lunes, 2 de mayo de 2011

RECITAL DE POESÍA MUSICAL

Se ponía a cuatro patas, así muy bien, y la falda le quedaba grande, amplia, como si fuera a desparecer sepultada entre el tejido, y también quedaban ridículas y extrañas esas bragas con una holgura imperceptible en esa cintura mínima. En la radio sonaba la quinta sinfonía de Beethoven, regia, fragorosa y de fondo la casera golpeaba la pared, quejándose por el ruido, supongo, o por la vida y su vejez, o por el mal olor del mundo, quién sabe. Y la chica se reía, desdentada y yo me incorporaba de la cama, y golpeaba también la pared, más fuerte, y enseñaba también mi dentadura mellada, con las humedades del techo esperando a ser interpretadas, como las señales del cielo, inescrutables y perras, manchas en las paredes, curiosos vestigios en el colchón, en la almohada, lamparones divinos que esconden el futuro.


Y luego ella, no sé por qué -yo no se lo pedí- se sujetaba sus pechos copiosos y profusos con una bufanda roja, y con ello lograba combatir el fatal efecto de la gravedad sobre sus senos tan generosos, tan ridículamente desproporcionados a su cuerpo casi extinto. Y luego le dije una guarrada, apretando fuertemente mis labios ungidos de líquidos y humores, contra su tórax, tremendo, fílmico, haciendo resonar mis palabras graves en la levedad de su caja torácica, como si en su eco pudiera encontrar el eco que buscaba, el eco perdido. Pero no era el mismo.

Quinta sinfonía de Beethoven, un sonido limpio y atronador. La conocí en el hipódromo, esperando para apostar por un caballo que pesaba como unos mil kilos más de lo recomendado, anciano hasta para mantenerse de pie. Pero si ganaba asaltaba la banca tío, lo podía lograr. Así que allí estaba ella delante mío, con un grano de pus reluciente en su nuca, inmenso y justo debajo tenía un culo glorioso que se asemejaba vagamente, aunque no sé si mucho. Y yo no sabía a dónde dirigir mi mirada si a ese grano que brillaba como una luz de galibo, o a ese trasero acogedor, manejable. Y pensé que podía parecerse que tal vez se daría la vuelta y haría la mueca de burla que solía y se dio la vuelta y no hizo la mueca pero olía bien, una de esas flores que emergen inexplicablemente en medio de la mierda.

Cuando entrabamos en mi habitación ya llevábamos cuatro cervezas o cinco, y le dije todo lo de que su culo y su espalda me entusiasmaban, aunque evité hacer comentarios sobre su rostro, o sobre sus ojos. Algo le pasaba en los ojos. La cerveza era muy barata. Yo necesitaba más cerveza. Entonces ella me susurró que yo tenía unas piernas estupendas, y es cierto. Me quité los pantalones y ella una falda que podría haber sido de su abuela, y le dije ponte esto, nena y ella se lo puso. Y entonces fue cuando vi lo grande que le quedaba la falda, y la camisa, y las bragas que le había dado, y que las bragas no estaban limpias como yo pensaba y que no iba a ser lo mismo.

Quinta sinfonía de Beethoven ensordecedora. Date la vuelta, así a cuatro patas y yo me la trajinaba, no sé si hasta hacerle daño, con mis gemidos silenciados por las limpias notas de la radio, quinta sinfonía, con sus gemidos oprimidos por la sonoridad de los míos, con mi pelvis siguiendo el sincopado ritmo de los golpes de la casera contra la pared, cerrando los ojos fuerte, muy fuerte. Dilo -le grité- dilo, y luego ella dijo una a una las frases que le había enseñado, pero no lo hacía bien, no, y la falda le quedaba grande, y la camisa le sentaba fatal y yo cerraba los ojos muy fuerte, intentando evocar. Pero era inútil, la casera golpeaba frenéticamente la pared, una locura, sufriendo por terminar, bombeando como una máquina descontrolada, y llorando.

Llorando porque no era lo mismo, llorando porque ninguna de esas putas sería como ella, jamás, llorando por el lacerante recuerdo de su cadáver ridículo y despreciable, ahogado en vómitos en la esquina más asquerosa de esa misma habitación, ese cadáver frente a mi cuerpo sacudido por el alcohol y la desesperanza, incapaz de hacer algo por salvarla. Quinta sinfonía. Buscando en las putas de la calle su mirada virgen, su coño caliente, fulgor en los adentros. Su coño comprensivo ahora pasto de gusanos.

Anda límpiate, -le ordené- y ella con una esquina de la falda frotó su espalda, justo encima del culo para limpiar mis lágrimas y el resto.Y mientras en la radio no paraba de sonar la quinta sinfonía.

miércoles, 6 de abril de 2011

Mucho Amor



Necesitas mucho amor esta noche. Haces oscilar el limón, flotando sobre la ginebra limpia. Miras la ginebra contenida en una elegante copa ancha, nueva y brillante y grande y la balanceas suavemente. Te gusta la camarera y te gusta la ginebra. Adoras la forma en que se mueven, higiénicas y sanas. Necesitas mucho amor esta noche y te gusta la ginebra y la camarera. Siempre recuerdas que ya eres viejo. Incluso cuando eras muy joven recordabas que eras viejo. La camarera. Necesitas mucho amor esta noche y tuviste una novia. Tuviste una novia y luego otra y otra. Fueron muchas pero no las suficientes. No fueron suficientes para ti. Sus bragas de colores, su pelo lacio y rizado y corto y largo. Sus voces agudas y graves, y rotas y frías. Sus lenguas largas, bulliciosas, inmensas como una cama vacía. Todas te besaban en un portal oscuro, bajo las escaleras y sobre la encimera. Les agarrabas el trasero mirándolas fijamente a los ojos y te decían te quiero de esa forma. Pero no fue suficiente para ti. Nunca lo es. Necesitas mucho amor esta noche. Ves el limón varado en el fondo de la copa. Ponme otra. Quieres ginebra y luego arrancar esa falda negra, lisa. Te encantan las medias oscuras y los zuecos de gomas, de colores. Pero nada es bastante para ti. Todo te va a parecer pequeño, hoy y mañana. Sopesas el mundo, sus mujeres, sus hombres. Escuchas una música, y aplaudes el torpe baile de un borracho. La música te parece triste, muy triste para tu colosal corazón. ¿Es que nadie se ha dado cuenta? Todo va a ser pequeño, insignificante para ti. Ahora tu limón está arriba, ondulando sobre la luminosa claridad de la ginebra nueva. Has pasado tanto para estar allí, ridículo y hambriento, frente a esa camarera que se llama Iryna, o Tatiana. Su piel es blanca y sus labios te parecen azules. Su país es grande y frío. Pero nada es suficiente para ti. Necesitas mucho amor esta noche.

viernes, 4 de febrero de 2011

Obsolescencia I


ECLIPSE



Lo que sucedía era que siempre que se daba un eclipse se enamoraba. No tenía ninguna gana de enamorarse de un hombre nuevo, ninguna gana de abandonar a Scott, el bueno de Scott, al que despidió con un beso en la mejilla. Luego cerró la puerta con llave, y bien abrigada, con su pijama rosa de franela, y cubierta por una pequeña manta de cuadros azules, se ovilló en el sofá. Estaba dispuesta a pasar el día frente a un libro sin ilustraciones, y alimentarse con los sándwiches de crema de cacahuetes que había preparado la noche anterior. Más tarde, sobre las nueve, llamó a Catherine para decirle que se sentía muy mal y que no podría acudir al trabajo.

Puede que fuera el influjo del eclipse sobre su organismo, o puede que no, pero realmente a lo largo de la mañana comenzó a sentirse peor y peor, y cuando no pudo aguantar más llamó a una ambulancia. El enfermero se llamaba Peter y tenía unos ojos negros profundos. Peter condujo firmemente la camilla hasta la puerta del servicio de Urgencias. Ella pudo sentir en ese pequeño trayecto la luz entreverada de oscuridad provocada por el eclipse. Era como si se fuera a hacer de noche, y como si fuera a amanecer, y todo pasaba a la vez. En esa penumbra bastarda, los ángulos faciales de Peter eran como un extenso paraje en el que perderse. Antes de irse, el enfermero dijo unos palabras sobre lo bien que le sentaba el pijama de franela. Ella anotó su número de teléfono en el dorso de la mano de Peter y suspiró profundamente.

Una semana después ella le decía adiós a Scott , cuya casa abandonaba. A los pies de ambos las dos últimas cajas que faltaban por llevar al apartamento de Peter y un espeso silencio. Scott recibió un cálido beso en la mejilla. –No te preocupes, lo único que tienes que hacer -le susurró ella - es venir a buscarme en el siguiente eclipse.

Scott la vio atravesar el jardín y salir por la verja acarreando torpemente las cajas apiladas. A continuación volvió a la casa, el pijama rosa de franela había quedado bajo la almohada. Lo cogió y lo llevó consigo al escritorio. Mientras lo olía, apretándolo fuertemente contra su rostro, comprobó que sólo faltaban 2 años para el siguiente eclipse.

viernes, 28 de enero de 2011

PUES YO LOS AMO

Su avión salía a las 18:40. Viajaba a Praga y su avión salía a las 18:40. Lo sé porque facturó frente a mí, y pude oír que viajaba a Praga mientras facturaba una maleta roja, demasiado grande y roja, que había arrastrado con sus ruedas hasta allí. Se sentó junto a la puerta 8 y yo junto a la 9. Si miraba su cara encontraba nuevos matices en cada ocasión. Su pelo era lacio y negro. Intenso, caía sobre su frente ocultando parte de su cara. Si se giraba a la derecha la consideraba guapa. Si se giraba a la izquierda, o permanecía atisbando el horizonte la consideraba extremadamente guapa. Extrajo de su bolso un pequeño libro que comenzó a leer. De nuevo la suave oscuridad de su pelo reservaba su rostro mientras leía. Su flequillo generaba sombras en torno a las pestañas, y también brillos. Comprobé que el libro era uno de poemas de W.H. Auden. Comenzó a gustarme más y sus botas, negras de cuero, ajustaban a la perfección unas pantorillas bien torneadas que apetecía rodear con ambas manos

Comprobé que en mi mochila tenía tres libros absurdos. Libros que hablaban de las grandes cosas, ensayos, y no sobre las pequeñas. Las importantes. Entonces me dirigí a una de las librerías de la terminal, rebusqué y no paré hasta encontrar un libro de W. H. Auden. Era raro que hubiera un libro de W.H. Auden allí, como era raro que una chica tuviera ese pelo y sostuviera un poemario frente a su rostro antes de viajar a Praga.

Volví de la librería y frente a ella comencé a leer a W. H. Auden.

todas las palabras como Amor y Paz,

todos los discursos cuerdos y positivos

fueron ensuciados, profanados y degradados,…

Tras ella, un amplío ventanal dejaba ver los aviones, saliendo uno a uno. Como un reloj de arena que anunciara la llegada del final, la salida de su avión, y un pequeño apocalipsis. Yo quería crear un vínculo. Algo. Algo antes de que fuera tarde y sus botas negras viajaran al frío de Praga.

Y entonces algo sucedió. Sonó el megáfono, palabras de disculpa, institucionales, vacuas. La gente gritaba, sus rostros rojos, compungidos, emitían palabras sucias. Un pasajero arrojo una pequeña maleta contra un mostrador. Un chico joven orinó sobre un panel de avisos.

Ella mantuvo la calma, y supuse que eso era parte de su belleza, y se incorporó dirigiéndose hacia el mostrador más próximo. Andaba de un modo elegante, me fijé también en su culo. Disimuladamente la seguí, quedé tras ella en la interminable espera hacia el mostrador, y cuando se giró ambos nos vimos con un libro de H. W. Auden apoyado contra el pecho, y entonces brotó el vínculo, nació algo indefinible.

Sus ojos eran oscuros también.

...................................

Cuando salimos del baño estaba sofocada, la cara enrojecida. Despeinada estaba más hermosa. Parecía más joven aún. Me quise quedar con sus bragas pero me dijo que no, y al decirlo la vi más guapa que nunca. Se reía al ponérselas. No es que fueran unas bragas muy bonitas pero me dolió. Le pregunté si lo nuestro sería algo serio, me dijo que nada es algo serio salvo la destrucción. Al decirlo su rostro permaneció solemne. Descubrí un nuevo matiz en sus rasgos. Hermosura inagotable. Creo que por su parte todo fue fruto del aburrimiento. Largas horas. El aburrimiento.

Más tarde alguien vino a buscarla en coche. Me dio un beso en la mejilla para despedirse. Como si fuera un adolescente sentí el calor de sus labios fruncidos durante horas. Mientras yo me palpaba incrédulo la mejilla, como el que absurdamente intenta contener un sueño al despertarse, grupos de viajeros proferían gritos contra los controladores aéreos. Yo en silencio les di las gracias intensamente. Los amé. Pensé que tal vez Dios, o mi suerte, también podían ser un controlador aéreo en huelga.

Obsolescencia II

Una vez estuve enamorado de la panadera. Fue bonito aquello. Yo es que no comía pan y un día, por razón de una cena con amigos, que me visitaban a casa, me acerqué a comprar un par de barras y allí estaba ella. Tampoco es que fuera un uniforme lo que llevaba, era una especie de guardapolvos verde pero le sentaba de maravilla. Debajo vestía una camisa blanca no muy ajustada, pero sí como vaporosa que favorecía su figura. Se llamaba Nadia, así rezaba al menos una pequeña placa que relucía sobre su clavícula izquierda, y el primer día era rubia aunque al segundo se había teñido el pelo, y era morena. A mi morena me gustaba más.

Lo que hacía, todo por verla, era comprar media barra por la mañana, y luego media barra por la tarde. No sabía que hacer con el pan, y bueno, empecé a comérmelo. Esto me hizo sentir bien. Descubrí que incorporar pan a mi dieta facilitaba mi tránsito intestinal, y adelgacé un par de kilos, tal vez tres. Eso me dio confianza. Me sentía atractivo y la sonreía viendo cómo ella introducía su delicada mano en un guante de plástico, seleccionaba la barra, y después envolvía amorosamente la mitad en una finísima cuadrícula de papel cebolla. Luego me la entregaba con sus ojos de un color marrón que verdeaba a ratos. Preciosos.

De las mejores cosas era cuando partía la barra por la mitad. Con firmeza y decisión empuñaba un largo cuchillo dentado y con un corte certero y rápido la seccionaba. Había algo muy carnal en ello, o al menos yo así lo veía. Era como el contrapunto a su delicadeza general. El típico gesto que a los chicos nos hacen pensar de una mujer que en la cama es una pantera.

Siempre pagaba la barra con un billete, procurando que tuviera que devolverme cambios. Nadia no era de las que dejaban monedas sobre el mostrador. No. Ella las depositaba directamente tu mano, produciendo un inevitable contacto, una cercanía que demostraba que era alguien honesto y de fiar. Además tenía las manos muy suaves y cálidas.

Nuestra relación se fue consolidando. Lo notaba. Por ejemplo una tarde le pedí educadamente; -Media barra, por favor. Y ella, sonriente, ojos brillantes, me respondió: - Media barra ¿de qué? Esa broma era un claro síntoma de su acercamiento, como también lo era que en ocasiones ya no se molestaba en usar el guante de plástico para recoger mi media barra, dejando trazas de su cutis, de su piel hidratada sobre la superficie tostada del pan que yo frotaba sobre mi rostro al llegar a casa, sintiendo la agradable mezcla olorosa del pan recién hecho y de su cuerpo joven.

Verla dos veces al día ya no calmaba mi obsesión, así que incorporé a mi dieta unas miniaturas, que adquiría a media tarde y que fabricaban en una variedad interminable. Fue prodigioso presenciarla en ese estado de raro suspense, mirándome fijamente, hermosa, centrando toda su atención en mis instrucciones, chasqueando graciosamente en el aire unas pinzas, con las que atentamente iba una a una atrapando las pequeñas confituras que yo le iba señalando. También probé los "muffin", las "cookies", los "brownies", la "magdalenas caseras envasadas en tupper”, las rosquillas de San Blas y hasta los pedos de monja.

Una vez estuve enamorado de la panadera. Engordé 20 kilos.


Cuando me sugirió que me pasara al pan integral con avena me sentó fatal.
Además a mi nueva dietista la bata blanca le sentaba estupendamente.

jueves, 20 de enero de 2011

Viktor

Se preguntaba si los cristales polarizados dejarían ver el interior del automóvil. Circulaba a más de 80 millas la hora. A su derecha una superficie yerma y amarillenta se extendía inmensa, bañada por un sol inmisericorde. De pronto un cartel publicitario al margen de la autopista anunciaba la final de las grandes ligas y entonces Viktor se acordó cuando de joven intentó ingresar en el equipo del instituto. Bauman, el maldito judío de 4º fue el encargado de lanzarle la bola mientras el míster examinaba atento en la banda a los nerviosos aspirantes. Ese maldito judío era bueno, tan bueno que sólo voluntariamente pudo arrojarle la pelota justo entre un ojo y otro. Cuando su nariz terminó de sangrar ya se habían cubierto todos los puestos del equipo. Te han cegado los rayos del sol , le dijo Bauman riéndose bajo un cielo encapotado.

Por aquel entonces Viktor estaba en tercero, el año en que el cuerpo de su madre apareció extendido en el suelo bajo su cama. Cuando Viktor llegó a casa y entró en el dormitorio sólo se podía ver las espinillas de su madre asomar bajo el somier, inmóviles, como los mástiles abatidos de un barco naufragado. En una de sus piernas había la postilla de una herida antigua y sólo pudo llamar a la policía después de pasar diez horas absorto, observando el insólito espectáculo. Viktor se sintió culpable durante años, por haberlo dejado sola y siempre se recordó sintiéndose culpable antes de hallarla muerta, por haberla dejado sola, en aquel oscuro día mientras regresaba del Bar Mitzva de Feldman.

Viktor no fue nunca a visitar a su padre porque lo ingresaron en una prisión a 4.000 millas de Amberwood (Arizona) donde se instaló a vivir con sus tíos en una granja de patos. En aquella granja había más de 500 patos que eran alimentados y sacrificados con estrictas reglas que los convertían en kasher, y que luego se vendían a muy buen precio. El tío de Viktor que era alcohólico, le imponía duras jornadas laborales y Viktor no soportaba el ensordecedor ruido de los patos y odiaba a su tía por no salir en su defensa. Por aquel entonces tuvo un sueño muy recurrente en el cual unos patos gigantes violaban a su tía hasta hacerla morir mientras su tío observaba riéndose sonoramente.


Un día lluvioso vertió por error un pesticida en los depósitos de agua de los patos y más de la mitad fallecieron. La otra mitad quedó inservible. Viktor recibió una paliza brutal de su tío y después se trasladó a la finca que tenía en New Hope (Arizona) su abuela que acaba de enviudar y estaba muy enferma.

Viktor estaba ya en 6º, en el high school de New Hope, y era el curso que popularmente se conoce como “el año en el que a las chicas les crecen las tetas”. Todos sus compañeros de clase andaban con chicas. Luego dejaban a esas chicas pero las cambiaban por otras chicas, de modo que hacían girar a las chicas en un circuito en el que Viktor no lograba entrar. Su enorme nariz ganchuda galardona con un acné galopante, asustaba tanto a guapas como feas.


Sin embargo una tarde en una fiesta entró en tratos con Madelein una chica obesa que accedió a acariciar el pene de Viktor en la puerta de atrás del gimnasio. Madeleíne acudió la noche siguiente a casa que Viktor compartía con su abuela, nada más entrar, Madelein sintió la atmósfera de la enfermedad, los miasmas que la abuela dispersaba en el ambiente con cada respiración enfermiza y agonizante. Aún así subió al cuarto de Viktor y en su cama dejó que este tocara sus exiguos pechos. Cuando la abuela reclamó al nieto para unos cuidados, Madelein curioseando descubrió en la habitación una libreta de Viktor en la que había ido pegando fotos de piernas de mujeres. De niñas. De mujeres con minifalda, o no, pero siempre sólo las espinillas y con heridas. Muchas con heridas y magulladuras. Sobre algunas, cientos de fotos, medias piernas, Viktor había pintado eritemas rojos, cruces gamadas rojas. Por los comentarios manuscritos quedó claro que Viktor encontraba un placer sexual en esas fotografías que había ido rescatando de revistas y anuncios durante muchos meses. Cuando Viktor regresa Madeleine le dice que no quiere verlo nunca más, que es un cerdo y que esto no es un de un buen judío, ¡¡¡yo no soy judio!!, respondió Viktor, peor aún, grito la chica mientras salía a la calle y hacía ingresar su obeso cuerpo en la encapotada noche.


Cuando la abuela murió, Viktor alquiló un piso con el sueldo que ganaba en una ferretería de la que le echaron cuando la adquirió un adinerado judío que abrió allí una peluquería. Viktor iba de trabajo en trabajo sin encontrar nada estable. Un día entabló conversación con una chica llamada Metuka , casada con un hombre que la hacía desdichada, con la que se besó apasionadamente, a la que miró de una forma desconocida para el mundo, y ella le dijo que podían escaparse juntos de ese pueblo de mierda, y en sus palabras había más verdad y amor que la que cabía en todo el estado de Arizona. Allí se hicieron una promesa, la de escapar al día siguiente, un promesa irrompible y sólida, irrenunciable. Viktor preparó las maletas esa noche y se comió un yogur marca Mendelsson, al parecer en mal estado, que le produjo una descomposición brutal. Por la mañana amaneció con tormenta y Viktor débil, incapaz de moverse y de acudir a la cita, sentía el fulgor de los relámpagos como pedradas en el alma. Meses más tarde recibió una postal de Metuka en la que contaba que estaba embarazada de un rabino pendenciero, así decía en la postal, rabino pendenciero.

Tras leer la postal Viktor se dirigío a la amería Schneider y adquirió un revolver Colt Anaconda con el que entró a la sucursal bancaria de Rothschilds minutos antes de su cierre y allí disparó en la frente al director, y al cajero, y a la recepcionista la amordazó, le realizó unos cortes geométricos bajo la rodilla para después masturbarse sobre las heridas. Después de matarla colocó cuidadosamente su cálido cádaver bajo una mesa. Después huyó en un coche alquilado con cristales polarizados que conducía a mas de 80 millas a la hora y ahora circula por la autopista junto a un cartel anunciador de la final de las grandes ligas , bajo un sol inmisericorde, y mientras sonríe y recuerda, está a punto de cruzar la frontera con diez millones de dólares en el maletero








miércoles, 3 de noviembre de 2010

Goodbay Lady Marmalade


Hágase tu voluntad. Lo empujé levemente, y el tarro inició un descenso perezoso. Antes de que describiera su parábola me fijé en el retrato de mi abuelo, ese retrato en el que cada año parecía más joven. A todos nos parecía que cada vez lucía una cabellera más abundante en aquel retrato. Incluso había quien aseguraba que la media sonrisa del abuelo dejaba entrever una dentadura más poblada que cuando entonces. ¿Había o no había más intersticios? Más allá de aquel no había más que otros rostros. Ninguno se asemejaba al de Lizzy Siddal, ni tampoco al de Annie Miller.

Excepto cuando mi novia hacía su baño vespertino. Se sumergía levemente y os juro que era Ofelia. Lánguida se ofrecía al agua. Ella sonría de placer, pero sobre su rostro descansaba el fúnebre peso del desamor y la tristeza. Entrégate a las aguas y luego regresa, pienso cuando la observo con las palmas de sus manos aferradas a una vida exhausta. Surgen pétalos y un ramaje que se contagia del desánimo de las aguas. Cuando ella cierra los ojos y su cabello rizado se extiende sobre aquel rio, soy capaz de bosquejar a niños que hacen pompas de jabón. Nunca más que cuando está allí. Luego regresa la torpeza, como regresa la nuca de ella, venida de las aguas. La luz siempre te fue favorable, mi Lizzy Siddal de cuello escultórico. La diferencia entre un artista y un buen artista eres tú, me sale sin pensar.

A su vez el tarro oferta su volumen a la gravedad, que sopesa su verdor, su dulzura. De manera fatal, como algunas mujeres, lo atrae hacia sí.

Hay tiempo entretanto de pensar en un intersticio más, pero no lo hago y pienso en el corazón de Elizabeth Siddal. Cómo late, quiero decir, cómo hace para llevar sangre a todos los lugares, a todos los poros y rincones de su cuerpo. Cómo puede ser que empuje el calor para que luego yo lo busque. Un ingenio perfecto, un misterio, una verdad incompresible. Pero puede que no haya más intersticios.

Señora Salcedo. Punto. Demasiados cuentos fantásticos escritos. Punto. No hay más intersticios. Punto. Señor Nuño. Punto. Sí que los hay. Punto. Sólo búsquelos. Punto.

Si la mermelada es capaz de tener miedo, ya lo debe de estar padeciendo. Casi se puede sentir el ruido que hará el cristal al quebrarse. Olvidado el firme, pero monótono cobijo de la mesa, se aproxima decidida a su final, como un kamikaze caramelizado e inconsciente.

Debería estar buscando intersticios, fallas de la realidad, pero prefiero observar la nieve, su gramática blanca que ocupa allí al fondo las faldas de los montes, con su brillo enigmático y virginal que ofrece su belleza tranquila y fría. Un lienzo sobre el que sorpresivamente irrumpe Lizzy Siddal vestida de época, con su corazón bombeando calor, con su corazón que de un modo u otro hace agitar su mano, nos saluda, y sonríe para marcharse después en busca de un lago. Luego sus huellas me recuerdan a Robert Walser. Un paseo lleno de huellas en la nieve. Robert Walser. Una Ofelia de las nieves.

Hágase tu voluntad. El tarro estalla, pero no lo hace. Debería hacerlo, pero sólo se agrieta. Pequeño intersticio por donde la mermelada de kiwi escapa. Pronto ocupa un azulejo del suelo y forma una dulce península que se expande lentamente. Allí se adivinan formas. Mi abuelo sonríe en el retrato, guiña un ojo. Ofelia, Siddal, y Walser.

Cuando se clausura el intersticio yo ya me he comido la última tostada.