jueves, 27 de marzo de 2014
Roma, el dolor.
Me dolía Roma. Palpitaba
un dolor concéntrico cuando
poco a poco
germinaba
nuestra ausencia
en las calles de Roma
cuando persistía nuestra fuga
nuestro negro empeño
en no estar
donde se debe y
te hubiera abrazado
de un modo romano
incomprensible
y carnal
encima de Roma
bajo
la pesada historia de sus monumentos
junto a su río y sus puentes
aunque no conozco Roma
( ni te conozco a ti)
sentía el dolor
de Roma
su pesada carga, sus obispos
y sus monjas livianas
o hurañas y lentas
que nos hubieran mirado
recorriendo sus calles en busca de la santidad
de nuestros besos
que beatificaban los años
y las piedras
y la antigüedad del cielo
y me dolía Roma
cuando me figuraba en tu cuerpo
el de todas las mujeres
de Roma
no sólo las bellas
las bellas mujeres de Roma
y su idioma con cavidades
más inaccesibles que tu
boca
cuando me dolía Roma
y sentía crujir sus
articulaciones
sus tejidos
su sangre
sus iglesias
sus catedrales
(si es que tiene varias)
que no nos contemplaban
porque no estábamos
no nos esperaban
en Roma
que por eso me dolía.
viernes, 21 de febrero de 2014
UN SUEÑO
Yo estaba en la cama con Idoia
Nieves cuyo aspecto en realidad ignoro
totalmente pero que en mi sueño era una mujer de 35 años con cuerpo de
funcionaria que hace spining por las tardes y que a pesar de conservar casi la
totalidad del esplendor de su cuerpo es ignorada por su marido. Así que yo
estaba en la cama con Idoia Nieves y empezaba a besar su cuello y luego la zona
de detrás de las orejas mientras pensaba cómo amaba a aquella mujer y lo
hermoso que era su nombre y sobre todo su apellido y comienzo a susurrar en sus
oídos evocadores símiles con su apellido y la belleza de las cosas, las
Nieves que con su blancura sanan el mundo de su negrura, las Nieves que
extirpan con su fría y silenciosa caída toda la culpa del mundo, arrojarme a
las Nieves y entregar mi cuerpo a su frío olvido, blanco y gozoso. Pero justo
en ese momento recuerdo lo que sucede de verdad y es que aunque amo a Idoia
Nieves es Yolanda Barcina quien me paga la casa, quien me mantiene y costea mi
dudosa carrera literaria a cambio de que le haga el amor con desgana una o dos
veces al mes. Yo y Yolanda, quien ahoga en mi cuerpo las tensiones políticas y
las intrigas de los despachos. Verbo y Verga, así es como me llama Yolanda
Barcina y cada vez que entra a mi apartamento lleno de libros, cada vez que irrumpe
sin avisar dejando a sus guardaespaldas en el portal o en el bar de abajo
(nunca lo sé) me ordena que me desnude inmediatamente y que le haga el amor de
forma inmisericorde, y me dice "Jódeme cómo si fuera Maiorga" y me
pide que pronuncie palabras en euskera (palabras que en su mayor parte yo
invento porque no hablo euskera), que las grite sin piedad, hasta que
ella termina, y siento que en mi interior se opera una especie de efecto
benéfico y bondadoso en el mundo cuando acaba. Así que lo que sucede
también después es que Yolanda se fuma un cigarrillo mientras echa un ojo
a mis cuartillas con un interés relativo y en silencio y luego mientras se
viste me dice "Eres cojonudo" aunque sin concretar si se refiere a mi
escritura o a lo otro, y antes de irse me arroja un cheque con bastantes ceros
y mientras se peina yo la miro y pienso que en algún lugar aquella mujer es
tremendamente atractiva aunque puede que jamás lo sepa nadie. Y eso es todo lo
que pienso con mi rostro junto a la suave nuca de Idoia Nieves, en la oscuridad
mitigada por un brillo invernal que su piel emite y le digo que la amo y le
digo que si hunde a Yolanda, que si la hunde, mi carrera de escritor está
acabada, que si termina con su gobierno tendré que buscar un trabajo y que yo tengo
manos de pianista y necesito leer y escribir para no ser hombre muerto, y que
es ella quien paga nuestro nido de amor, y que lo haga por mí pues la amo de
una forma incomprensible que no puedo describir, entonces ella se da la vuelta
bruscamente y se queda un rato observándonos a mí y al infinito y me besa
profundamente con un beso que dice tantas cosas que no soy capaz de escuchar
todas. Entonces mi sueño se torna borroso y luego aparece Idoia Nieves en una
comisión parlamentaria y miles de preguntas son formuladas mientra que Idoia
llora tímidamente, y con entereza y a todas las preguntas da la misma
respuesta musitada, casi inaudible: El amor, El amor El amor, El amor mientras
que hombres trajeados se llevan las manos a las cabezas y justo en ese momento
es cuando yo he despertado y la verdad, no he sabido si reír o llorar.
viernes, 14 de febrero de 2014
Culpa
No podías con la culpa, era superior a ti, no podías, ni siquiera te quitabas el anillo, te pedí que te lo quitaras pero no lo hiciste, no lo hiciste jamás, preferías que fuera así, y no sólo eso, lo mirabas con frecuencia, lo mirabas cuando más te gustaba lo que te hacía,observabas fijamente el anillo brillar y lo acercabas a tus ojos cuando te hacía eso que él no sabía, cuando te hacía eso, y sentías la culpa, y yo pensaba que encontrabas placer en ese dolor profundo, cuando lamía tu piel, y lo pensaba en cada ocasión, cada vez y te veía llorar o gemir o todo a la vez, y no podías con la culpa repetías y no querías que aquello fuera hermoso, aunque lo necesitaras, aunque te hubieras matado si yo hubiera dicho que hasta aquí, necesitabas sentir la culpa, necesitabas enfrentar la imperfección de la culpa a la perfección del amor, un error inmejorable, pero lo último que querías es que aquello fuera algo bonito, eso no por favor, y buscabas que todo fuera torpe, inexacto, que nos moviéramos de una forma, sincopada y discorde, con caricias inapropiadas, con palabras incorrectas e interrupciones extemporáneas y elegías lugares desagradables, donde el mar estaba sucio, donde todo olía mal, playas escondidas donde los peces sólo iban a morir, donde recalaba la basura de los océanos, hay lugares en la tierra que tienen remordimientos, me dijiste, lugares donde el mar es negro, pero no ese negro que es profundo y al que quieres entregarte no, un negro que da miedo, un negro entrañas adentro, un negro negro, calles nauseabundas, o bares sórdidos, en baños tan sucios que todo daba asco, y hasta la música era horrible y una noche me llevaste a un rincón repugnante, un callejón que olía a meado y muerte y entonces repentinamente se puso a nevar, no sé cuándo fue, sería invierno o tal vez ya primavera y se puso a nevar, ni siquiera hacía frío y aquella nieve era lo más hermoso de la tierra, y los copos caían sobre tí, silenciosos, contraviniendo las leyes de la física o el tiempo , se derretían al tocar tu piel caliente, se evaporaban si entraban en contacto con las partes de tu cuerpo que rozaban con las mías, y fue algo inexplicable, todo en ti parecía mejor, tu pelo, tu cara, tus piernas, el brillo de tus ojos iluminando aquella calle de mierda y aquel barrio de mierda y aquel mundo de mierda, y tú quisiste parar pero no te dejé y besé tus labios como nunca lo había hecho con nadie y como nunca jamás haré, y seguí despacio, despacio, y te gustaba tanto que llorabas, casi te hacía daño cuando intentabas irte y yo te abrazaba fuerte y aquello te gustaba más y más y entonces eras tú la que no podías dejarlo, y no existía nada y acabamos los dos y no existía nada más que nosotros y la nieve, no había otra cosa que tú y yo entrelazados de un modo animal, bajo la nieve cada vez más intensa, cubriéndolo todo y entonces tú te subiste las medias y la falda y me diste un empujón y me gritaste así no puto imbécil, mientras te marchabas corriendo por esa calle ahora blanca y reluciente, dejando las huellas de tu botas como estigmas en la nieve y ya jamás te volví a ver. Jamás.
miércoles, 5 de febrero de 2014
Insomnio
Una vez amé a una mujer insomne
y las noches eran una casa
donde el vértigo poseía una gran butaca
Una vez amé a una mujer insomne
en las largas horas de la noche
su cuerpo caía sobre la cama
como una catedral antigua
Y se oía el eco de su aliento
la rara estructura del sigilo
en la eterna celebración
de la negra eucaristía.
Una vez amé a un mujer insomne
y viajábamos a los lomos
de recuerdos invertebrados
cuya antigüedad y signo
no pudimos descifrar
Anchos bulevares, boutiques
y burdeles
en los sueños perdidos de la mujer
insomne
Cada noche llorábamos juntos
por los sueños que no eran
y nuestras manos nuestras
pieles
cada noche.
Una vez amé a una mujer insomne
Cada noche que no duermo
acompaño a esa mujer insomne
en el inmenso recinto de la vigilia
miércoles, 20 de noviembre de 2013
Amar a Ami Tokito
Yo no creo que esté muerto. No lo estoy. Mira mis manos y sus surcos. Ni rastro de mortandad. No estoy muerto, y si lo estoy no lo parece lo cual es bueno, suficiente. Excesivo incluso. Celebraré la muerte ahora mismo, antes de que venga llevándoselo todo. Tocaré el trombón, las castañuelas. Un chotis, una danza moderna. Y todo porque amo a Ami Tokito. La amo. La amo porque ella lleva gafas y no las necesita, del mismo modo que yo uso muletas, y monóculo, y hago cánticos que son el fin del mundo. Prótesis de partes del cuerpo que ya tengo. Extensiones, correctores en mis dientes perfectos. Mira esta luz de ahora.; no se corresponde ni con la mañana ni con la tarde, ni con ningún momento del día que tú conozcas. Haz cuentas, ata cabos. Porque esto es el final y es una gran broma. Un alborozo. Qué gran amor por lo innecesario. Todo es una broma buenísima. La muerte. En el fondo es una broma. La vida es el puto chiste final. Y hago planes exhaustivos de invadir Japón besando a cada mujer que use gafas. Planes de dejar embarazadas a las mujeres de gafas y voz grave y rota. Inseminando alegría por la extensa tierra. Con llagas en la lengua de tanto besar y gritar te quiero. Lesiones en el pubis, caderas rotas de un modo cálido y dulce. Viajar en bicicleta, reproducirse perpetuando la risa, arrojando flores olorosas, acariciando negras cabelleras de pelo liso y rizado. No estoy muerto me digo, mientras mi vejez es un animal de 180 años que se mueve pesado en mis adentros. Mi vejez que conoce la historia como si fuera un pubis rasurado tanta veces transitado. Metáforas locas en mitad del éxtasis. Celebremos ahora el fin del planeta, en cueros, tapándonos los dientes, y el eco cavernoso de sus adentros. Recuerdos, ahora que frisamos el Apocalipsis raro. Yo que de joven sabía versos y poemas enteros. Poemas de labios que estallaban en otros labios, y de cuerpos que estallaban en otros cuerpos. Poemas que leía agitado, con la piel sonrosada y el pene posiblemente erecto. Esto se va de las manos, pero de qué trata la juventud sino sobre eso. Ignorar a la muerte susurrándole guarradas en el mismo orificio de su oreja. Mujeres de falda larga o corta, de orejas al aire y pelo recogido. Mujeres, mujeres y más mujeres. Beber hasta que todo sea un verso. Nucas que avisan del tortuoso camino que va por la espalda que abrasa antes de llegar al final de esas piernas, de esos tobillos y de esos dedos. Sembrar de besos los senderos. El dolor y el placer hacen su juego, se matan a ostias o se abrazan debajo de la lluvia. Cuánto dolor en la risa. Conversaciones con peces. Cuidadosas. Eligiendo las palabras tan certeramente, acuáticas, con paciencia infinita, como si supiéramos que todo se termina. Palabras que son burbujas debajo del agua, burbujas delicadas en un río de agua sucia donde las piedras acogen con ternura un cadáver. Como si Ami Tokito frunciera los labios en ceremonia de clausura, y ofreciera su sexo obsceno y recatado. El gran chiste final que nunca tuvo gracia. El puto chiste que no hubiera hecho falta contar. Bésame Ami Tokito. Bésame como si tu cuerpo no fuera una pura brasa. Como si toda la piel de oriente no viviera en tu cuerpo. Bésame, y quítate todo, pero por lo que más quieras no te quites esas gafas.
sábado, 28 de septiembre de 2013
UNA MUJER Y UNA PISTOLA
Yo estaba en un terraza bebiendo una ginebra y luego otra. La gente
caminaba por el paseo marítimo, y había jubilados, parejas, familias y sobre
todo chicas guapas, chicas con faldas pequeñas y vaporosas que van exhibiendo
su puta juventud, y sus piernas como si todo fuera a ser eterno. O puede que
no, puede que fueran conscientes de la prematura marchitez del mundo y
por eso enseñaban su piel tersa y acogedora antes de que fuera demasiado tarde.
Pero en cualquier caso caminaban solas o con sus novios y los hombres
las odiábamos por ser jóvenes y a la vez nos las queríamos follar bajo la luz
de la luna que allí al fondo comenzaba a salir.
La cuestión es que todo estaba bien, más o menos bien; hacía buena
temperatura, las gaviotas volaban a lo lejos, y yo leía un libro de poemas de
Auden o un libro de cuentos de Nuñowski. Entonces en la mesa contigua se sentó
una pareja a la que no podía ver pero a la que oía. Yo miraba mi libro pero en
realidad estaba oyendo las palabras casi susurradas de ese hombre y esa mujer,
y a la vez disfrutaba de la brisa acariciando mi rostro. -¿Qué vas a hacer
con el chico?- preguntó la voz varonil. Y luego ella sembró un silencio
oportuno, largo, lleno de conjeturas. Uno de los dos balanceaba el vaso haciendo
golpear los hielos entre sí. Las olas hacían su rumor leve de fondo y en algún
lugar sonaba algo de Miles Davis. -Lo voy a matar. Y a ella también-
contestó la mujer con aplomo. Me aferré al vaso de ginebra y un
escalofrío recorrió mi cuerpo. Me pareció que las gaviotas comenzaban a graznar
repentinamente sobre un mar más oscuro.
Afiné el oído y de nuevo el ruido de los hielos sustituía a las
palabras de la pareja. Miles Davis seguía a los suyo y yo miraba el libro como
el que mira a un muerto. Los efectos del crepúsculo se hicieron más evidentes
en la tenue luz del litoral. Alguien encendió un cigarrillo y luego
expulsó placenteramente el humo. -¿Qué te parece? - interrogó ella.
Pensé que esa voz tan bonita era muy apropiada para una asesina. Si alguna vez
me mataban quería que fuera ella -¿Dos más? ¿Con la misma pistola?- En
las palabras del hombre había gravedad pero también una hiriente monotonía.
Tuve la conciencia de que aquella conversación era habitual, rutinaria-¿Por
qué no? - Imagine a la mujer gritando palabras sucias sobre un
cadáver, y me pareció bien. Muy bien. Puede que en ese momento tuviera una
erección y me figuré una pareja sin rostro besándose, con sangre en la comisura
de sus labios, junto a dos cadáveres jóvenes y hermosos.
Sopesé llamar a la policía, contarles todo, pero luego sentí una
pereza milenaria; Me tomarían por loco, me harían cientos de preguntas que tal
vez no sabría contestar y no me dejarían beber ginebra. Pagué la cuenta y
esperé sentando observando el mar. Luego vi que a lo lejos, por el paseo
marítimo se acercaba una chica rubia con una minúscula falda blanca y unas
piernas fabulosas. Me pareció que tenía poco pecho pero seguirla un rato era
una idea tan buena como cualquier otra.
Sentí ganas de darme la vuelta disimuladamente antes de irme
y comprobar si la asesina era tan atractiva como yo pensaba. Supuse, no
sé por qué, que tendría unos ojos miopes, y el pelo rizado y negro, y
pensé que al menos debía dedicarle una mirada de desprecio. Pero luego consideré
que si mataba a esas personas alguna razón habría. ¿Acaso no arrastramos todos
alguna culpa?
-Seguro que al resto de guionistas les va a parecer fatal- oí que opinaba el hombre mientras yo me incorporaba de la silla concentrado en el armonioso balanceo de un culo y las notas de Miles Davis.
jueves, 15 de agosto de 2013
De la Tierra y el polvo
Tío
Jonesy era de los que pensaban que la muerte era algo puro y
siempre dijo que no había que esperar demasiado de la vida. Por eso,
cuando la tía Sofie murió de aquella forma y él se quedó solo en
la vieja casa y casi en el mundo no se lo tomó demasiado mal.
Aquellos días yo iba a verlo por las tardes y nos sentábamos en las
mecedoras del cobertizo a ver pasar el polvo. La casa de Tío Jonesy
estaba al final del pueblo -aunque él prefería decir que su casa
era la primera- y en aquella parte alejada lo único que
había era polvo. Un polvo rojo y desleído que el viento insistía
en levantar casi todo el año, y que agitaba las cansadas maderas de
esa casa destartalada.
Por
aquel entonces a mí no me iba demasiado bien con el trabajo. Había
tenido ciertos problemas con Little Samson por un accidente en el
aserradero y una petaca de whiskey que yo juré que no era mía. Iris
se enfadó bastante conmigo cuando supo que me habían despedido y
comenzó con el santo sermón de las facturas y los gastos. Creo que
a mi mujer le dio por desquiciarse el día siguiente de casarnos y no
paró hasta el día en que murió, si es que es verdad que está
muerta.
Una
tarde especialmente ventosa estábamos Tío Jonesy y yo meciéndonos
en el porche de su casa. Hacíamos crujir la decrépita
estructura del suelo con las mecedoras y mirábamos los torbellinos
que el polvo formaba, como si todo aquello fuera una película de
esas que ponen en el cine.
-Tío
Jonesy, creo que ésta casa es demasiado grande para ti y va acabar
sepultada por el polvo.
-Todos
vamos acabar sepultados por el polvo Justin.
Tres
días más tarde nos instalamos en la casa de Tío Jonesy y de la Tía
Sofie. De esa forma nos evitamos una buena parte de los
gastos que tanto angustiaban a Iris. Pero entonces Iris empezó con
la cantinela de lo raro que era Tío Jonesy, del montón del polvo
que entraba en la cocina y del miedo que le daba ver las fotos de la
difunta Tía Sofie por toda la casa, con esos ojos claros que parecía
que te estaban mirando. ¡¡Ay la pobre Tía Sofie!! Dios
tenga en la gloria a esa buena mujer, aunque Tío Jonesy solía decir
que su esposa no estaba en la gloria sino en la salita de atrás,
sentada en la vieja butaca gris.
Meses
después Iris se quedó embarazada, y si les digo la verdad aun no me
explico cómo pudo suceder. Luego dio a luz a un niño al que
llamamos Ben. Ese mocoso resultó ser un auténtico tormento. Iris se
pegaba toda la santa mañana y toda la santa tarde gritando por la
casa por los disgustos que le daba. A veces se ponía tan roja que
parecía una granada de mano a punto de estallar.
Tío
Jonesy era el único que soportaba a Ben, y Ben por su parte podía
pasarse varias horas en el cobertizo jugueteando con las botellas
vacías mientras escuchaba las historias de Tío Jonesy. Y eso que
nunca fue capaz de comprenderlas. Lo cierto es que el chico era un
poco corto de entendederas. Su madre siempre dijo que
aquel niño lo que tenía era el alma inacabada pero el
Doctor Scudder nunca fue capaz de decirme qué diablos le pasaba a la
criatura.
Una
tarde me levanté y Tío Jonesy me dijo que Iris se había marchado y
se había llevado una maleta, mi pitillera de plata y el gramófono.
Dios sabe lo mucho que eché de menos aquel gramófono. Sobre todo
aquellos días después de la marcha de Iris cuando la
casa se reencontró de nuevo con la paz y el silencio. Creo que Tío
Jonesy también disfrutaba de aquel sosiego pero dijo que
era una obligación, que Ben tenía en sus venas la sangre de Iris y
no sé qué más cosas, así que estuvo buscándola un tiempo y
preguntando aquí y allá, pero por suerte nunca la
encontró.
Los
negocios iban de mal en peor en el pueblo y tuve
que buscar trabajo en Big Town. A Tío Jonesy no le importó quedarse
con Ben y cuidar de él, así que pude aprovechar el auge
de la ciudad y me dediqué a ganar bastante dinero. Acabé
montando un pequeño surtidor de gasolina que funcionaba de
maravilla. Fueron años estupendos; las mujeres iban y
venían, las camas eran grandes y confortables y el Whiskey era del
bueno. El día que llegó el telegrama en el que Tío
Jonesy me anunciaba que Ben había fallecido, mi socio
estaba con gripe y yo estaba a cargo del surtidor, así que no hubo
manera de que llegara a tiempo al pueblo para el funeral.
De todas formas aquel chico era retrasado o algo y si en vida no se
enteraba mucho menos creo que me echara en falta cuando el pobre ya
había estirado la pata.
Me
olvidé del pueblo durante meses. El negocio iba viento en popa.
Abrimos varios surtidores y había que trabajar duro para abrir más.
Llegaba tan cansado a casa que no tenía ganas ni de beber whiskey.
La vida en la ciudad es cruel, una vorágine enfermiza, pero
si eres de los que no paras la ciudad te sonríe.
Regresé
años después, cuando Tío Jonesy me escribió diciendo
que ya estaba muy anciano y cansado y que se quería
despedir de mí. La casa parecía sostenerse de milagro en
medio de la explanada. Las maderas estaban tan viejas que daba
lástima pisarlas, pero cuando llegué, allí estaba el
Tío Jonesy balanceándose calmadamente en su mecedora de siempre,
sosteniendo un palillo en su boca desdentada y amable. Estaba
vigilando desde el cobertizo cómo se levantaba el polvo frente a la
casa. Me dedicó una sonrisa agotada, se levantó como pudo y me dio
un largo abrazo.
Estuvimos
un largo rato en silencio, no sé cuánto, escuchando
el sonido limpio del viento y después comenzó a hablar con una voz
extraña y profunda. Tío Jonesy me dijo muchas cosas
aquella tarde. Me dijo que éramos los únicos McGill que quedaban a
ese lado del río. Me dijo que estaba feliz de poder abrazar por
última vez la sangre roja y cálida de los McGill. Se acordó de
Libby que era mi madre y su hermana. Me dijo muchas más cosas. Como
que iba a morir orgulloso, cerca de Sofie y cerca de Ben a los que
nunca abandonó. Me dijo que el funeral de Ben fue algo hermoso, que
tendría que haber estado allí y que Ben fue un ser tan puro que
después de su muerte el polvo era más blanco y ligero. No sé a qué
se refería pero se me puso la carne de gallina.
Luego
estuvimos mirando la llanura frente a la casa de esa forma tranquila
y calmada, como si el tiempo fuera un vergel interminable. Tío
Jonesy me explicó que el polvo y la tierra estaban bendecidos y que
cubrían la tierra con su manto de eternidad. Me contó que hablaba
con Sofie y con Ben constantemente, y que también había hablado con
Iris que después de muerta estuvo allí en espíritu, para preguntar
a Tío Jonesy por su hijo Ben.
El
sol se comenzó a ocultar y Tío Jonesy dijo que estaba cansado y que
sentía frío. Se levantó torpemente y se metió en la cama de la
que ya nunca se levantó. La mecedora estuvo aún un buen rato
oscilando apaciblemente hasta que se detuvo y yo me quedé
mirando la planicie seca, pensado en las palabras de Tío Jonesy. El
viento se agitaba y levantaba el polvo que ascendía y descendía de
una forma elegante y grácil. Sentí un gozo antiguo, una paz que
debía anidar en mí desde hacía muchos años y que tal vez sólo
pudiera tener lugar en aquel pueblo ya casi abandonado.
Cada
vez que esta ciudad me engulle con su ajetreo gris me
acuerdo de esa bendita mecedora, de mi soledad, del polvo de aquella
explanada que tal vez sea lo único que me quede de verdad en el
mundo, y de Ben y del Tío Jonesy que
siempre me dijo que ningún árbol echaba raíces en el
cemento.
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