasta que los
gritos de Natasha atruenen a todo el
barrio (a Catalina especialmente) y el vecino del primero golpee la pared y grite ¡basta! como un loco; porque el
vecino de Natasha, al que todos los jueves a las 18:35 horas veo tender ropa en
su terraza, es escritor, un escritor argentino que ignora (y que no creería) que
soy yo quien hacer gozar a “La Rusa” -en realidad es polaca- hasta que pierde
el conocimiento, justo después de que él pierda la paciencia y golpee la pared
y nos grite ¡basta!, ¡basta!, ¡basta!, porque no le dejamos escribir esos
relatos sobre los que más tarde, los domingos, me pedirá consejo en el Bar Cosme, mientras tomamos un café y
comentamos nuestras últimas lecturas y charlamos de esto y aquello, y él me
cuenta anécdotas de Buenos Aires y sus habitantes que cada verano se sorprenden
por el calor del verano y cada invierno
se sorprenden por el frío del invierno, o sobre Alemania y sus cines en los que
mi amigo el escritor, se reía de una forma solitaria y rebelde (tal vez un poco
latina) de unas escenas que no sacaban a los alemanes de su seriedad
geométrica, una seriedad geométrica que a veces yo creo también vive en su
rostro, enmarcado por un flequillo tupido, un flequillo ascendente como el humo
de mi cigarrillo que ya está casi
consumido, y que me indica que ya es la hora por lo que apago la luz y levanto
la persiana para ver que frente a mi ventana no hay un fachada amarilla, sino
una avenida gris, ruidosa y ajena, y luego un inmenso edificio ministerial sin
ventanas, y miro el cigarro, ya extinguido y siento asco, y me lamento de que
no haya un Lute, ni una Natasha ni un
escritor argentino, acaso ni siquiera exista Catalina, pienso, pero entonces percibo sus gritos, los estoy oyendo, supervivientes del humo y
el silencio, vagando por la casa, libres y enloquecidos y luego oigo un portazo -suspiro
profundamente- y unos pasos, porque ya ha llegado, ya está aquí: Catalina.lunes, 17 de septiembre de 2012
ISLA DESIERTA
Ahora
mirábamos los aviones pasar, en su lento atravesar de nubes. Ya no braceábamos, ni formábamos
enormes palabras de auxilio con troncos.
No gritabamos como locos que
conversan con los acantilados. Sólo los veíamos rasgar esa bóveda celeste que
el tiempo había convertido en la techumbre de una panteón inmenso, y nos
parecía que quedaban en suspenso, detenidos como el tiempo -extenso cielo sobre
nosotros- mientras nos aferrábamos a un
coco agujereado, o nos rascábamos los cojones con una desidia impudorosa.
Garrido había
decidió en seguida que yo no era un buen compañero para recorrer el desierto, o
para cruzar un pasillo que te lleva a la muerte. Mi dejadez, mi sometimiento al
azar o a los otros, acababó con su paciencia el primer día. Yo me encontraba
perdido, encerrado en otra isla a miles de kilometros de esta, luchando por una
supervivencia muy diferente a la de Garrido. Y eso fue una rotura que derivó en
esto. Garrido ya no era un lider que luchaba por nosotros. Garrido ya no era
Garrido.
Yo tenía
miedo porque sus ruegos eran ya indescifrables. Desde que Moyo falleció - un
mono que sólo me pareció divertido muy al principio- su decadencia se había
acelerado alarmantemente. Descuidó su higiene personal, hablaba a las
gaviotas, y recitaba sin descanso los
peores versos de Nuño que a mi ya me parecían insoportables mucho antes de
llegar allí.
Nuño. Su
muerte fue sin duda la más terrible de las muertes, y por olvidarla yo inisistía
en rememorar a Rebeca, pero sólo me acordaba de su miedo. Nada de sus caderas
cálidas cuando acogían mi desconsuelo. Su pelo ocultando ojos verdes, pechos
inmensos también. Sólo su miedo a que todo fuera igual cada día. A la
repetición de un día sobre otro, al contraste de lo mismo sobre la mismo una y
otra vez. El aburrimiento que todo lo aniquila, y acaba incluso con las cenizas
de lo que un día ya deshizo.
Pero era
curioso que en medio de aquel horror sólo la muerte de Nuño me provocaba
espanto, lástima. Morir por aquella chica había sido un error desmesurado. No
sólo porque aquella chica era irrebatiblemente la mujer más fea e insoportable
del barco, la mujer a la que nadie hubiera mirado, y a la que sus propias
amigas negaban la palabra continuamente. No sólo por eso. Lo más hiriente era
que ella lo ignoraba a él en cada momento. Y dolía ver a Nuño claudicando ante
ese adefesio, rondándola en la discoteca del barco o restañando con poemas
insufribles los desplantes que ella le dedicaba frente a todos. Y mucho más
dolor cuando en medio del naufragio, Nuño abandonó el flotador salvavidas para
intentar socorrerla a ella, cuya salvación era
imposible en medio del mar oscuro y frío. Un redención por lo demás inútil porque aquella mujer a la que Nuño
amaba erróneamente, parecía arrojada a un
infortunio poderoso antes o después de aquello.
Y así
quedamos Garrido y yo en el flotador junto aquella otra chica que se aferró
exhausta, ocupando el espacio que Nuño
liberó. Una chica a la que Garrido y yo examinamos en la oscuridad y en
silencio; Sus jadeos, sus formas desdibujadas en la noche, poco convincentes.
Dijo algo, y su voz era un sonido quebradizo y hermoso sobre el inmisericorde
rugido de las olas. Calibramos una supervivencia junto a ella, tal vez
aceptable, una cuartada perfecta para que nos amara, pero percatándonos en seguida de que no sería fácil deshacerse
el uno del otro, y percatándonos también de que esa chica pesaba demasiado, que
el flotador sería inmanejable con ella, una lastre de pronto indeseable.
Por eso no
hizo falta que dijéramos nada. En silencio la comenzamos a golpear, asestando
patadas bajo el agua, al principio
leves, ayudados por las olas, el frío oceánico y luego ya con todas nuestras
fuerzas, sin que ella pidiera clemencia ni gritara, absorta por el horror.
Golpeándola con saña hasta que ella comprendió que sería derrotada, que los
líquenes cubrirían su cuerpo, como un tesoro inmerso y preservado. Hasta que
entendió que era la más débil y se
abandonó al movimiento de la marea, alejándose, hundiéndose más tarde, mientras, no sé Garrido, pero yo al menos sí,
lloraba refugiado por la oscuridad y el cruel rumor del mar.
Después de ese naufragio, cientos de muertos,
todos solitarios en busca de otros solitarios, almas errantes que buscaban en
ese crucero la redención de la carne y
sin embargo encontraron la más definitiva redención del mar. Garrido y yo, en esa isla más desierta que muchos
corazones, abandonados al principio por
el mundo y más tarde por la esperanza. Y luego la erosión.
Porque yo
recordaba a Rebeca y a su inarticulada petición de auxilio. Sácame de esta
rutina desértica, yerma, inacabable. Me lo decía con los ojos. Y mi indolencia no obtuvo otro resultado que el
previsible, y tras su marcha emprendí esa huida hacia adelante, alcohol, prostíbulos
y por último un crucero para solteros cuyo final había sido tan terrible como
pensaba, puede que más dramático pero sin duda igual de terrible que hubiera
sido buscar a Rebeca en otras que no eran Rebeca.
viernes, 7 de septiembre de 2012
Los cuerpos de las nadadoras (Fragmento)
Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.
(Jaime Gil de Biedma)
Aborrezco su belleza. Mira cómo
bailan y se contornean. El cubata en perfecto equilibrio. Sus cuerpos. Sus
rostros angulosos y su trato perfecto
con la luz. Y con las sombras. Pero también odio a esas mujeres enormes y
gordas, que se meten en el Jacuzzi. Viejas
y embutidas en sus trajes de baño negros
e inacabables. Coronadas por esos gorros de baño floreados que jamás fueron
modernos. Cómo hacen esa inmersión lenta, permitiendo que el agua describa su
perímetro interminable. Haciendo que el agua se abra hasta el dolor para
engullirlas con un gesto de inapetencia inmenso. Pero no es por ellas. No. Es
por el tiempo. El tiempo que nos destruye. La erosión silente que nos hará
polvo, cenizas, que nos lleva a la nada, pero que antes, justo antes, con su
peculiar sarcasmo, parece querer hincharnos
como globos para mayor gloria de su devastación.
lunes, 2 de julio de 2012
Venecia
No
sabía qué hacer con aquel montón de papeles. Todo era confuso. Un carrusel
raro. Los sonidos que acechaban el lugar eran confusos. El futuro y el pasado
eran confusos. La luz que llegaba del cielo era confusa. Puede que estuviera
anocheciendo, o puede que estuviera amaneciendo. Imposible saberlo. Daba igual,
aunque yo deseaba que lo siguiente fuera la luz del día y el ruido de las
gaviotas. Siempre me ha gustado el ruido de las gaviotas, el ruido de las
especies carroñeras incluyendo el sugerente ruido de los humanos.
Es bueno aprovechar la suciedad de la tierra, hacer de eso un alimento. No hay
nada de malo, sólo supervivencia. Una
virtud cantando saetas en medio de lo precario.
En cualquier caso allí había un precipicio y algo que era el mar, o que parecía el mar. Una oscuridad perpetua, inestable y acuosa como la verdad del mundo. Había su rumor de oleaje, la descomunal voz del universo con su garganta profunda. Yo miré a lo lejos sin ver nada y me acordé de tus pechos. La decadencia italiana de tus pechos, tu paciencia escuchando la rotación del mundo, el silencio de los alacranes, la fría piel de las serpientes.
En cualquier caso allí había un precipicio y algo que era el mar, o que parecía el mar. Una oscuridad perpetua, inestable y acuosa como la verdad del mundo. Había su rumor de oleaje, la descomunal voz del universo con su garganta profunda. Yo miré a lo lejos sin ver nada y me acordé de tus pechos. La decadencia italiana de tus pechos, tu paciencia escuchando la rotación del mundo, el silencio de los alacranes, la fría piel de las serpientes.
Luego me volví a acordar de tus pechos, su
arquitectura antigua pero apropiada. Y
poco a poco del resto de tu cuerpo. En
italiano, me explicaste, cuerpo se dice “corpo”. Corpo suena a muerto. La
mansa llegada de la putedumbre. Suena a cadáver fresco y su aderezo rojo.
Corpo. Allí brillaba aún el recuerdo nuevo de lo que fue exuberante. La
hermosura renacentista de tus labios. Llévame a Florencia o bésame en silencio. O
háblame con tu castellano destartalado que me pone caliente como un desierto.
Luego me puse a leer, a examinar los papeles, acercándolos mucho a mi rostro. Tanto que era ridículo verme. Tanto que casi las letras tocaban mi retina y tanto que casi no había lugar entre mis ojos y aquellos folios para dejar entrar la luz rara de esa hora oscura. Poemas, besos, promesas, felaciones y amor. Todo estaba conectado en medio de la confusión. Celulosa, lágrimas y humores del cuerpo. Todo giraba contra todo, pensé. Estamos hechos para vivir y morimos. Estamos hechos para ser amados y nadie nos ama. La paradoja es la emperadora del mundo. Quería que cada frase fuera un templo. Quería que mis palabras fueran del duro granito.
Ven con tu cuerpo indefenso. Bésame bajo el sol. Bésame como si recorriéramos canales. Bésame frente a una gasolinera, en un cruce y detrás de unos grandes almacenes. Un hombre te abandona y otro te recoge. Tu desconsuelo azul. Disfruta mientras dure. Si puedes. Tu cálida decadencia. Susúrrame "bello" al oído. Bésame y te quiero. La mentira es el dulce bálsamo al dolor del mundo. Abandona tu país, huye del lacerante recuerdo. Abandona tu país y su hermosura antigua. Un sueño a la deriva, víctima indefensa para mis ojos verdes. Déjame tu cuerpo abandonado como un fuego difunto. Déjame sacarte el dolor de las entrañas por un tiempo. Déjame el calor de tus entrañas. El cariño es un apartamento que se alquila por meses. Dame tus cartas de amor, su música que parece una misa en latín. Hazme preguntas extrañas sobre este país roto de arriba a abajo.
Y ahora estaba allí, frente al mar, conversando con el silencio inocuo de los peces, con el viento que se lleva la culpa o la zarandea al menos. Sosteniendo absurdamente esos papeles, tus cartas de amor inflamadas. La débil persistencia de lo cierto. Estarás a la deriva y rota. Otra vez. Tus cartas. Poesía italiana y nefasta. No te pongas así, no eres la primera. Otro querrá tu carne y su dolor de catedral vieja. No me hables de Romeo, no te pareces a Julieta. Sólo tenías tu cuerpo y no por mucho tiempo. Cambia de bragas, ponte tetas. Conserva tu acento de puta cara. También el brillo raro de tus ojos tristes. Haz dieta y córtate el pelo. Otro hombre te recogerá. Ascuas de un fuego vivo y antiguo. Tu calor vicario, tu dolor nutrido por la precisa farsa de mis palabras.
Luego me puse a leer, a examinar los papeles, acercándolos mucho a mi rostro. Tanto que era ridículo verme. Tanto que casi las letras tocaban mi retina y tanto que casi no había lugar entre mis ojos y aquellos folios para dejar entrar la luz rara de esa hora oscura. Poemas, besos, promesas, felaciones y amor. Todo estaba conectado en medio de la confusión. Celulosa, lágrimas y humores del cuerpo. Todo giraba contra todo, pensé. Estamos hechos para vivir y morimos. Estamos hechos para ser amados y nadie nos ama. La paradoja es la emperadora del mundo. Quería que cada frase fuera un templo. Quería que mis palabras fueran del duro granito.
Ven con tu cuerpo indefenso. Bésame bajo el sol. Bésame como si recorriéramos canales. Bésame frente a una gasolinera, en un cruce y detrás de unos grandes almacenes. Un hombre te abandona y otro te recoge. Tu desconsuelo azul. Disfruta mientras dure. Si puedes. Tu cálida decadencia. Susúrrame "bello" al oído. Bésame y te quiero. La mentira es el dulce bálsamo al dolor del mundo. Abandona tu país, huye del lacerante recuerdo. Abandona tu país y su hermosura antigua. Un sueño a la deriva, víctima indefensa para mis ojos verdes. Déjame tu cuerpo abandonado como un fuego difunto. Déjame sacarte el dolor de las entrañas por un tiempo. Déjame el calor de tus entrañas. El cariño es un apartamento que se alquila por meses. Dame tus cartas de amor, su música que parece una misa en latín. Hazme preguntas extrañas sobre este país roto de arriba a abajo.
Y ahora estaba allí, frente al mar, conversando con el silencio inocuo de los peces, con el viento que se lleva la culpa o la zarandea al menos. Sosteniendo absurdamente esos papeles, tus cartas de amor inflamadas. La débil persistencia de lo cierto. Estarás a la deriva y rota. Otra vez. Tus cartas. Poesía italiana y nefasta. No te pongas así, no eres la primera. Otro querrá tu carne y su dolor de catedral vieja. No me hables de Romeo, no te pareces a Julieta. Sólo tenías tu cuerpo y no por mucho tiempo. Cambia de bragas, ponte tetas. Conserva tu acento de puta cara. También el brillo raro de tus ojos tristes. Haz dieta y córtate el pelo. Otro hombre te recogerá. Ascuas de un fuego vivo y antiguo. Tu calor vicario, tu dolor nutrido por la precisa farsa de mis palabras.
Arrojé las cartas, hicieron un vuelo múltiple
y caótico y blanco sobre el mar negro.
No hace falta que me devuelvas los libros.
No hace falta que me devuelvas los libros.
martes, 21 de febrero de 2012
Subtítulos
Una vez tuve una novia muda. No recuerdo cómo llegó a mi vida -alguien me la presentó creo- pero sí cómo me conquistó. Simplemente supo escucharme. El problema de las otras mujeres era que no sabían lo bueno que yo era y lo bueno que era todo lo que tenía que decir. Así que ella me miraba intensamente y asentía. Creo que, el día que la conocí tardé como unas tres horas en averiguar que era muda, porque yo no callaba. Pero ¿por qué tendría que hacerlo? Le descubrí los pasajes más cruciales de la historia de la literatura, y los elementos necesarios que un buen poema debería tener siempre. Ilustré mi teoría con tres o cuatro poemas geniales que había escrito hacía no mucho. Algunos hablaban del amor y por cómo movía las cejas creo que pensó que se
referían a ella. Ahora me acuerdo que más tarde le escribí un poema estupendo que se tituló El Amor es Mudo pero yo No. Estuvo muy bien esa primera cita.
Lo que me molestaba eran sus orgasmos silentes. Yo siempre he sido muy bueno en la cama y las chicas simplemente aullaban de placer conmigo. Con ella no había forma de saber si le había gustado mucho o muchísimo. Desde luego que su cuerpo se estremecía y se contorsionaba componiendo una gramática cálida y lujuriosa. Todas lo hacían sobrepasadas por la descarga de placer. Pero con ella no era lo mismo. De alguna forma sentía que se sofocaba un fuego que yo consideraba inextinguible. Era como ver una película porno con subtitulos. Aún así después de hacerlo me observaba con su sosegado silencio y escuchaba las acertadas ideas sobre el mundo que siempre venían a mi genial cabeza después del sexo.
Un día repentinamente, comenzó a usar una libretita para comunicarse conmigo. Era una libretita azul con una pequeña espiral de alambre blanca en la parte superior. En la espiral guardaba el lápiz, uno pequeño de madera que había cogido del Ikea de Bilbao. Lo primero que puso en la libreta fue Te Quiero. Tenía una letra pulcra, y el punto de la i lo dibujó como un pequeño corazón. El papel era cuadriculado y puso Te Quiero. No voy a decir que no me hizo ilusión pero por alguna razón un repelús recorrió mi cuerpo al leerlo.
Con esa libreta ella demostró que tenía muchas ideas. Resulta que era arquitecto. Gracias a la libreta me enteré que no le gustaba el zumo de naranja, ni jugar a los bolos, ni Enrique Bunbury. Puede que uno de sus gestos más habituales, que yo había interpretado como franca admiración hacía mi comportamiento fuera en realidad una muestra de intensa desaprobación.
Una noche, sobre las cuatro de la madrugada me despertó con un manotazo en el hombro. Yo aturdido, abrí los ojos y me encontré con la famosa libreta frente a mi rostro, a escasos centímetros de mis ojos adormecidos. Tira de la puta cadena cabrón .Huele a pis que mata. La caligrafía era más caótica que de costumbre. Por la mañana tuvimos una discusión tan fuerte que se le acabaron las hojas de la libreta. Todo lo escribía con unas letras enormes que por lo que se ve es un modo metafórico y sigiloso de gritar desgañitadamente.
Nuestra relación se fue enfriando a medida que la libreta iba ganando protagonismo en nuestras conversaciones. Creo que en el fondo el problema real era que yo echaba de menos los estruendosos gemidos de una mujer en la cama. De todas las novias que había tenido las únicas palabras que recordaba con cariño eran esas que pronunciaban desgarradas y casi ininteligibles en medio del arrasador clímax.
Un día la muda simplemente se fue. Se fue sin decir nada.
referían a ella. Ahora me acuerdo que más tarde le escribí un poema estupendo que se tituló El Amor es Mudo pero yo No. Estuvo muy bien esa primera cita.Lo que me molestaba eran sus orgasmos silentes. Yo siempre he sido muy bueno en la cama y las chicas simplemente aullaban de placer conmigo. Con ella no había forma de saber si le había gustado mucho o muchísimo. Desde luego que su cuerpo se estremecía y se contorsionaba componiendo una gramática cálida y lujuriosa. Todas lo hacían sobrepasadas por la descarga de placer. Pero con ella no era lo mismo. De alguna forma sentía que se sofocaba un fuego que yo consideraba inextinguible. Era como ver una película porno con subtitulos. Aún así después de hacerlo me observaba con su sosegado silencio y escuchaba las acertadas ideas sobre el mundo que siempre venían a mi genial cabeza después del sexo.
Un día repentinamente, comenzó a usar una libretita para comunicarse conmigo. Era una libretita azul con una pequeña espiral de alambre blanca en la parte superior. En la espiral guardaba el lápiz, uno pequeño de madera que había cogido del Ikea de Bilbao. Lo primero que puso en la libreta fue Te Quiero. Tenía una letra pulcra, y el punto de la i lo dibujó como un pequeño corazón. El papel era cuadriculado y puso Te Quiero. No voy a decir que no me hizo ilusión pero por alguna razón un repelús recorrió mi cuerpo al leerlo.
Con esa libreta ella demostró que tenía muchas ideas. Resulta que era arquitecto. Gracias a la libreta me enteré que no le gustaba el zumo de naranja, ni jugar a los bolos, ni Enrique Bunbury. Puede que uno de sus gestos más habituales, que yo había interpretado como franca admiración hacía mi comportamiento fuera en realidad una muestra de intensa desaprobación.
Una noche, sobre las cuatro de la madrugada me despertó con un manotazo en el hombro. Yo aturdido, abrí los ojos y me encontré con la famosa libreta frente a mi rostro, a escasos centímetros de mis ojos adormecidos. Tira de la puta cadena cabrón .Huele a pis que mata. La caligrafía era más caótica que de costumbre. Por la mañana tuvimos una discusión tan fuerte que se le acabaron las hojas de la libreta. Todo lo escribía con unas letras enormes que por lo que se ve es un modo metafórico y sigiloso de gritar desgañitadamente.
Nuestra relación se fue enfriando a medida que la libreta iba ganando protagonismo en nuestras conversaciones. Creo que en el fondo el problema real era que yo echaba de menos los estruendosos gemidos de una mujer en la cama. De todas las novias que había tenido las únicas palabras que recordaba con cariño eran esas que pronunciaban desgarradas y casi ininteligibles en medio del arrasador clímax.
Un día la muda simplemente se fue. Se fue sin decir nada.
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