sábado, 28 de septiembre de 2013

UNA MUJER Y UNA PISTOLA


Yo estaba en un terraza bebiendo una ginebra y luego otra. La gente caminaba por el paseo marítimo, y había jubilados, parejas, familias y sobre todo chicas guapas, chicas con faldas pequeñas y vaporosas que van exhibiendo su puta juventud, y sus piernas como si todo fuera a ser eterno. O puede que no, puede que fueran conscientes de la prematura marchitez del mundo y por eso enseñaban su piel tersa y acogedora antes de que fuera demasiado tarde. Pero en cualquier caso caminaban solas o con sus novios  y los hombres las odiábamos por ser jóvenes y a la vez nos las queríamos follar bajo la luz de la luna que allí al fondo comenzaba a salir.


La cuestión es que todo estaba bien, más o menos bien; hacía buena temperatura, las gaviotas volaban a lo lejos, y yo leía un libro de poemas de Auden o un libro de cuentos de Nuñowski. Entonces en la mesa contigua se sentó una pareja a la que no podía ver pero a la que oía. Yo miraba mi libro pero en realidad estaba oyendo las palabras casi susurradas de ese hombre y esa mujer, y a la vez disfrutaba de la brisa acariciando mi rostro. -¿Qué vas a hacer con el chico?- preguntó la voz varonil. Y luego ella sembró un silencio oportuno, largo, lleno de conjeturas. Uno de los dos balanceaba el vaso haciendo golpear los hielos entre sí. Las olas hacían su rumor leve de fondo y en algún lugar sonaba algo de Miles Davis. -Lo voy a matar. Y a ella también- contestó la mujer con aplomo.  Me aferré al vaso de ginebra y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me pareció que las gaviotas comenzaban a graznar repentinamente sobre un mar más oscuro.


Afiné el oído y de nuevo el ruido de los hielos sustituía a las palabras de la pareja. Miles Davis seguía a los suyo y yo miraba el libro como el que mira a un muerto. Los efectos del crepúsculo se hicieron más evidentes en la tenue luz del litoral.  Alguien encendió un cigarrillo y luego expulsó placenteramente el humo. -¿Qué te parece? - interrogó ella. Pensé que esa voz tan bonita era muy apropiada para una asesina. Si alguna vez me mataban quería que fuera ella -¿Dos más? ¿Con la misma pistola?- En las palabras del hombre había gravedad pero también una hiriente monotonía. Tuve la conciencia  de que aquella conversación era habitual, rutinaria-¿Por qué no?  - Imagine a la mujer gritando palabras sucias sobre un cadáver, y me pareció bien. Muy bien. Puede que en ese momento tuviera una erección y me figuré una pareja sin rostro besándose, con sangre en la comisura de sus labios,  junto a dos cadáveres  jóvenes y hermosos.


Sopesé llamar a la policía, contarles todo, pero luego sentí una pereza milenaria; Me tomarían por loco, me harían cientos de preguntas que tal vez no sabría contestar  y no me dejarían beber ginebra. Pagué la cuenta y esperé sentando observando el mar. Luego vi que a lo lejos, por el paseo marítimo se acercaba  una chica rubia con una minúscula falda blanca y unas piernas fabulosas. Me pareció que tenía poco pecho pero seguirla un rato era  una idea tan buena como cualquier otra.


Sentí ganas de darme la vuelta disimuladamente  antes de irme  y comprobar si la asesina era tan atractiva como yo pensaba. Supuse, no sé por qué, que tendría unos ojos miopes, y el pelo rizado y negro,  y pensé que al menos debía dedicarle una mirada de desprecio. Pero luego consideré que si mataba a esas personas alguna razón habría. ¿Acaso no arrastramos todos alguna culpa?


-Seguro que al resto de guionistas les va a parecer fatal- oí que opinaba el hombre mientras yo me incorporaba de la silla concentrado en el armonioso balanceo de un culo y las notas de Miles Davis.



jueves, 15 de agosto de 2013

De la Tierra y el polvo


Tío Jonesy era de los que pensaban que la muerte era algo puro  y siempre dijo que no había que esperar demasiado de la vida. Por eso, cuando la tía Sofie murió de aquella forma y él se quedó solo en la vieja casa y casi en el mundo no se lo tomó demasiado mal. Aquellos días yo iba a verlo por las tardes y nos sentábamos en las mecedoras del cobertizo a ver pasar el polvo. La casa de Tío Jonesy estaba al final del pueblo -aunque él prefería decir que su casa era la primera- y en aquella parte alejada  lo único que había era polvo. Un polvo rojo y desleído que el viento insistía en levantar casi todo el año, y que agitaba las cansadas maderas de esa casa destartalada.

Por aquel entonces a mí no me iba demasiado bien con el trabajo. Había tenido ciertos problemas con Little Samson por un accidente en el aserradero y una petaca de whiskey que yo juré que no era mía. Iris se enfadó bastante conmigo cuando supo que me habían despedido y comenzó con el santo sermón de las facturas y los gastos. Creo que a mi mujer le dio por desquiciarse el día siguiente de casarnos y no paró hasta el día en que murió, si es que es verdad que está muerta.

Una tarde especialmente ventosa estábamos Tío Jonesy y yo meciéndonos en el porche de su casa.  Hacíamos crujir la decrépita estructura del suelo con las mecedoras y mirábamos los torbellinos que el polvo formaba, como si todo aquello fuera una película de esas que ponen en el cine.
-Tío Jonesy, creo que ésta casa es demasiado grande para ti y va acabar sepultada por el polvo.
-Todos vamos acabar sepultados por el polvo Justin.

Tres días más tarde nos instalamos en la casa de Tío Jonesy y de la Tía Sofie.  De esa forma nos evitamos una buena parte de los gastos que tanto angustiaban a Iris. Pero entonces Iris empezó con la cantinela de lo raro que era Tío Jonesy, del montón del polvo que entraba en la cocina y del miedo que le daba ver las fotos de la difunta Tía Sofie por toda la casa, con esos ojos claros que parecía que te estaban mirando. ¡¡Ay la pobre Tía Sofie!!  Dios tenga en la gloria a esa buena mujer, aunque Tío Jonesy solía decir que su esposa no estaba en la gloria sino en la salita de atrás, sentada en la vieja butaca gris.

Meses después Iris se quedó embarazada, y si les digo la verdad aun no me explico cómo pudo suceder. Luego dio a luz a un niño al  que llamamos Ben. Ese mocoso resultó ser un auténtico tormento. Iris se pegaba toda la santa mañana y toda la santa tarde gritando por la casa por los disgustos que le daba. A veces se ponía tan roja que parecía una granada de mano a punto de estallar.

Tío Jonesy era el único que soportaba a Ben, y Ben por su parte podía pasarse varias horas en el cobertizo jugueteando con las botellas vacías mientras escuchaba las historias de Tío Jonesy. Y eso que nunca fue capaz de comprenderlas. Lo cierto es que el chico era un poco corto  de entendederas. Su madre siempre dijo que aquel niño lo que tenía era  el alma inacabada pero el Doctor Scudder nunca fue capaz de decirme qué diablos le pasaba a la criatura. 

Una tarde me levanté y Tío Jonesy me dijo que Iris se había marchado y se había llevado una maleta, mi pitillera de plata y el gramófono. Dios sabe lo mucho que eché de menos aquel gramófono. Sobre todo aquellos días después de la marcha de Iris cuando  la casa se reencontró de nuevo con la paz y el silencio. Creo que Tío Jonesy también  disfrutaba de aquel sosiego pero dijo que era una obligación, que Ben tenía en sus venas la sangre de Iris y no sé qué más cosas, así que estuvo buscándola un tiempo y preguntando aquí y allá,  pero por suerte nunca la encontró.

Los negocios iban de mal en peor en el pueblo  y  tuve que buscar trabajo en Big Town. A Tío Jonesy no le importó quedarse con Ben y cuidar de él,  así que pude aprovechar el auge de la ciudad  y me dediqué a ganar bastante dinero. Acabé montando un pequeño surtidor de gasolina que funcionaba de maravilla. Fueron años estupendos;  las mujeres iban y venían, las camas eran grandes y confortables y el Whiskey era del bueno. El día que llegó el telegrama  en el que Tío Jonesy me anunciaba que Ben había fallecido,  mi socio estaba con gripe y yo estaba a cargo del surtidor, así que no hubo manera de que  llegara a tiempo al pueblo para el funeral. De todas formas aquel chico era retrasado o algo y si en vida no se enteraba mucho menos creo que me echara en falta cuando el pobre ya había estirado la pata.

Me olvidé del pueblo durante meses. El negocio iba viento en popa. Abrimos varios surtidores y había que trabajar duro para abrir más. Llegaba tan cansado a casa que no tenía ganas ni de beber whiskey. La vida en la ciudad es cruel, una vorágine enfermiza,  pero si eres de los que no paras la ciudad te sonríe.

Regresé años después, cuando  Tío Jonesy me escribió diciendo que  ya estaba muy anciano y cansado y que se quería despedir de mí. La  casa parecía sostenerse de milagro en medio de la explanada. Las maderas estaban tan viejas que daba lástima pisarlas, pero  cuando llegué, allí estaba el Tío Jonesy balanceándose calmadamente en su mecedora de siempre, sosteniendo un palillo en su boca desdentada y amable. Estaba vigilando desde el cobertizo cómo se levantaba el polvo frente a la casa. Me dedicó una sonrisa agotada, se levantó como pudo y me dio un largo abrazo.

 

Estuvimos un largo rato en silencio,  no sé cuánto,  escuchando el sonido limpio del viento y después comenzó a hablar con una voz extraña y profunda. Tío Jonesy  me dijo muchas cosas aquella tarde. Me dijo que éramos los únicos McGill que quedaban a ese lado del río. Me dijo que estaba feliz de poder abrazar por última vez la sangre roja y cálida de los McGill. Se acordó de Libby que era mi madre y su hermana. Me dijo muchas más cosas. Como que iba a morir orgulloso, cerca de Sofie y cerca de Ben a los que nunca abandonó. Me dijo que el funeral de Ben fue algo hermoso, que tendría que haber estado allí y que Ben fue un ser tan puro que después de su muerte el polvo era más blanco y ligero. No sé a qué se refería pero se me puso la carne de gallina.

Luego estuvimos mirando la llanura frente a la casa de esa forma tranquila y calmada, como si el tiempo fuera un vergel interminable. Tío Jonesy me explicó que el polvo y la tierra estaban bendecidos y que cubrían la tierra con su manto de eternidad. Me contó que hablaba con Sofie y con Ben constantemente, y que también había hablado con Iris que después de muerta estuvo allí en espíritu, para preguntar a Tío Jonesy por su hijo Ben.

El sol se comenzó a ocultar y Tío Jonesy dijo que estaba cansado y que sentía frío. Se levantó torpemente y se metió en la cama de la que ya nunca se levantó. La mecedora estuvo aún un buen rato oscilando apaciblemente hasta que se detuvo  y yo me quedé mirando la planicie seca, pensado en las palabras de Tío Jonesy. El viento se agitaba y levantaba el polvo que ascendía y descendía de una forma elegante y grácil. Sentí un gozo antiguo, una paz que debía anidar en mí desde hacía muchos años y que tal vez sólo pudiera tener lugar en aquel pueblo ya casi abandonado.

Cada vez que  esta ciudad me engulle con su ajetreo gris me acuerdo de esa bendita mecedora, de mi soledad, del polvo de aquella explanada que tal vez sea lo único que me quede de verdad en el mundo, y  de Ben  y del Tío Jonesy que siempre  me dijo que ningún árbol echaba raíces en el cemento.







jueves, 20 de junio de 2013

Llanura



Sorprende la alta mortandad en tus palabras. La cadavérica expresión de tu silencio. Sorprende acaso la alta voluptuosidad de tus desplantes. El pesado peregrinaje del tiempo y su transcurso acaudalado. Además tus besos han caído en desgracia. Han sido poblados por eremitas que prefieren las ciudades. En sus llanuras la polvareda que levanta el bisonte  nunca ha sido silenciosa. Te quise abrazar en el mismo sitio en el que Napoleón blandió un cuchillo. Napoleón nunca blandió un cuchillo y tú nunca me abrazaste. Ayer soñé que te abrazaba pero todo era un recuerdo. Tu cuerpo tuvo la idea de cerrar por vacaciones. Los recuerdos hay que guardarlos en el bolsillo que tiene agujeros. Si quisiera morirme no me hubiera arrojado por el rojo abismo de tu boca. Soy un hombre que se viste por los pies pero que no tiene cabeza. Recogí la cosecha de tu cuerpo mucho antes de llegar la primavera. La mortandad en tus palabras es una broma que no tiene gracia pero no pudimos parar de reírnos. No era adecuado ir desnudo en esa fiesta de carnavales. Yo perdí el último tren en la entretela de tu falda. Si nunca me quisiste por qué me amaste tanto. La cadavérica expresión de tu silencio era una metáfora tan poco afortunada que acabó siendo  cierta. Por fin las minifaldas han ganado la guerra a las bufandas.  Los calendarios también tiemblan cuando llega la hora. Dar saltos de tristeza se va a poner de moda. Hay muchas playas sin arena que realmente no son playas. Un día me acariciaste el brazo derecho. He trazado un mapa eterno fabricado de epidermis. Donde dije mortandad quise decir vida pero eso qué importa ahora. He dejado mi corazón tirado justo al pie de la letra y tú te lo has tomado como si fuera una cerveza. Cuando te fuiste de golpe sembraste todo de hecatombes pero esto hay que regarlo cuando más llueve. Un día me dijiste que te aburría mi nombre. Creo que me has dejado porque no quedan moteles.

lunes, 17 de junio de 2013

Ahora

Me senté en la hamaca y encendí un cigarrillo.  Me gustaba observar los cipreses que rodeaban la cerca mientras fumaba. Ese día había una ligera brisa que agitaba los árboles y estos formaban una rara coreografía.  Una sinfonía verde trufada de curiosas imperfecciones.  Siempre uno o dos cipreses parecían agitarse en sentido contrario al resto, aunque finalmente acababan por sucumbir a la fuerza del viento. Sin embargo en ese instante, otros árboles  parecían romper la disciplina del conjunto de forma que nunca se alcanzaba un movimiento armonioso. Yo permanecía mirando atento, como si tarde o temprano fuera a llegar el momento en el que todos los árboles se movieran a la vez, pero éste nunca llegaba.


Vera apareció en el jardín con una revista en la mano. Creo que en un principio se dirigía a la otra hamaca  pero al verme cambió de idea, giró y se encaminó hacía el parterre de flores . Se agachó a observarlas.  Yo jamás prestaba atención a esas flores. Para mí carecían de cualquier tipo de interés y ella se había pasado cientos de horas a lo largo de su vida mirándolas, regándolas y haciendo toda clase de trabajos para que permanecieran bonitas y lozanas. Pese a ello,  año tras año las flores acababan marchitándose. Yo lo consideraba una pérdida de tiempo, aunque realmente casi todo lo que se puede hacer en la vida lo es.



Muchas veces cuando llegaba a casa solo y había oscurecido, meaba sobre las flores intentando que mi orina impactara directamente  en los pétalos de las rosas. No sé por qué pero encontraba un curioso placer en ello y siempre me sorprendía con la rara impermeabilidad de los pétalos. Me encantaba cómo repelían la meada dejando tres o cuatro gotas perfectas adheridas a su superficie aterciopelada. También el reflejo de la luna sobre la parábola que formaba el chorro brillante cayendo sobre las rosas y su sonido sordo y amortiguado por la tierra. En una ocasión me pareció que Vera se asomaba a  la ventana justo cuando estaba en ello pero jamás me comentó nada al respecto. Tal vez pensó que en lugar de orinar lo que estaba haciendo era interesarme por sus estúpidas flores y hasta se sintió orgullosa por ello.


Dí otra calada al cigarro. Pensé en hacerle a Vera algún comentario sobre las flores o sobre la brisa o sobre cualquier otra cosa pero sabía que ella no me iba a contestar. La última vez estuvo dos semanas sin dirigirme la palabra y en esta ocasión sería parecido o peor. Vera permanecía inclinada sobre las azaleas y me fijé en sus piernas. En cuanto el clima era agradable se ponía  pantalonetas o faldas o cualquier prenda que las dejara al descubierto. Lo hacía a posta porque a pesar de su edad, sus piernas permanecían tersas y bonitas. Era como si éstas fueran mucho más jóvenes que el resto de su cuerpo. Si algún hombre viera sólo sus piernas, pensé, puede que se excitará creyendo que Vera es una mujer mucho  más joven de lo que és. Yo mismo tuve un amago de erección contemplando a Vera en esa pose, con su pelo tapandole el rostro y sus piernas desnudas. Imaginé que era otra mujer para prolongar la fantasía  durante más tiempo.


Tras unos minutos  se levantó y vino hacia mí. Dejó la revista sobre la mesa de hierro forjado y, sin mirarme me dijo tenemos que hablar. Primero sentí un gran  alivio porque parecía que en esta ocasión no sería como las otras,  pero luego lo comprendí mejor y pensé que era un gran fastidio ya que eso significaba que probablemente ella querría tratar el asunto. ¿Y ahora qué piensas hacer?.  Su pregunta quedó flotando con una peculiar persistencia sonora,  ajena a la brisa que parecía arreciar y  a mi indiferencia.


Me llevé de nuevo el cigarro la boca. Para mitigar el silencio intenté formar volutas con el humo expulsándolo lentamente pero el viento lo deshizo antes de que tomara cuerpo. Luego pensé en si había alguna respuesta posible. Di una nueva calada intentando concebir una frase que significara algo. Levanté la mirada. Lo cierto es que las flores estaban muy  bonitas en aquella época del año. Vera estaba llorando. ¿Y ahora qué piensas hacer?, repitió.


Cuando entró en la casa yo seguía observando la caprichosa danza de los cipreses. El cigarro se había apagado.

miércoles, 1 de mayo de 2013

LA GRAMÁTICA DEL HUMO EN LOS BARRIOS DE EXTRARRADIO


Aunque yo no fumo, todos los jueves a las 18:35 horas me siento en la butaca orejera del salón, frente al ventanal y enciendo un cigarrillo  que apoyo en el cenicero de cristal que heredé de mi abuelo, y que sólo uso los jueves a partir de las 18:35 horas, cuando Catalina se va a Pilates y da un portazo sonoro  y seco que retumba por las paredes de la casa; una casa que justo después queda en un silencio raro en el que los gritos de Catalina sobreviven lánguidos, como ecos que se maceran y que después, cuando Catalina regresa parecen resurgir con un sonido viejo pero robusto que enfanga esa tranquilidad que habita la casa todos los jueves, desde las 18:35 horas, que es el momento en el que yo, que no fumo, enciendo con una ceremonia un tanto pomposa un cigarro y lo deposito con cuidado en el cenicero de cristal y dejo que el humo ascienda y forme sus volutas que de algún modo, quiero creer, purifican el ambiente (dudoso, porque los gritos de Catalina perduran agazapados en el sosiego) y forman caprichosas torsiones de humo a cuyo través  yo observo la calle, y más en concreto la fachada amarillenta, tal vez un poco deslucida ya, del inmueble de la acera de enfrente, en el que por poner un ejemplo, vive Eleuterio, un hombre que a esas horas siempre sale al balcón descamisado y en zapatillas de casa (del Barça)  a regar los geranios, y que después se apoya en la barandilla a observar el trajín de la calle con ese gesto tan varonil y tan suyo, que  conozco mucho porque Eleuterio y yo vamos a cazar los sábados al monte; aunque en realidad no cazamos nunca nada y lo que hacemos es hablar y hablar y recordar que un día fuimos jóvenes y la vida estaba llena de promesas puras, y entonces  las perdices y los conejos pasan a nuestro lado (seguro que se ríen en su idioma) mientras nosotros contemplamos los árboles y las plantas que Eleuterio conoce a la perfección; Lute ¿está cuál es?, y el tío se las sabe todas porque aunque parezca un bruto le encantan las flores y por eso tiene esos geranios que riega los jueves sobre las 18:35  de la tarde, la misma hora en la que, justo debajo, en el segundo, Natasha Yarikov  abre la ventana de su dormitorio y sentada en una sofá azul, (un azul frío como el país de Natasha) comienza a extenderse por sus piernas interminables una crema hidratante cuyo aroma casi puedo sentir desde mi casa, un aroma a tierra húmeda pero que no es a tierra húmeda, es a carne tersa y limpia, que es la carne de Natasha;  carne  que va quedando a la vista, ( a mi vista) porque Natasha va retirándose la bata para aplicarse la crema hidratante por todas las regiones de su cuerpo que poco a poco va entregando como haría un ejercito en retirada,  y cuando finalmente su bata queda abierta del todo, yo siempre tengo una erección y tengo tentación de dejar el cenicero en el suelo y empezar a tocarme, pero no lo hago porque sé que yo tendré a Natasha, porque sé que el viernes cuando le diga a Catalina que voy a casa de Lute a echar la partida, en realidad iré a la de Natasha y la desnudaré sobré el sofá azul (un azul frío como su país) y le haré el amor de una forma tierna y enajenada, y sé que no pararé hasta que los gritos de Natasha  atruenen a todo el barrio (a Catalina especialmente) y el vecino del primero golpee la pared  y grite ¡basta! como un loco; porque el vecino de Natasha, al que todos los jueves a las 18:35 horas veo tender ropa en su terraza, es escritor, un escritor argentino que ignora (y que no creería) que soy yo quien hacer gozar a “La Rusa” -en realidad es polaca- hasta que pierde el conocimiento, justo después de que él pierda la paciencia y golpee la pared y nos grite ¡basta!, ¡basta!, ¡basta!, porque no le dejamos escribir esos relatos sobre los que más tarde, los domingos, me pedirá consejo  en el Bar Cosme, mientras tomamos un café y comentamos nuestras últimas lecturas y charlamos de esto y aquello, y él me cuenta anécdotas de Buenos Aires y sus habitantes que cada verano se sorprenden por el calor del verano y  cada invierno se sorprenden por el frío del invierno, o sobre Alemania y sus cines en los que mi amigo el escritor, se reía de una forma solitaria y rebelde (tal vez un poco latina) de unas escenas que no sacaban a los alemanes de su seriedad geométrica, una seriedad geométrica que a veces yo creo también vive en su rostro, enmarcado por un flequillo tupido, un flequillo ascendente como el humo de mi cigarrillo que ya  está casi consumido, y que me indica que ya es la hora por lo que apago la luz y levanto la persiana para ver que frente a mi ventana no hay un fachada amarilla, sino una avenida gris, ruidosa y ajena, y luego un inmenso edificio ministerial sin ventanas, y miro el cigarro, ya extinguido y siento asco, y me lamento de que no haya un  Lute, ni una Natasha ni un escritor argentino, acaso ni siquiera exista Catalina, pienso,  pero entonces percibo sus gritos,  los estoy oyendo, supervivientes del humo y el silencio, vagando por la casa, libres y enloquecidos  y luego oigo un portazo -suspiro profundamente- y unos pasos,  porque  ya ha llegado, ya está aquí: Catalina.


lunes, 17 de septiembre de 2012

ISLA DESIERTA


Ahora mirábamos los aviones pasar, en su lento atravesar de  nubes. Ya no braceábamos, ni formábamos enormes palabras de auxilio con troncos.  No  gritabamos como locos que conversan con los acantilados. Sólo los veíamos rasgar esa bóveda celeste que el tiempo había convertido en la techumbre de una panteón inmenso, y nos parecía que quedaban en suspenso, detenidos como el tiempo -extenso cielo sobre nosotros-  mientras nos aferrábamos a un coco agujereado, o nos rascábamos los cojones con una desidia impudorosa.


Garrido había decidió en seguida que yo no era un buen compañero para recorrer el desierto, o para cruzar un pasillo que te lleva a la muerte. Mi dejadez, mi sometimiento al azar o a los otros, acababó con su paciencia el primer día. Yo me encontraba perdido, encerrado en otra isla a miles de kilometros de esta, luchando por una supervivencia muy diferente a la de Garrido. Y eso fue una rotura que derivó en esto. Garrido ya no era un lider que luchaba por nosotros. Garrido ya no era Garrido.

Yo tenía miedo porque sus ruegos eran ya indescifrables. Desde que Moyo falleció - un mono que sólo me pareció divertido muy al principio- su decadencia se había acelerado alarmantemente. Descuidó su higiene personal, hablaba a las gaviotas,  y recitaba sin descanso los peores versos de Nuño que a mi ya me parecían insoportables mucho antes de llegar allí.

Nuño. Su muerte fue sin duda la más terrible de las muertes, y por olvidarla yo inisistía en rememorar a Rebeca, pero sólo me acordaba de su miedo. Nada de sus caderas cálidas cuando acogían mi desconsuelo. Su pelo ocultando ojos verdes, pechos inmensos también. Sólo su miedo a que todo fuera igual cada día. A la repetición de un día sobre otro, al contraste de lo mismo sobre la mismo una y otra vez. El aburrimiento que todo lo aniquila, y acaba incluso con las cenizas de lo que un día ya deshizo.

Pero era curioso que en medio de aquel horror sólo la muerte de Nuño me provocaba espanto, lástima. Morir por aquella chica había sido un error desmesurado. No sólo porque aquella chica era irrebatiblemente la mujer más fea e insoportable del barco, la mujer a la que nadie hubiera mirado, y a la que sus propias amigas negaban la palabra continuamente. No sólo por eso. Lo más hiriente era que ella lo ignoraba a él en cada momento. Y dolía ver a Nuño claudicando ante ese adefesio, rondándola en la discoteca del barco o restañando con poemas insufribles los desplantes que ella le dedicaba frente a todos. Y mucho más dolor cuando en medio del naufragio, Nuño abandonó el flotador salvavidas para intentar socorrerla a ella, cuya salvación era  imposible en medio del mar oscuro y frío. Un redención por lo demás  inútil porque aquella mujer a la que Nuño amaba erróneamente,  parecía arrojada a un infortunio poderoso antes o después de aquello.

Y así quedamos Garrido y yo en el flotador junto aquella otra chica que se aferró exhausta,  ocupando el espacio que Nuño liberó. Una chica a la que Garrido y yo examinamos en la oscuridad y en silencio; Sus jadeos, sus formas desdibujadas en la noche, poco convincentes. Dijo algo, y su voz era un sonido quebradizo y hermoso sobre el inmisericorde rugido de las olas. Calibramos una supervivencia junto a ella, tal vez aceptable, una cuartada perfecta para que nos amara,  pero percatándonos   en seguida de que no sería fácil deshacerse el uno del otro, y percatándonos también de que esa chica pesaba demasiado, que el flotador sería inmanejable con ella, una lastre de pronto indeseable.


Por eso no hizo falta que dijéramos nada. En silencio la comenzamos a golpear, asestando patadas bajo el agua,  al principio leves, ayudados por las olas, el frío oceánico y luego ya con todas nuestras fuerzas, sin que ella pidiera clemencia ni gritara, absorta por el horror. Golpeándola con saña hasta que ella comprendió que sería derrotada, que los líquenes cubrirían su cuerpo, como un tesoro inmerso y preservado. Hasta que entendió  que era la más débil y se abandonó al movimiento de la marea, alejándose, hundiéndose más tarde,  mientras, no sé Garrido, pero yo al menos sí, lloraba refugiado por la oscuridad y el cruel rumor del mar.

 Después de ese naufragio, cientos de muertos, todos solitarios en busca de otros solitarios, almas errantes que buscaban en ese crucero la redención de la carne  y sin embargo encontraron la más definitiva redención del mar. Garrido y yo,  en esa isla más desierta que muchos corazones, abandonados al principio  por el mundo y más tarde por la esperanza. Y luego la erosión.

Porque yo recordaba a Rebeca y a su inarticulada petición de auxilio. Sácame de esta rutina desértica, yerma, inacabable. Me lo decía con los ojos. Y  mi indolencia no obtuvo otro resultado que el previsible, y tras su marcha emprendí esa huida hacia adelante, alcohol, prostíbulos y por último un crucero para solteros cuyo final había sido tan terrible como pensaba, puede que más dramático pero sin duda igual de terrible que hubiera sido buscar a Rebeca en otras que no eran Rebeca.





viernes, 7 de septiembre de 2012

Los cuerpos de las nadadoras (Fragmento)




Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.
(Jaime Gil de Biedma)


Aborrezco su belleza. Mira cómo bailan y se contornean. El cubata en perfecto equilibrio. Sus cuerpos. Sus rostros angulosos y  su trato perfecto con la luz. Y con las sombras. Pero también odio a esas mujeres enormes y gordas, que se meten en el Jacuzzi.  Viejas y embutidas en sus trajes de baño  negros e inacabables. Coronadas por esos gorros de baño floreados que jamás fueron modernos. Cómo hacen esa inmersión lenta, permitiendo que el agua describa su perímetro interminable. Haciendo que el agua se abra hasta el dolor para engullirlas con un gesto de inapetencia inmenso. Pero no es por ellas. No. Es por el tiempo. El tiempo que nos destruye. La erosión silente que nos hará polvo, cenizas, que nos lleva a la nada, pero que antes, justo antes, con su peculiar sarcasmo, parece querer hincharnos  como globos para mayor gloria de su devastación.